Parte de Guerra: Los rituales de la guerra

Domingo LR

Manuel Belgrano ofrendando a la Virgen de las Mercedes el bastón de mando del ejército del Norte, que él comandaba, después de la victoria en la batalla de Tucumán, en 1812. Arriba, portada del Compendio de Joaquín de la Pezuela.
Manuel Belgrano ofrendando a la Virgen de las Mercedes el bastón de mando del ejército del Norte, que él comandaba, después de la victoria en la batalla de Tucumán, en 1812. Arriba, portada del Compendio de Joaquín de la Pezuela.

Lejos de ser solo una contienda bélica, la guerra de independencia encierra una dimensión religiosa. Rezos diarios, uso de escapularios y evocaciones constantes a vírgenes, santas y a un Dios protector son todas estampas cotidianas entre las tropas, tanto patriotas como realistas.

Escribe: Pablo Ortemberg. *

Según el parte de la batalla de Pasco de diciembre de 1820, la división del general Juan Antonio Álvarez de Arenales capturó artillería, fusiles y demás pertrechos del enemigo, junto con banderas y estandartes de sus regimientos. Un mes después se reincorporó al ejército de José de San Martín en Huaura y allí, nos informa el Boletín número 9 del Ejército Libertador, “presentó a su excelencia 13 banderas y 5 estandartes, entre las que se han tomado en las provincias de su tránsito, o en el campo de batalla”. En aquellas comunicaciones triunfantes enviadas a San Martín desde Pasco, Arenales también afirmaba: “Es indudable, señor excelentísimo que el Dios de los Ejércitos protege nuestra causa del modo más admirable”. La captura de banderas enemigas y la presencia de la religión en las guerras de independencia configuran rituales que se remontan a siglos precedentes, pero que en esta contienda –que lleva más de diez años– han adquirido nuevos usos y sentidos.

Cuando se creaba un ejército o un regimiento se lo asociaba con un estandarte, guion o bandera, símbolo de la identidad y del honor del cuerpo armado al que se prometía lealtad. Como ocurría con muchas corporaciones en un régimen de cristiandad, la insignia solía ser bendecida por autoridades religiosas. El ejército incluso podía colocarse, por decisión de sus jefes, bajo la protección de una advocación de la virgen y así quedar mejor predispuesto al favor del “Dios de los Ejércitos”.

A finales del siglo XVIII, los españoles defendieron la tríada indisoluble Dios, Patria y Rey ante enemigos acusados de herejes o impíos: los ingleses y los franceses revolucionarios. El saqueo de iglesias –una práctica frecuente en cualquier bando– era utilizado por la monarquía española para acentuar la publicidad negativa contra sus adversarios y a la vez reforzar la justicia de su causa. Las banderas enemigas solían ofrendarse a advocaciones de la virgen a la cual se había pedido intercesión para el triunfo militar. La Virgen del Rosario, patrona de los Reales Ejércitos, estaba muy difundida en el orbe hispánico.

Aún hoy las banderas capturadas a los ingleses durante la reconquista de Buenos Aires en 1806 continúan exhibidas a los lados de la Virgen del Rosario, en el convento de Santo Domingo de esa ciudad, tal como había dispuesto el capitán Santiago Liniers en agradecimiento por la victoria.

Cuando la guerra por la autonomía política en suelo americano devino en búsqueda de independencia absoluta, en la tríada mencionada se reemplazó la invocación al Rey por la de Libertad e Independencia. En contraste con el anticlericalismo de los revolucionarios franceses, los insurgentes americanos se esforzaron en el plano religioso por obtener legitimidad frente a los americanos realistas. La conocida expresión “la causa que Dios defiende”, en boca de los independentistas, no fue aceptada con facilidad desde el comienzo. En este sentido, la guerra también fue una contienda por la legitimidad, en la que emblemas y símbolos integraban rituales que pretendían forjar una identidad y dar cohesión, sumar adhesiones e infundir arrojo, así como mantener unidos y disciplinados a ejércitos caracterizados por su gran heterogeneidad étnica, social y geográfica. Si estos aspectos preocupaban a los dos bandos, fueron particularmente acuciantes en los nuevos ejércitos independentistas.

En 1810, Juan José Castelli apostó a la retórica incaísta, pero descuidó las prácticas religiosas en la tropa. Las banderas capturadas fueron expuestas como trofeos en los balcones del cabildo de Buenos Aires (donde antes se exhibía el retrato del Rey en las juras reales). El porteño sufrió una derrota militar en 1811, pero también fue vencido en la batalla por la legitimidad, pues el triunfante José Manuel de Goyeneche lo acusó de irreligioso ante poblaciones profundamente católicas. El cabildo limeño recibió las banderas capturadas por las huestes del criollo realista y las ofrendó a Santa Rosa, patrona de la ciudad y del Perú, según subrayaron los regidores. José María Paz recuerda en sus memorias: “además de política, era religiosa la guerra que se nos hacía”.

El general Manuel Belgrano logró restituir la imagen positiva de la revolución cuando venció en Tucumán en 1812 y, en una ceremonia, nombró generala a la Virgen de las Mercedes, al tiempo que le otorgó el bastón de mando. El porteño impuso el respeto por el culto católico y los rezos diarios en la tropa, a la que repartió escapularios, convertidos luego en una suerte de divisa. La invocación a la Virgen de las Mercedes, “la generala”, funcionó como una lengua franca en algunas zonas del sur del Perú y Charcas. Simultáneamente, Belgrano envió al gobierno central los estandartes enemigos, esta vez para ser ofrecidos en agradecimiento a la Virgen de las Mercedes y también a la del Rosario. Luego de la derrota de Vilcapugio, en 1813, Arenales intentó sumar voluntarios cochabambinos a las filas de Belgrano invocando la milagrosa protección de la Virgen de las Mercedes. En su arenga decía: “bajo sus auspicios contaremos triunfos inmortales”.

Por su parte, el general Joaquín de la Pezuela intentó contrarrestar estas acciones nombrando Generala de los Ejércitos del Rey a la Virgen del Carmen. En Chuquisaca, el jefe realista ofició una ceremonia similar a la de su adversario: se prosternó ante la imagen, le otorgó el bastón de mando y le prometió las banderas del enemigo por los triunfos que le concediera. En efecto, a su turno remitió estandartes capturados al gobierno central en Lima para que fueran depositados a los pies de esta advocación. Tras su victoria en Chile, el realista Osorio envió estandartes enemigos a Lima para que fueran paseados en procesión y ofrendados a la Virgen del Rosario.

Por un lado, es fácil notar la importancia que adquirió esta circulación de insignias-trofeo, no solo para comunicar el triunfo al gobierno central, sino también para reafirmar los centros de poder en una guerra continental caracterizada por la dispersión de soberanías. Por otro, se hace visible una trama religiosa de la guerra, en forma de contrapunto por la legitimidad entre ambos bandos. Pero además se advierte el lugar de la religión como recurso disciplinario: en una carta dirigida a San Martín, Belgrano le aconsejaba mantener el culto a la virgen generala y el cuidado de los ritos católicos en el ejército, porque, según sus palabras, “por este medio conseguirá V. tener al Ejército bien subordinado, pues él, al fin se compone de hombres educados en la Religión Católica que profesamos, y sus máximas no pueden ser más a propósito para el orden”.

En vísperas del cruce de la cordillera, San Martín nombró a la Virgen del Carmen, popular en esa región, Generala del Ejército de los Andes. O’Higgins ratificó esta devoción luego de las victorias en Chile. Azorado, el abogado Manuel Vidaurre señalaba:

“Ciertamente ponemos a la madre de Dios en un comprometimiento. En Mendoza, la advocación del Carmen por tres veces salió en suerte al solicitar una protectora para la patria. En Lima se invoca la imagen del Rosario. Troyanos y griegos eran más dignos de excusa con Venus y Palas. Allí contempla el supresticioso dos deidades enemigas”.

Esta “guerra de Vírgenes”, intensa entre 1812 y 1818, parece disiparse en las campañas de la Expedición Libertadora, aunque permanecen las evocaciones constantes al Dios de los Ejércitos, los juramentos de lealtad y la remisión de banderas capturadas. En coyunturas posteriores, santas y vírgenes volverán a ser llamadas en procura de legitimidad. San Martín, ya instalado en Lima, nombrará a Santa Rosa patrona de la Orden del Sol. Más tarde, en un decreto de septiembre de 1823, el presidente José Bernardo Tagle declarará patrona de las armas de la República a la Virgen de las Mercedes, por su mediación “en los acontecimientos felices para las armas de la patria”.

(*) Investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas y profesor de Historia Latinoamericana en la Escuela de Política y Gobierno de la Universidad Nacional de General San Martín (Argentina), es autor de Rituales del poder en Lima (1735-1828). De la monarquía a la república (2014).

►Cronología de la independencia del Perú 1821

21 de mar. El coronel Guillermo Miller desembarca en Pisco para iniciar sus correrías en la costa central y sur del Perú.

7 de abril Victoria bolivariana de Bomboná.

21 de abr. Llega al Perú el comisionado español Manuel Abreu. Segunda campaña de Álvarez de Arenales a la sierra.

4-18 may. Los negociadores del general San Martín y del virrey La Serna se reúnen en Punchauca. Se negocia un armisticio vigente hasta el 4 de junio. San Martín propuso el establecimiento de una monarquía con un príncipe español, previo reconocimiento de la independencia del Perú. No hubo acuerdo.

20 de may. Combate de Mirabe en Puno. Victoria de Miller. Arenales ocupa Jauja.

23 de may. Se firma un armisticio entre realistas y patriotas. Arenales ocupa Tarma.

24 de may. El general Antonio José de Sucre vence al jefe realista Aymerich en Pichincha. Fuente: M. Guerra, coord., Cronología de la independencia del Perú, 2016.

Fuente: M. Guerra, coord., Cronología de la independencia del Perú, 2016

►Edición y coordinación: Marco Zileri. Diseño: brian tejeda. Fuente de ilustraciones: https://baiglesias. com/manuel-belgrano/. Portada Joaquín de la Pezuela Compendio de los sucesos ocurridos en el Ejército del Perú y sus provincias (1813-1816), ed. y nuevo prólogo en coautoría con Natalia Sobrevilla Perea. Lima, Biblioteca Bicentenario del Perú. Edición digital.