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Los desnudos y los muertos

“También están los hipócritas que, desde la caída del fujimorismo en el año 2000, se arroparon con el disfraz de la democracia”.

La crisis que atraviesa nuestro país es dolorosa y nociva, pero tiene algunas consecuencias positivas. Sin duda, nos ha servido para tomar conciencia de las limitaciones de nuestro sistema constitucional, de la necesidad de varias reformas de fondo para mejorar nuestra representación política, enfrentar, perseguir y sancionar la corrupción desde el poder, y garantizar una salida ordenada a los momentos especialmente dramáticos. Como ocurre en los momentos de dificultad, también sirve para saber quién es quién.

Sirvió para desnudar las hipocresías de un sector de la izquierda que, durante años, criticó con dureza la corrupción de los gobiernos anteriores, asociándola a perversiones indesligables al modelo económico, y enarboló algunas de las reivindicaciones sociales más importantes y justas (la igualdad de la mujer, la lucha contra la discriminación del colectivo LGTB o la necesidad de una profunda reforma educativa), pero que, ante la disyuntiva, arrió cada una de esas banderas y, por una cuota de poder y alguna prebenda (un puesto, un sueldo), se coaligó acríticamente con un gobierno de machistas, homófobos, reaccionarios, racistas, enemigos de la educación de calidad y, como nadie negará a estas alturas, redomados corruptos.

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Ahora sirve para sincerar los impulsos dictatoriales que siempre subyacieron, mostrando en toda su miseria a un amplio abanico de peruanos autoritarios y golpistas. En primer lugar, tenemos a los demócratas precarios que, ante la menor duda, han olvidado sus convicciones y anhelan una salida pronta y a cualquier precio de la crisis. Subgrupos de este sector son los pragmáticos y los confundidos (que no notan lo que están haciendo).

También están los hipócritas que, desde la caída del fujimorismo en el año 2000, se arroparon con el disfraz de la democracia y, aunque no engañaban a nadie y revelaban su verdadera naturaleza a cada rato, comenzaron a repetir los principios de la democracia liberal como una monserga, un paporreteo superficial. Ahora sienten que no tienen nada que esconder y se les nota liberados diciendo lo que siempre pensaron.

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Asimismo, están los más repulsivos: los conversos. Aquellos que creyeron de verdad en la democracia y la defendieron (a veces arriesgando su vida), pero que ahora, como resultado de turbulentos procesos personales, se han vuelto en contra de ella y, con la ciega convicción de un cruzado, defienden un quiebre constitucional, una asonada de las Fuerzas Armadas e incluso un magnicidio.

Finalmente, se encuentran los autoritarios de toda la vida, que nunca abdicaron de sus ideas autoritarias y a quienes conceptos como la democracia o los derechos humanos siempre les parecieron, para decirlo corto y en sencillo, una completa estupidez. Ellos al menos mantienen la virtud de la coherencia.