David Rivera

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Zoom, por David Rivera
Lima, 1972. Economista de la U. del Pacífico, he dedicado mi carrera profesional al periodismo y a la comunicación política. He sido editor adjunto de la revista Semana Económica, editor de Economía de El Comercio y director de la revista PODER. También conductor de televisión en canal N y canal 7. Hoy soy columnista en La República y Sudaca.pe

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Cambio de escenario

“Pero no todo es color de rosa. Una de las primeras tareas de la primera ministra será descubrir y sincerar al propio presidente”.

Antes del cambio de gabinete, y a pesar de sus indefiniciones y de la disputa con el ala dura de Perú Libre (PL), el presidente Castillo había dado muestras de comenzar a asentarse en el cargo. Lo transmitió tanto en sus discursos en la OEA y en Naciones Unidas como en la presentación de la “Segunda Reforma Agraria” en Sacsayhuaman.

Si a ello le sumamos el hecho de que en la oposición la imagen era de debilidad y ausencia de liderazgos legítimos, el escenario político más probable por delante parecía el que Juan de la Puente había llamado la estabilidad de la inestabilidad.

Una muestra de la debilidad de la oposición fue la intrascendente conferencia de prensa de siete bancadas para cuestionar el doble discurso de Castillo (ya característico en él) respecto a si haría o no cuestión de confianza por su ministro Iber Maraví; y de la falta de legitimidad de los partidos y sus voceros, la pretensión de tirar por la borda la reforma política y la de aprobar la ilegal interpretación auténtica de la cuestión de confianza.

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Preguntémonos: ¿puede una oposición así ser un contrapeso legítimo al Ejecutivo? ¿Con qué autoridad partidos precarios e inescrupulosos pueden acusar de lo mismo al gobierno? Vayamos más atrás y pensemos en el votante de Castillo, ¿pueden los mismos políticos que acusaron un fraude electoral inexistente ser hoy los abanderados de la democracia y de la defensa de sus derechos?

Los cambios en el gabinete llegan en este contexto, cuando el gobierno había logrado que se comenzara a hablar de sus acciones, aunque luego fuesen opacadas por las disputas con PL, por nombramientos cuestionables en el Estado y por la incapacidad del presidente de poner orden. Por ello, solo el hecho de que la primera ministra Mirtha Vásquez logre evitar la imagen de un gobierno disparatado, irresponsable y con sectores en permanente conflicto, fortalecerá al Ejecutivo. Si consideramos, además, que los cambios realizados no implican renunciar a sus principales banderas de izquierda, en el corto plazo el viento soplará a favor del gobierno. Por su parte, la oposición que pretendía debilitar y/o vacar a Castillo, queda descolocada frente a una figura como Vásquez.

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Pero no todo es color de rosa. Una de las primeras tareas de la primera ministra será descubrir y sincerar al propio presidente. Recordemos un hecho reciente. Según información publicada en medios, cuando la bancada de PL fue a reclamarle los cambios en el gabinete, él les dijo que los había conversado con Cerrón. Sorprendidos, saliendo de la reunión llamaron al líder de PL y corroboraron que ello no era cierto. Castillo parece tener la “habilidad” de salir del paso apelando a “inexactitudes”, y también la de ir haciéndoles creer a todos que está de acuerdo con ellos. ¿Algo así habrá sucedido con algunas designaciones ministeriales?

Porque hay dos que deberían preocupar a la propia primera ministra y al país en general. El objetivo de Castillo con Carlos Gallardo en el Ministerio de Educación es viabilizar lo que Cadillo había logrado contener: cargos públicos para los amigos sindicales del presidente sin las calificaciones necesarias, y petardear la reforma educativa, particularmente las evaluaciones docentes.

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También resulta sospechosa la designación de un ministro del Interior con tan claros conflictos de interés con un caso en pleno proceso de investigación como el de Los Dinámicos del Centro. ¿Qué busca Castillo con ese nombramiento? ¿Proteger a los investigados? ¿A él mismo? Dado que él no brinda entrevistas, expondrá a su primera ministra a responder esos cuestionamientos.

Queda otra pregunta por terminar de aclararse. ¿Se ha convencido Castillo de que es posible cumplir sus promesas de izquierda con gente decente, capaz y consecuente sin que ello implique “humalizarse”? En la medida que la presencia de Mirtha Vásquez –sumada a la de Torres y Francke– debería ayudarlo a terminar de percatarse de ello, el gobierno parece iniciar una segunda etapa que será sin duda mejor que sus primeros 70 días de gestión.