Rosa Palacios

Rosa María Palacios

Contracandela
Lima, 1963. Abogada por la PUCP y Máster en Jurisprudencia Comparada por la Universidad de Texas en Austin. Su área de especialización es el periodismo político y divulgación jurídica con más de veinte años de experiencia en televisión, radio y prensa escrita. Es docente de la PUCP en la facultad de Ciencias y Artes de la Comunicación.

Modales perdidos

“Necesitamos el bicameralismo y la reelección para salir de la crisis hacia un mejor país. De eso no tengo duda. Pero no se persuade desde la imposición, el maltrato y la urgencia”.

Conversaba esta semana con Martín Hidalgo, cronista parlamentario de El Comercio, sobre lo complicado que viene siendo cubrir el Congreso como fuente. Tengo 22 años haciendo lo mismo y, en nuestra comparación de experiencias, concluimos que algo inmaterial pero muy importante se ha perdido: la cortesía, que no es más que una expresión del respeto mutuo y la empatía.

Atribuible a la pandemia, con la pérdida de la presencia física, algunos creen que el otro se invisibilizó. Al perder identidad y cercanía, la natural simpatía o hasta la más elemental contención, se pierde. Sin embargo, creo que, como muchos otros dramas políticos peruanos, el punto de inicio está en el 2016 cuando Keiko Fujimori perdió los modales democráticos enrumbando al país a un abismo del que no logra salir. La pandemia, como en tantas otras cosas, solo empeoró lo que ya estaba roto.

He tenido entrevistas feroces con políticos de todo el espectro nacional. Personas ideologizadas o pragmáticas, soberbias o humildes, sinvergüenzas u honestos, exaltados o mansos. Gente que mentía descaradamente y otra que se esforzaba por ser creída.

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Lobistas de sus intereses, amantes del poder por el poder, mitómanos delirantes y hasta cándidos idealistas. De todo he visto. Pero, salvo alguna triste excepción, siempre hubo cortesía mutua. Terminado el lance de la entrevista había espacio para un apretón de manos y una sonrisa sincera. Al fin y al cabo, todos estamos haciendo nuestro trabajo lo mejor que podemos y eso se aprecia.

Tal vez sea la toxicidad de Twitter (un espacio donde el juego consiste en demoler al otro antes que te elimine del juego) o la exposición permanente del lado amablemente marketero o la impunidad en redes sociales. No sé si ambas o todas las anteriores. Lo que sé es que nuestros políticos, elegidos o designados, se están portando pésimo. Vulgaridad, grosería, desprecio, ignorancia arrogante, antes vedados son hoy pan de cada día.

La aprobación del proyecto de bicameralidad es una prueba de lo que digo. Con un poquito menos de soberbia y un poco más de simpatía podrían haber llegado a 87 votos. No es tarde para ir por una muy imperfecta reforma en un referéndum. Pero la actuación del Congreso debe cambiar entre ellos y hacia los electores. Ni qué decir de la parte que nos toca a los periodistas en la agresividad vocal.

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¿Si se dedican a insultar, cómo quieren el apoyo de los insultados? El voto de las mujeres, de los jóvenes, de las minorías o de los excluidos no se conquista a punta de escupitajos verbales. Todos son minoría, pero se comportan con el autoritarismo de unos sátrapas mesopotámicos.

La única forma de salir de un pozo es dándose la mano, no metiendo más gente al hueco. Ese consenso, aun el que es más útil para todas las partes y por tanto es fácil de lograr, solo se obtiene sobre un mínimo de confianza y esta se construye sobre un piso de cortesía. Centurias de diplomacia y alta política lo enseñan.

Desde que María del Carmen Alva se negó a recibir a Francisco Sagasti en el gesto simbólico de recibir la banda, se marcó el tono de un Congreso que hace homenajes a un presidente que logró el poder tras una conspiración. ¿Dónde quedó el respeto a los miles que marcharon? No es solo culpa de ella o de Patricia Juárez que cree que puede hacer una enorme reforma ninguneando a otros.

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Hay que ver a miembros del Ejecutivo y Legislativo haciéndose los machitos en entrevistas donde no queda más que exponerlos ante el público como lo que son (no nos pueden culpar por eso). Tenemos unos ministros dedicados a alabar al presidente y a un Congreso que se trompea con la OEA por un baño. ¿Qué se puede esperar? Lo obvio: que todos se agredan entre sí y a la prensa de refilón.

La crisis política ha logrado que los políticos peruanos ya no hagan política. Necesitamos el bicameralismo y la reelección para salir de la crisis hacia un mejor país. De eso no tengo duda. Pero no se persuade desde la imposición, el maltrato y la urgencia. Se logra desde la convicción, la cortesía y la paciencia, valores desaparecidos en esos aciagos días que, espero, como la mayoría de los peruanos, acaben pronto.

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