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Jesus Luque, resistir para brillar

Un padre que lo negó antes de nacer. Una madre víctima de violencia doméstica que huyó con él para protegerlo. El protagonista de Manco Cápac, película precandidata a los Oscar, habla con Domingo sobre su historia de resiliencia.

La Republica
Antes del rodaje de Manco Cápac, Jesus Luque asistió a un curso de actuación a lo largo de medio año. Foto: Antonio Melgarejo
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Luis  Paucar

Su madre lo tomó de las manos y lo abrazó sin fuerzas. No hubo tiempo para empacar la ropa, ni para preguntar por qué huían del distrito de Putina, donde había nacido, a la comunidad de Mayapunco, en Puno. Solo recuerda que fue de noche, una noche helada, y que cruzaron la cordillera rasguñados por el miedo. Entonces, Jesus Luque Colque tenía cinco años, un progenitor que le negaba la paternidad, un hogar roto por la miseria y un padrastro hostil que violentaba a su madre embarazada de mellizos. Tal vez por eso, durante muchas noches, se tendió a mirar las estrellas y a preguntarle a dios por qué.

—Por qué, le decía, por qué a mí. Por qué nos había tocado sufrir de esa manera.

—¿Así cuestionabas?

—Así, muchas veces— dice Luque, actor, albañil y exmilitar—. De niño llegué a pensar incluso que dios era un ser malo.

Las cosas no habían cambiado mucho cuando, a los ocho años, mamá se marchó a la mina La Rinconada para dirigir un negocio y sostener a sus críos con el dinero que ganaba. Él también debía buscarse la vida después de los estudios: recogiendo leña, ordeñando vacas, pastando las ovejas de una anciana. Eran trabajos por los que ganaba menos de un sol por día y que realizaba en compañía de una radio analógica en la que sintonizaba Mi novela favorita, el podcast comentado por Vargas Llosa a través de RPP, o relatos en quechua reproducidos por una emisora comunitaria.

—De esa forma escapaba del mundo real— recuerda Luque—. Mi vida quedaba en segundo plano cuando empezaba a imaginar la de otros. Una vez escuché a alguien preguntar si estos programas tienen futuro. Pensé, de inmediato, en eso que produjeron en mí. Claro que tienen futuro si un niño como yo, allá en la puna, sueña al escucharlos, porque no hay otra forma de sanar más que con el arte.

Pero a los quince años, Luque aún estaba herido por la ausencia de su padre biológico, de manera que se lanzó a buscarlo para tentar una reconciliación. Lo rastreó por cantinas y en su antiguo barrio, pero no tuvo éxito. Meses después, ese hombre (sobre quien ahora recae una denuncia penal por impago de pensión de alimentos) se asomó a su colegio en estado de ebriedad, lo increpó de manera desenfrenada —”tú no eres mi hijo, tú no eres mi hijo”—, y entonces, sí, él decidió enterrarlo para siempre.

—Lo eliminé como se eliminan los malos recuerdos, aunque no le guardo rencor —suspira al otro lado del teléfono—. Es probable que no sepa incluso de la exposición que vivo hoy. Mi caso me lleva a preguntarme cómo se maneja la justicia en el Perú, qué nos queda a los hijos de madres violentadas y padres abusivos que se van sin que pase nada, a quién reclamamos los negados como yo. Toda esta realidad, de alguna manera, se ve reflejada en el personaje que interpreté. Lo que he vivido lo pasan muchos jóvenes, aunque casi nadie se detenga en esas historias.

En 2015, de casualidad, el joven puneño alcanzó a leer un casting pegado en un poste de la ciudad. Por aquellos días, compaginaba sus entrenamientos en una academia de fútbol con el trabajo que realizaba con su tío en el rubro de la construcción. Apuntó la dirección y fue. Los golpes de suerte nunca se olvidan: era viernes por la tarde. Sin experiencia previa como actor, acudió a la preselección de Manco Cápac, una película minimalista que el cineasta puneño Henry Vallejo había escrito desde hacía más de una década, y que retrata la perseverancia de un migrante del ande a la ciudad.

Singularidad

En ese largometraje, grabado en español y en quechua —y preseleccionado para representar a Perú en los premios Oscar—, Luque (22) da vida a Elisbán, un joven que llega a la capital con apenas dos soles y un chip de celular, y que intenta sobrevivir a las adversidades de una urbe que lo ignora y agrede a cada paso. Desde el arranque, la ambición de Vallejo fue contar sin artilugios “algo que haga reflexionar” y escapar así del cine tradicional. Por ello, filmada en panavisión, la película tiene poco diálogo y prescinde de música incidental, con el transcurrir agitado de la vida cotidiana de la urbe y sus sonidos como fondo.

A estos retos se sumó la ardua labor de buscar actores en Puno, y sobre todo hallar el intérprete que encarne a Elisbán, luego de que el actor anterior abandonara el rodaje tras ganar una beca de estudios. Le tomó tres años a Vallejo dar con Jesus Luque, quien finalmente quedó seleccionado y empezó el rodaje tras una preparación de seis meses, mientras cursaba el último año de secundaria en un colegio que quedaba a casi una hora de camino. Esa interpretación ha marcado su carrera, lo empujó a cursar estudios en la Escuela de Arte Dramático de la capital y le otorgó el galardón al mejor actor en el 24 Festival de Cine de Lima.

Cuando culminó la filmación, había logrado una beca del Pronabec para estudiar la carrera de Desarrollo de Sistemas en el Instituto Superior Tecnológico Unitek de Tacna, la ciudad a la que se mudó y donde, en 2019, se enroló en el Ejército. Allí sirvió hasta septiembre de este año. En pleno estado de emergencia por pandemia, Luque fue enviado a resguardar la frontera con Chile. Mientras vigilaba que los migrantes indocumentados no pasaran a territorio nacional, se alzó con su primer premio como actor, pero no tuvo manera de saberlo porque estaba incomunicado. Perdió su celular y la beca justo en el último semestre. Debió concluir la carrera con recursos propios.

—Y no me arrepiento —dice el actor, que el próximo año participará en dos proyectos cinematográficos—. Mi paso por el cuartel amplió mi mirada, me hizo entender que siempre otra persona puede estar peor.

Es la medianoche del jueves. Afuera se escuchan autos, gente que se va.

—Pero también es verdad que estar allí te arrebata la sensibilidad, te convierte sin querer en un robot que solo piensa en ganar la guerra. Y a nadie se le está permitido pedir un abrazo.