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Soledad Gallego-Díaz: “Siempre he creído que lo que no debemos hacer es matar al periodismo por miedo a que se muera”

Periodista. Exdirectora de El País de España.

Trayectoria. Soledad Gallego-Díaz ha sido corresponsal de El País en Bruselas, París, Londres, Buenos Aires y Nueva York. Foto: Javier Soriano / AFP
Trayectoria. Soledad Gallego-Díaz ha sido corresponsal de El País en Bruselas, París, Londres, Buenos Aires y Nueva York. Foto: Javier Soriano / AFP
Emilio Camacho

Fue directora del diario El País de España hasta el 15 de junio, luego de casi dos años al frente de ese emblemático medio. Apostó fuerte por la estrategia de suscripciones digitales y tuvo que liderar a su equipo y establecer nuevos protocolos de cobertura al inicio de la pandemia. La experimentada periodista responde por correo electrónico a las preguntas de Domingo.

Hacer de dique de contención de fake news o bulos informativos, recrear el modelo del negocio, buscar nuevas plataformas para llegar a un público empobrecido, ¿cuál es el desafío del periodismo durante la pandemia?

La pandemia ha obligado a un cambio radical y rapidísimo en las redacciones de todo el mundo. En el caso de El País, prácticamente en cinco días se aprobó la compra de casi noventa ordenadores portátiles a los que se dotó de los programas necesarios para editar por web y papel, y que se distribuyeron en una sola mañana a los pocos redactores que no disponían de equipos personales capaces de hacer el trabajo que se les iba a pedir. En menos de una semana, la redacción entera estaba trabajando en sus casas, igual que todos los servicios de administración, tecnología y producto. Un verdadero desafío, porque nunca lo habíamos hecho antes y exigía además un trabajo muy detallado de organización interna para lograr que todos los redactores, incluidos los fotógrafos, colaboradores y sus respectivos mandos mantuvieran un contacto eficiente 24 horas al día.

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Con la pandemia, y debido a que hay millones de personas encerradas en casa, las cifras de lectoría en las plataformas electrónicas de los medios se han disparado, pero eso no se refleja en sus ingresos. ¿Cómo manejar esa paradoja?

Durante estos meses, El País digital ha tenido más audiencia que nunca en su historia, pero, como usted dice, esa presencia masiva de lectores en España y en América Latina no se tradujo en ingresos, sino todo lo contrario. En cuanto el gobierno decretó las medidas de confinamiento total y el cese de la actividad económica, se presentaron dos problemas inmediatos: la caída vertiginosa de la publicidad (digital y papel) y las dificultades para distribuir las ediciones en papel, dado que muchos puntos de venta cerraron de un día para otro. Afortunadamente, la venta en papel empezó a recuperarse cuando esos puntos de venta abrieron en su totalidad y cuando los ciudadanos fueron autorizados a salir a la calle. Aun así, todavía no se ha recuperado el nivel de venta en kiosko anterior a la pandemia. El fin de semana, por el contrario, está ya casi en su nivel anterior.

Cuénteme de cómo fue el día después de que la redacción de El País entrara en cuarentena y se implementara el teletrabajo. ¿Qué fue lo más difícil de esa realidad?

Lo más difícil del teletrabajo, al menos en periodismo, es la obligación de mantener abiertos canales de contacto y de información interna las 24 horas al día. No porque sea difícil desde un punto de vista técnico (hay muchas herramientas que lo permiten) sino por el terrible desgaste para todo el mundo que supone no tener realmente ningún momento de desconexión.

¿Qué fue lo más difícil para usted, en casa?

En mi caso particular, lo más complicado fue organizar multitud de reuniones virtuales, con los redactores, con los responsables de la administración, de la empresa, con personas relevantes que deseaban hablar conmigo o a las que yo necesitaba llamar, descubrir que cada cual tiene su propio horario y su programa de comunicación: Zoom, Teams, Wasaps grupales, Skype, Slack. Tengo el teléfono móvil lleno de aplicaciones que en circunstancias normales nunca me habría descargado. La cuestión es que hay que mantener ese ritmo de trabajo y atender las necesidades caseras, porque al mismo tiempo desapareció cualquier ayuda para el trabajo doméstico. No me quejo, algunas compañeras mías hicieron todo eso y atendieron además a dos niños pequeños y a un bebé.

¿Qué fue lo que más extrañaba de la redacción?

Lo que más he extrañado es el contacto físico, la improvisación, el recorrer la redacción parándose para hablar con unos y otros, saber cómo están y charlar de cosas intranscendentes, el calor, la carga de energía que tienen las redacciones tan grandes como la de El País, que se transmite de mesa a mesa, en medio de voces y bromas. Las redacciones no pueden ser virtuales, necesitan la presencia física, observar detalles, gestos.

¿Tuvieron casos de contagios de periodistas del diario? ¿Había un protocolo para esos casos?

En El País hubo un caso muy temprano, de un compañero que había viajado a Milán cuando empezaba la epidemia en Italia y que regresó infectado. Lo superó bien, afortunadamente, pero eso fue, quizás, una suerte, porque fuimos los primeros en adoptar muchas medidas de seguridad sanitaria (se cerraron inmediatamente los espacios comunes, incluida la cafetería). Afortunadamente, ha habido pocos casos y esperamos que siga siendo así. Ahora, no había ningún protocolo especial preparado para un caso de epidemia como esta. No lo teníamos nosotros ni lo tenía nadie. De hecho, la Consejería de Sanidad de la Comunidad de Madrid tampoco pudo proporcionarnos protocolos claros. Tuvimos que ir aprendiendo sobre la marcha, con un departamento de Recursos Humanos volcado, junto con el servicio médico propio, en estudiar todos los pasos posibles. Ahora ya hemos preparado protocolos muy estrictos para la vuelta al trabajo presencial, por etapas y con mucho cuidado, a partir del próximo mes de septiembre.

Algo que nos toca durante la emergencia es analizar las cifras oficiales del avance del mal, extraer información y hacer proyecciones utilizando bases de datos. ¿Este periodismo de análisis de datos, que ya existía, pero que hoy es más necesario que nunca, es el que saldrá más fortalecido cuando acabe la pandemia?

El manejo de datos, mejor dicho, de grandes cifras de datos, fue una de las secciones que más se reforzó con la llegada del nuevo equipo hace dos años, al igual que el departamento de “visuales”, encargado de la presentación de esos datos y análisis de manera comprensible y atractiva. Fue verdaderamente una suerte que esos dos departamentos ya estuvieran reforzados en El País, tanto en la redacción de Madrid y Barcelona, como en las redacciones de México y América Latina, cuando estalló la pandemia, porque han hecho un trabajo formidable y han demostrado que son imprescindibles en cualquier modelo de periodismo digital. Estaban reforzados antes, pero, desde luego han demostrado que merece la pena dedicarles mucha atención y recursos. Son imprescindibles.

En el Perú, las cifras del avance del mal (zonas de contagio, cifras de muertes por regiones, número de camas UCI) se difundieron tardíamente, lo que no permitía hacer proyecciones, ¿cómo fue el caso de España?

El problema en España es que los protocolos sanitarios, inspirados por la OMS, no preveían la realización de pruebas sobre la Covid-19, más que en personas que mostraran síntomas de neumonía y que hubieran viajado a China, o hubieran estado en contacto con personas que lo hubieran hecho en los catorce días anteriores a que se declarara la enfermedad. Ese fue un error tremendo porque permitió que el virus no fuera identificado y controlados los contactos de esas personas. Por eso fue tan rápida la expansión y por eso hubo que decretar después un confinamiento tan estricto y lamentar tantas víctimas. Y desde luego, hubo también un problema de recogida uniforme de datos, porque algunas comunidades autónomas aplicaban unos sistemas de conteo y otras, otro. Hasta que se unificó todo eso hubo datos, pero no son fácilmente comparables.

Periodistas y comentaristas vienen anunciando la muerte de los diarios en papel hace un par de décadas, es la muerte más larga de la historia, ¿llegará ese día en realidad? ¿La pandemia puede acelerar ese proceso?

Los periodistas y las empresas periodísticas llevan años hablando de la muerte del papel. Yo siempre he creído que lo que no debemos hacer es matarlo por miedo a que se muera. Es evidente que los grandes medios de comunicación ya no recuperaremos las enormes tiradas de los años 80/90. El futuro de las empresas periodísticas no está en ese modelo de negocio, es evidente. Pero por ahora, el papel desempeña una función que no debe ser menospreciada. Es un producto magníficamente diseñado, que ofrece una visión del mundo en un momento dado, con un criterio de selección muy riguroso. Se ha convertido casi en un objeto de placer, al alcance de menos personas seguramente, pero importante aún para un grupo suficientemente numeroso de personas que disfruta con un periódico en la mano. Es posible que, en vez de desaparecer, el papel tenga un pequeño renacimiento.

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Alguna vez ha dicho: “Lo más triste es que de puro miedo a que nos maten, los periodistas terminemos pegándole un tiro al periodismo”. ¿Por qué?

Sí, yo he aconsejado a veces a los periodistas que no tengan tanto miedo a que muera el periodismo a manos de tecnólogos, expertos en marketing y en vender cosas, que en lugar de luchar por mantener el lugar que nos corresponde a los periodistas en estos nuevos proyectos, terminemos por suicidarnos. El periodismo es algo que hacemos nosotros, los periodistas profesionales, y tenemos la obligación de defender este trabajo, que se hace con normas, reglas y mucho conocimiento acumulado.

¿Es un error ver al público que nos sigue como “usuarios” más que como lectores?

Sí, es un error ver a nuestro público como “usuarios”. Nosotros no les damos herramientas y les explicamos cómo usarlas. Nosotros somos la herramienta que les explica a ellos, los lectores, que sucede en su entorno, a qué cosas debe prestar atención, qué cosas deberían importarles, y se lo explicamos con palabras y con técnicas de narración visual. Somos los que perseguimos la información, la verdad de los datos, las opiniones relevantes, los hechos comprobados y ellos no son “usuarios” de la verdad y de la información, sino ciudadanos que leen, ven e incorporan todo eso que han leído y visto a su propio y libre criterio.

¿Qué ha sido lo más interesante de pasar dos años al frente de El País?

Lo más interesante en estos dos años ha sido comprobar la enorme fortaleza del periodismo, del periodismo profesional, realizado por periodistas que persiguen la verdad de los hechos, que no se dejan distraer por las enormes oleadas de “fake news” que inundan las redes sociales y algunas páginas web. Ese periodismo que busca la verdad de los hechos está más vivo que nunca y es más necesario que nunca para que las sociedades democráticas no caigan en manos de charlatanes y personajes autoritarios que disfrazan los hechos a su conveniencia.

¿Qué ha sido lo más complicado?

Lo más complicado en estos momentos es hacer llegar a los lectores esa convicción: necesitan buen periodismo y para ello tienen que pagar suscripciones a los periódicos digitales, igual que antes pagaban el papel para poder estar seguros de que esa información que leían había sido elaborada de acuerdo con reglas, con normas de obligado cumplimiento profesional. El País ha puesto en marcha hace muy poco ese modelo de suscripción digital y estoy muy satisfecha con la acogida que ha tenido en España y en el mundo. Las suscripciones digitales son lo que garantiza y garantizará en el futuro, a las redacciones profesionales, su independencia y su capacidad de mejorar y profundizar el periodismo de calidad. Todo ello depende de que los lectores recuerden que pagan poco dinero por algo que es fundamental para ellos: no dejarse engañar, no permitir que otros poderes utilicen lo que yo llamo Armas de Distracción Masiva. No se dejen distraer. Sepan lo que necesitan saber.

Supongo que ser la primera mujer en ocupar ese cargo ha tenido una carga especial.

Sí, he sido la primera mujer directora de El País, lo que a mí me resulta sorprendente, porque el periódico tiene ya casi 50 años de vida y ese hecho debió producirse mucho antes. En cualquier caso, es evidente que la dirección de los grandes medios de comunicación estuvo reservada en manos de hombres y que eso ha desaparecido prácticamente en todo el mundo: el Financial Times tiene una mujer al frente, al igual que The Guardian. El New York Times tuvo una directora. Hay mujeres en la dirección de medios nuevos y medios clásicos en todo el mundo, también en América Latina. Eso es imparable. Afortunadamente, porque siempre me ha parecido una injusticia (y un despilfarro enorme) que las empresas perdieran el extraordinario talento de muchas de sus periodistas.

¿Por qué no usa redes sociales?

No estoy presente en las redes sociales, Facebook, Twitter, Instagram u otras, es verdad, y nunca lo he estado. Primero, porque pienso que nadie necesita saber instantáneamente lo que yo pienso o de lo que acabo de enterarme. Yo necesito algo de tiempo para comprobar, asegurarme, para no decir demasiadas tonterías. Tengo un pronto furioso, ja, y prefiero darme tiempo. Así que dada que la mayor virtud de las redes es que son instantáneas, no las utilizo para transmitir opinión ni información. Y el otro aspecto útil de las redes, los grupos para mantener relaciones familiares o amistosas, siempre he preferido verles, hablarles o escribirles (y recibir) cartas. Y si hay algo muy importante en las redes, siempre hay alguien que me lo rebota o que me llama para contármelo, ja. Así que termino igualmente enterándome.