Raúl Tola

Raúl Tola

El diario negro

Más columnas

Raúl Tola

Honor a los noteros18 Set 2021 | 8:09 h

Raúl Tola

Los terrucos y el terruqueo11 Set 2021 | 6:18 h

Raúl Tola

La palabra del mudo04 Set 2021 | 5:30 h

Raúl Tola

El discurso28 Ago 2021 | 4:46 h

Políticos vitalicios

“Una de las costumbres que más ha llamado mi atención de la política española es su dinamismo y capacidad de renovación...”.

El fracaso en las elecciones a la Comunidad de Madrid, donde se presentó luego de renunciar a la vicepresidencia del Gobierno español con la esperanza de servir como revulsivo para Podemos, el partido que fundó y capitaneó desde 2014, llevó a Pablo Iglesias a anunciar su renuncia a todos sus cargos institucionales y a la política. «Hemos fracasado», dijo.

La irrupción de Iglesias por la izquierda de la política española vino acompañada por la aparición de Albert Rivera, fundador de Ciudadanos, quien, desde posturas liberales, también supo capitalizar el descontento nacional y el desgaste de los dos grandes partidos españoles de la democracia, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y el Partido Popular (PP). Luego de convertirse en una fuerza decisiva y acariciar la posibilidad de formar gobierno, sucesivos errores de su dirigencia supusieron una caída libre de Ciudadanos, que, en las segundas elecciones generales del 2019, perdió diez puntos de votación y casi cincuenta escaños. Al día siguiente, Rivera anunció su dimisión como líder del partido y abandonó la política.

Una de las costumbres que más ha llamado mi atención de la política española es su dinamismo y capacidad de renovación. Acostumbrado a los liderazgos vitalicios, a las figuras atornilladas en sus dirigencias, a un elenco estable que apenas cambia, el desapego de los políticos españoles resulta sorprendente para quien los observa desde el Perú.

En lugar de calentar su escaño para siempre, luego de perder la presidencia del Gobierno por una moción de censura, Mariano Rajoy también prefirió dejar la política activa y recuperó su cargo como registrador de la propiedad. Soraya Sáenz de Santamaría, su vicepresidenta, hizo lo mismo después de perder las elecciones internas del PP y se incorporó a un estudio de abogados. Antes lo había hecho Albert Rivera, mientras que Pablo Iglesias podría sumarse a un proyecto televisivo con un poderoso productor catalán.

Además de una manera distinta de entender la política —más como un servicio público que como un trabajo a tiempo completo de repercusiones monárquicas—, esta costumbre es posible por la existencia de verdaderos partidos políticos que, luego de un proceso de democracia interna, son capaces de producir una sucesión entre los muchos cuadros que los integran. Algo semejante no puede pasar en un país de caudillos, donde los partidos son un decorado puesto al servicio de sus ambiciones.

A eso se suma un hecho capital. En el Perú, la política se ejerce como una ocupación perpetua, con actores que se sienten insustituibles, no se imaginan abandonando sus privilegios, sus sueldos fijos ni ganándose la vida como el común de los mortales. Esto explica que Keiko Fujimori postule por tercera vez en 2021 —luego de dos derrotas— o que Alan García lo hiciera por cuarta vez en 2016.