Antonio  Zapata

Antonio Zapata

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Historiador, especializado en historia política contemporánea. Aficionado al tenis e hincha del Muni.

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La multitud política

“A pesar del sentimiento ciudadano y republicano, no hay ni tejido social ni sistema de partidos que conduzcan esa consciencia hacia fines perdurables que estructuren y ordenen el país”.

Esta semana hemos tenido una avalancha de artículos sobre las manifestaciones de noviembre del año pasado. Su primer aniversario ha sido motivo para interpretaciones muy distintas y quisiera sustentar mi parecer comentando algunas ideas que he recogido de un libro juvenil de Jorge Basadre sobre la multitud, la ciudad y el campo.

Una sección de esta investigación está dedicada a la multitud como un fenómeno urbano. El autor pasa revista a la multitud religiosa de la era colonial y llega a la fase política de nuestra historia que se habría inaugurado con la independencia. Sobre la multitud política sostiene que se forma ocasionalmente en momentos de gran tensión y constata que normalmente su motivación ha sido ciudadana y comprometida con valores republicanos.

Los movimientos que analiza Basadre son parecidos a las manifestaciones de noviembre pasado. Todo comienza cuando, en una situación de enorme estrés social, las autoridades toman decisiones consideradas ilegítimas por las mayorías, se suman intereses políticos y se produce una extraña unanimidad de la opinión pública que desata un vendaval protagonizado por jóvenes. Esa multitud se enfrenta y derrota a la represión en una batalla callejera que tiene sus mártires y héroes.

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Entre otros casos, el historiador tacneño analiza el levantamiento de Lima contra el golpe de los hermanos Gutiérrez, quienes habían depuesto y asesinado a Balta. Como respuesta, una enorme multitud ocupó las calles y acabó linchando a los protagonistas del golpe. En esa oportunidad también hubo razones políticas, porque el partido civil de Pardo tomaría el poder inmediatamente a continuación. Asimismo había extenso malestar social, ya que estaban suspendidas las obras del ferrocarril y un elevado desempleo se traducía en hambre y desesperación.

Por ello, una primera pista para interpretar lo sucedido en noviembre es entenderlo como un clásico de nuestras costumbres políticas y no como excepción. Esa es la parte bonita de la historia, cuando la mayoría se ve arrebatada por un furor cívico que parece concretar la tesis de Alberto Vergara sobre el Perú como un país de ciudadanos sin república. Pero no es todo porque surge una idea desconcertante, ¿qué ocurre a continuación?

Obtenido el triunfo inmediato y después de jurar un compromiso con la causa ciudadana, la multitud política de Basadre vuelve a la calma y posterga los grandes fines que la llevaron a la acción. No hay constancia ni canales organizativos que permitan mantener la presión y con ella las ilusiones. Por el contrario, luego de estas explosiones de lucha cívica ha retornado la cultura política de siempre, despojada momentáneamente de sus rasgos más odiosos, pero tan presente como el día de ayer.

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Por ello, una segunda idea para interpretar los sucesos de noviembre obliga a tomar en cuenta las elecciones de abril. La primera vuelta importa porque en ella la ciudadanía expresa con mayor libertad su verdadera preferencia. Como el desenlace de noviembre se desarrolló fundamentalmente en Lima, debemos considerar los resultados electorales de la capital. El dato relevante es que en abril resultaron ganadores los mismos partidos que gobernaban el Congreso que fue enfrentado por la multitud en noviembre. Tanto Acción Popular como Alianza para el Progreso, Podemos y Fuerza Popular, cuyo pacto dio origen al breve gobierno de Merino, fueron nuevamente electos y prácticamente con la misma votación que habían tenido anteriormente. Esto es, un respaldo bastante extenso que les permite seguir controlando ese poder del Estado.

A pesar del sentimiento ciudadano y republicano, no hay ni tejido social ni sistema de partidos que conduzcan esa consciencia hacia fines perdurables que estructuren y ordenen el país. Construir esos canales es un asunto de voluntad política y el drama del país es la falta de ánimo y disposición.