Ramiro  Escobar

Ramiro Escobar

Meditamundo
Lic. en Comunicación y Mag. en Estudios Culturales. Cobertura periodística: golpe contra Hugo Chávez (2002), acuerdo de paz con las FARC (2015), funeral de Fidel Castro (2016), investidura de D. Trump (2017), entrevista al expresidente José Mujica. Prof. de Relaciones Internac. en la U. Antonio Ruiz de Montoya y Fundación Academia Diplomática.

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La felicidad no está en un arma caliente

“El país tiene demasiadas armas (390 millones, más que sus 332 millones de habitantes), pero luce desarmado frente a esta violencia”.

Las víctimas fueron 19 niños de menos 10 años y dos profesoras de más de 40. El escenario fue la pequeña ciudad texana de Uvalde, en Estados Unidos, de poco más de 15 mil habitantes. El nombre del atacante armado era Salvador, una cruel ironía cuando se piensa en que más bien llevó a la muerte a tantos inocentes. El tiroteo era el No. 213 desde que comenzó el año 2022.

¿Se puede sentir el dolor y el horror del episodio únicamente apelando a esas cifras? En parte sí, porque parecen revelar la magnitud de la tragedia en curso en el gran país que, según el Gun Violence Archive (GVA), en el 2021 registró 692 tiroteos masivos y el año anterior 611, mientras que en el 2019 fueron 417. Hay una macabra cifra de ascenso que dispara las alarmas.

Aun así, quizás haya algo más en esta marea de espantosos espectáculos que, cada vez más frecuentemente, hacen estallar los noticieros del planeta. Pasan los años y la sociedad norteamericana no encuentra la llave para cerrar el flujo de esa violencia. Los más delirantes creen, y ya lo han dicho tras esta masacre, que la solución es más seguridad y, claro, más armas.

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Quienes piensan más allá de la casi totémica Segunda Enmienda de la Constitución (la que consagra el derecho de los ciudadanos a portar armas) tienen claro que es la presencia, masiva y desquiciada, de pistolas y rifles (incluyendo los de asalto) en tiendas la que alimenta estos crímenes. Estos estallidos de locura homicida que acaso ni el cine puede retratar con claridad.

Hay mucho de cierto en esta afirmación. En el 2014, de acuerdo a una investigación de la Universidad de California, citada por The New York Times, en Suiza el índice de muertes por tiroteos en masa fue de 1,7 por cada millón de habitantes; en Estados Unidos, fue de 1,5. Pero ocurre que en el país helvético solo hubo un tiroteo; en la tierra de Joe Biden fueron 133.

El país tiene demasiadas armas (390 millones, más que sus 332 millones de habitantes), pero luce desarmado frente a esta violencia. No se decide a controlar su expansión, su desborde, sus resultados mortíferos. Cada vez que se quiere establecer más regulaciones, irrumpe la Asociación Nacional del Rifle (NRA), discurso en ristre, para neutralizar a demócratas y republicanos.

Urge un giro de timón, radical si se quiere, porque tal sangría también deja muy mal parado a EE.UU. en el escenario global. El segundo país con más armas por habitante, a nivel mundial, es Yemen, donde actualmente hay una feroz guerra civil que ha provocado más de 300 mil muertos. La tierra del american dream dobla, en ese rubro, a este territorio aplastado, sin poder alguno.

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Tiene 120 armas por cada 100 habitantes, en tanto que Yemen no llega a 60. ¿Cómo es posible que una potencia mundial viva hundida en estas contradicciones? ¿Qué mal del alma? Por último, anida en una parte de los ciudadanos norteamericanos para que crean, como dice una canción de John Lennon, que “happiness is a warm gun” (“la felicidad está en una pistola caliente”)?

El tema de Lennon, que más bien era un pacifista, es de corte amoroso, aunque una versión sostiene que el título lo sacó de una revista de la NRA. Es más: él mismo sucumbió ante las balas de Mark Chapman un tristísimo 8 de diciembre de 1980. Por donde se mire, el modo de vida americano está lleno de un loco consumo, de grandes logros científicos, pero también de armas.

Algo tiene que pasar en el gran país para que la decadencia moral que asoma por ese lado (y por sus erráticas incursiones militares) cambie. Ahora claman por eso gobernadores, alcaldes, actores, ciudadanos, ante un problema que debe estar atormentando a los padres fundadores de EE.UU. en sus tumbas. Un drama que no cambiará solo con discursos solemnes e indignados.