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Copacabana, la playa de los bolivianos

Las familias buscan diversión; las parejas, bendición. Una breve crónica de Copacabana, un paraíso a tres horas y media de Puno, en el primer día del 2020.

Juan Carlos Cisneros
13 Ene 2020 | 15:00 h

Diez de la mañana del primero de enero de 2020. Una fuerte lluvia inunda las lomas de asfalto. La resaca del día anterior se deja ver entre los visitantes. Después de tres horas y media, (Puno-Yunguyo-Kasani), hemos llegado hasta Copacabana, una playa del Lago Titicaca que el Mediterráneo envidiaría, a 155 kilómetros de la Paz, en Bolivia.

Una paz que se expande con los primeros rayos del 2020. Familias enteras a orillas de aguas heladas. Parejas navegando en cisnes de plástico a pedal. Niños tomándose fotos con Manco Cápac y Mama Ocllo, guardianes intimidantes de este balneario. Esculturas de cuatro metros tan imponentes como el Calvario, la montaña desde donde se puede tener la fotografía completa.

Pero sigamos en la arena, donde los niños corretean y los adultos brindan. Al borde del muelle, con unas polleras verdes y unas trenzas hasta la cintura, se encuentra Esther Mamani (74), una mamacha que ha dedicado los últimos veinte años de su vida a pasear turistas en sus tres botes.

“Acá llegan de todas partes del mundo, señor. Con esto saqué adelante a mis tres hijos. Son profesionales gracias a la ‘mamita’ (Virgen de Copacabana), y viven en la Paz”, dice Esther, de espaldas al lago.

La devoción por la Virgen de Copacabana data del siglo XVI, con el arribo de los dominicos a esta península, cercana a las islas del Sol y la Luna, donde los antiguos aymaras practicaban sus rituales. Un culto que se mantiene hasta la actualidad, con bañistas nacionales y extranjeros.

Ya en el Calvario, una subida que nos costó alrededor de 45 minutos, están los vendedores de alasitas, objetos en miniaturas que la gente compra, con la ilusión de tenerlos algún día en tamaño natural, previa bendición de los Yatiris.

Los Yatiris son los grandes maestros que guían cada uno de los rituales que se desarrollan a lo largo de la montaña.

Como la Challa, un acto de reciprocidad que consiste en regar la tierra con alcohol formando una cruz. Chorros de cerveza calculados al milímetro.

En una de mis paradas obligadas para estirar un poco las piernas me topé con Javier y Sonia, una pareja que se vino desde la Paz para que uno de los Yatiris plagara su relación de bendiciones. Una relación de tres años que podría avistar compromisos más sólidos.

“Le tengo fe a este punto de energía, en el cerro el Calvario, para que nuestra unión sea para siempre”, dice Sonia. El primer día del año se va apagando. Y con ello se inicia el viaje de regreso, en coasters y minivanes. Tal vez Bolivia nunca tenga salida al mar (aunque estaría bueno que se sacudiera de esas burlas), pero tiene a Copacabana, ese lago pacífico, helado e inacabable.

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