¿Fin de los partidos o de la clase política?

José Rodríguez Elizondo.
José Rodríguez Elizondo.

Decía don Bernardo O’Higgins, prócer binacional de los años emancipadores, que mientras mejor le fuera al Perú mejor nos iría a los chilenos. Por lo que estamos viendo, dos siglos después, lo contrario también vale.

Ilustración: Edward Andrade

En Chile, el combo electoral del 16-17 de mayo confirmó algo muy grave: la desconfianza en los partidos políticos es casi absoluta. Pese a que estaba en el mostrador la oferta máxima del sistema -constituyentes, gobernadores, alcaldes, concejales y representantes de pueblos originarios- la abstención siguió ganando por walkover. Sólo votó un 41% del padrón electoral. En cuanto a la minoría que sí votó, sus señales fueron nítidas. De los 155 constituyentes elegidos, menos de un tercio tiene militancia política. Paradigma de tal debacle fue la Democracia Cristiana. Con tres presidentes de la República en su historia, sólo tiene un militante para debatir la Constitución del futuro.

En el Perú, ese déficit político viene de antes, pues su sistema de partidos comenzó a desaparecer en 1992, tras el autogolpe de Alberto Fujimori y la regla se invirtió. Para ser elegido, lo mejor era postular desde afuera. En una elección anterior, esto indujo una queja de Gustavo Gorriti, en la revista Caretas, que hoy podría repetir sin cambiar una coma: “siempre votamos por quien no hubiéramos deseado hacerlo, para salvar la erosionada democracia del enemigo del momento”.

En efecto, la campaña de segunda vuelta de los candidatos que hoy disputan la Presidencia estuvo orientada a demostrar que “el otro” (“la otra”) era mucho peor. Comprensible, pues el 80% del padrón electoral no estuvo con ellos en la primera vuelta.

De la retórica a la acción

No es muy grato -y menos en tiempos de pandemia- que nuestros políticos nos coloquen ante la necesidad de optar por un mal menor o de sostener un sistema democrático a contrapelo de los partidos. Tampoco es consuelo que el fenómeno sea mucho más extenso. Recuérdese que el tradicional Partido Republicano de los Estados Unidos respaldó el rechazo de Donald Trump a la alternancia democrática, dio cobertura a su intento de autogolpe de Estado y hoy muchos reconocen que abrió la posibilidad de una segunda guerra civil.

Lo bueno de lo malo es que el fenómeno ha puesto un conjunto de evidencias ante nuestras narices. Entre ellas, las cuatro siguientes:

- Sociológicamente, los viejos partidos mutaron en una clase con intereses propios.

- Políticamente, buscaron autoidentificarse mediante la polarización.

- Estratégicamente, el indispensable centro no tiene quien lo represente.

- El vacío que quedó -o está quedando- se llena con independientes o outsiders impredecibles y por organizaciones con la sola cáscara de partidos.

Ante esa machacona evidencia, la simbiosis partidos-democracia se ha vuelto francamente retórica. Ello obliga a actualizarla con adjetivos, aunque sea a contramano de la estética y sin miedo a la redundancia. Un tratamiento adecuado obligaría a frasearla así: no puede haber democracia sin partidos políticos de verdad, que cultiven, ejerzan y valoren la democracia.

Por cierto, decirlo es fácil. Lo difícil es asumir la tarea que implica. Esto es, reconstruir la representatividad política organizada, diversa y contradictoria, renovando o reinventando los partidos y, por añadidura, erradicando la clase política con su estatus de privilegios auto otorgados.

Entre el desborde y el acabose

Para rescatar la democracia desde donde se encuentra, no bastan los ingenios tecno jurídicos. Ensayar el voto voluntario, imponer el voto obligatorio, transitar de la bicameralidad a la unicameralidad (y viceversa), son medidas que, a lo más, pueden servir como placebo.

Lo que necesitamos, como objetivo mínimo común, es una docencia cívica y una información competente, que sirvan como plataforma a líderes y organizaciones que valoricen el pluralismo con disciplina, el idealismo sin dogmas, el patriotismo sin xenofobia, el respeto mutuo entre mayorías y minorías y el fin de los privilegios desmesurados de los políticos.

La alternativa, tal como están las cosas (y sobre todo en tiempos de catástrofe), es pasar de la democracia imperfecta al desborde del Estado y de ahí a la perfecta dictadura. Si se requiere ejemplificar, en el mundo los ejemplos sobran. El más trágico cuajó en la Alemania de los años 20 y 30 cuando, surfeando sobre el repudio a los partidos, Hitler ganó una elección, pulverizó la democracia y desató la segunda guerra mundial. En ese contexto, Simone Weil describió a los partidos políticos como “pequeñas iglesias profanas” y escritores top, como André Breton y Albert Camus, identificaron la no-militancia con el genuino interés nacional.

Por lo señalado, opto por concluir con una pregunta tal vez retórica: si nos resignamos a que las minorías activas nos pongan ante alternativas más o menos horribles o si los demócratas, con o sin partido, estamos dispuestos a resistir.

Una encrucijada dura, que exige asomarnos a la Historia.

Mientras esto no se traduzca en una perestroika democrática,

Quizás eso sirva para alertarnos sobre una riesgosa opción final: o nuestros dirigentes políticos facilitan una reconversión del sistema de partidos, que no se limite a la aritmética de la representatividad, o los chilenos nos cansamos de seguir legitimándolos electoralmente

Esto implica que la democracia chilena está renga de partidos. Desde su debilidad surgen alternativas y proyectos confusos, que amenazan interrumpirla, para sustituirla por proyectos que oscilarían entre una revolución enigmática -sin modelo a la vista- y la desinstitucionalización de las anarquías.

Una encrucijada dura, que exige asomarnos a la Historia.

Mientras esto no se traduzca en una perestroika democrática,

Quizás eso sirva para alertarnos sobre una riesgosa opción final: o nuestros dirigentes políticos facilitan una reconversión del sistema de partidos, que no se limite a la aritmética de la representatividad, o los chilenos nos cansamos de seguir legitimándolos electoralmente

Esto implica que la democracia chilena está renga de partidos. Desde su debilidad surgen alternativas y proyectos confusos, que amenazan interrumpirla, para sustituirla por proyectos que oscilarían entre una revolución enigmática -sin modelo a la vista- y la desinstitucionalización de las anarquías.