Michael Shifter, profesor adjunto de estudios latinoamericanos en la Escuela de Servicio Exterior de la Universidad de Georgetown.
Michael Shifter, profesor adjunto de estudios latinoamericanos en la Escuela de Servicio Exterior de la Universidad de Georgetown.

Michael Shifter: “En términos muy técnicos lo de Bolivia es un golpe”

Presidente del Diálogo Internacional. Profesor adjunto de estudios latinoamericanos en la Escuela de Servicio Exterior de la Universidad de Georgetown. Miembro del Consejo de Relacioness Exteriores de EE.UU. Máster en Sociología por la Universidad de Harvard.

Maritza Espinoza
17 Nov 2019 | 12:42 h

Esta semana, los enfrentamientos en Bolivia empeoraron tras las conclusiones de la OEA –que indicaba fraude y recomendaba nuevas elecciones–, la renuncia de Evo Morales y la subida al poder de la oposición más conservadora y racista. Entre tanto, los conflictos en Chile están a punto de cumplir un mes, Venezuela llora y Brasil aplaude a un Lula libre. ¿Y el Perú? Bien, gracias. Aunque, según Michael Shifter, analista y presidente de Diálogo Internacional, ya no hay que fiarse demasiado de las aguas mansas. Con él echamos una mirada al panorama de una región que, al cierre de esta edición, sigue ardiendo.

Venezuela era, hasta hace un mes, el foco del conflicto en la región, pero de pronto estallan Ecuador, Chile, Bolivia. ¿Qué relación hay entre todos estos estallidos?

Venezuela es un caso único y creo que ningún otro país, sea Bolivia, sea Chile, se compara. Venezuela es la destrucción de un país. No solo la democracia y la economía, sino el país, la sociedad, está destruida. Yo veo Venezuela como un caso aparte y extremo.

¿El hecho de que el foco de atención se haya desviado a Chile y Bolivia le da algún aire a Maduro ante a la opinión externa?

Maduro, aun antes de Chile y Bolivia, estaba en una situación bastante cómoda. Las conversaciones en Oslo y Barbados ya colapsaron. Nadie está hablando de una opción militar que, me parece, está totalmente descartada. Lo único es esperar la aplicación de sanciones, aislar a Maduro diplomáticamente y que eso resulte en un cambio en Venezuela. Pero, sí, tal vez es un factor. Siempre que hay otros temas que ocupan la atención, es un alivio por un tiempo para Maduro. Aun antes de las crisis de Chile y Bolivia, la verdad es que la estrategia de cambio de régimen ha fracasado. La oposición está en una situación difícil y Maduro, bastante firme.

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¿Podríamos decir que Venezuela sigue siendo, en la región, nuestro problema principal?

Sin duda. Es una catástrofe total.

Por otro lado, ¿es casual que haya tanta convulsión en países tan diferentes y con gobiernos de tan distinta orientación política en un período tan corto?

Puede ser algo casual. Hay ciertos rasgos que son comunes a varios países, pero si uno quiere entender lo que está pasando, tiene que mirar con profundidad cada situación. Lo que pasó en Bolivia fue muy distinto a Chile. Allí hubo una reacción popular al intento del presidente (Evo) Morales de hacer un fraude electoral. La población se sintió insultada por sus acciones y eso generó una reacción muy fuerte y sostenida que, creo, él y su gobierno no esperaban.

Quienes defienden a Evo Morales dicen que lo que ha habido en Bolivia es un golpe. Desde su perspectiva, ¿lo ha sido?

El secretario general de la OEA está hablando de un autogolpe... Yo creo que Morales, con la clara intención de hacer fraude y robar la elección contra la voluntad de los bolivianos y no pasar a segunda vuelta, cometió un acto muy antidemocrático.

¿Un fraude?

Un fraude, sí.

Se lo pregunto porque sus defensores dicen que la OEA, en el resultado de su auditoría, indica graves irregularidades, pero no incluye la palabra fraude.

Pero la OEA también recomendó hacer otras elecciones. Yo estaba siguiendo los resultados esa noche y fue muy extraño. Estaba (el cómputo de votos) en 83%, se congeló ahí y no se supo nada por mucho tiempo. No olía bien. Hubo algo ahí, de todas maneras. Entonces, sí, me parece que hubo un intento de fraude que él pensó que podría hacer sin ninguna reacción como la que vimos en las calles. Hubiera sido mucho mejor que se resolviera esa crisis de una manera mucho más constitucional. El papel de las fuerzas armadas fue desafortunado a mi juicio. Puede ser que Morales fuera un tipo autoritario y que se lo merecía, pero así no se hacen las cosas.

¿Es esa intervención de las Fuerzas Armadas lo que configura un golpe de Estado?

En términos muy técnicos, es un golpe, pero, si quieres definirlo en términos políticos más amplios, creo que es más complejo. Tú lo puedes llamar golpe, pero tienes que ponerlo en el contexto de un fraude, de un acto muy antidemocrático cometido por Morales. Obviamente, no fue la mejor manera de resolver esto, que los militares digan que él tenía que renunciar. Si uno cree en la democracia, no puede estar contento con la manera en la que terminó esa situación. Hubiera sido mucho mejor y preferible resolverlo dentro del marco constitucional.

Por otro lado, en menos de tres semanas, Luis Fernando Camacho asume un liderazgo que opaca a Carlos Mesa, el candidato opositor. ¿Qué interpretación le da?

Creo que complica mucho el cuadro de la oposición. Camacho tiene una retórica, un lenguaje muy duro. Y es desafortunado, porque lo único que eso hace es alimentar la polarización. Como en Venezuela no se va acabar con el chavismo, en Bolivia no se va a acabar con el MAS y la gente que estaba con Morales. Y el mensaje de Camacho ha sido "bueno, ahora ganamos, nos toca a nosotros", y ahí ha habido cierta venganza contra los seguidores de Morales. Esto es muy preocupante. Mientras que Carlos Mesa, a quien confieso que conozco muy bien, es un tipo de otro estilo y de otra retórica, mucho más equilibrado, más mesurado. Ahora, pienso que hay una lucha por el poder dentro de la oposición. No está muy claro qué liderazgo es más legítimo.

De haber elecciones y ganar Camacho, ¿podría convertirse en un Bolsonaro boliviano por su discurso fundamentalista?

No descarto eso y sería terrible para Bolivia y para América Latina porque, diga lo que diga, el hecho es que Bolivia, en términos sociales y económicos, ha hecho muchos avances. El país es totalmente distinto ahora que hace diez o doce años. Un tipo de derecha, que quiere volver a una sociedad no inclusiva, excluyendo a la población indígena, es una receta para mucho enfrentamiento y violencia. Creo que (Camacho) tiene que sacar de su cabeza que Bolivia es un país de blancos. Después de todo, Morales sacó 47% en primera vuelta: la mitad del país.

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Pasando a Brasil, tras su salida de la cárcel, Lula ha vuelto a liderar la oposición. ¿Qué significa esto para el gobierno de Bolsonaro?

Antes de que Lula saliera de la cárcel, no había oposición, porque el PT no tiene liderazgo más allá de Lula, y ahora Lula está ahí y parece que quiere reivindicarse. Y él es un tipo que sabe y tiene experiencia de lucha. Entonces, ahora, Bolsonaro, que ha bajado en las encuestas, enfrenta a una oposición fuerte y con un liderazgo, no solamente en Brasil sino en toda América Latina. No creo que haya otra figura comparable con Lula a nivel regional. Esto podría complicar la situación en Brasil y polarizar aún más.

Y, en el tema chileno, le he oído decir que, allí, el factor principal es el desencanto de la clase política y su desconexión con la ciudadanía. ¿Cuándo fue de otra manera?

Creo que durante los sesenta, antes de Allende, fue otra cultura política. Los partidos eran muy estructurados y vinculados a la ciudadanía. Luego pasó Allende en el 70, el golpe en el 73 y, después, la dictadura de Pinochet por 17 años, donde, obviamente, no había mucha actividad política. Después pasaron a una etapa democrática con la Concertación y Nueva Mayoría. Ahí empezó el distanciamiento de la elite chilena…

¿Distanciamiento...?

Sí, una elite que asistía al mismo colegio y estaba en su propio mundo, mientras que la sociedad estaba avanzando, pero tenía ciertos reclamos y temas que la elite política no conocía. Estaba totalmente desconectada de la sociedad y no tenía capacidad, no solo de responder, sino de entender lo que quería la ciudadanía.

Y la polarización ideológica, derechas versus izquierdas, ¿tiene todavía algún papel en esta crisis?

Mucho menos. Es un choque más de elites contra ciudadanía y también de viejos contra jóvenes, porque es un choque generacional también. Si tú preguntas en Chile quién es el líder de la oposición a Sebastián Piñera, la gente tal vez conteste que Michelle Bachelet, pero eso demuestra el vacío de liderazgo en esos partidos, pero ellos tienen la culpa porque no se han esforzado en renovarse. Han estado muy cómodos. Pero con esta explosión en Chile, eso ya pasó. Hay un día antes y un día después del 18 de octubre.

Ya es casi un mes de movilizaciones, el gobierno ha hecho concesiones, la gente sigue pidiendo la cabeza del presidente. ¿Qué posibilidades de salida ve?

Creo que es difícil. Lo bueno de Chile, a diferencia de Brasil, es que tiene dinero. No es que el dinero solucione el problema, pero ayuda. Pero los chilenos tienen que pensar en una respuesta que vaya más allá de algunas propuestas tecnócratas. Tienen que hacer cambios estructurales profundos en cuanto a pensiones, a salud y a educación. Y no se trata solo de políticas públicas, sino de un estilo, una manera de hacer política. Chile es un país, como muchos otros de la región, de privilegios, de ricos que no pagan impuestos. Todo eso formaba parte del malestar que siempre estaba ahí, pero faltaba un detonante, que fue el precio del metro. Yo conocí a Chile como un país con mucho crecimiento económico, pero siempre con dos problemas: uno, muy desigual y, segundo, con una clase política cada día más desconectada de la sociedad.

Desde el lado de la izquierda chilena se ha dicho que el caso de Chile es la prueba del fracaso del sistema de libre mercado...

No, yo no comparto eso. Es innegable que el país ha progresado muchísimo. Lo que pasa es que ha progresado pero ha llegado a un punto en el que debe haber cambios profundos para seguir avanzando. La gente hoy tiene mucho más que antes, pero también tiene altas expectativas, demandas que no están siendo respondidas por el Gobierno y la clase política. No solo Piñera, de otros partidos también. Yo creo que esto ha sido un llamado a despertar, una cachetada que tomó por sorpresa totalmente a Piñera y a la clase política.

¿Y cómo ve al Perú que, en este momento, está bastante tranquilo a pesar de que ha habido una crisis política?

Perú es un milagro, un país que siempre ha sido un poco misterioso. Y hay una paradoja: siempre ha habido problemas políticos muy profundos –es un país que no tiene prácticamente partidos políticos, donde expresidentes están juzgados por corrupción–, pero, a pesar de todo eso, de alguna forma, la sociedad funciona y todavía tienen la mejor performance de resultados económicos en la región. Creo que esto es un factor importante en mantener la tranquilidad. A pesar de la disolución del Congreso, de todos esos choques entre el Congreso y Vizcarra, de la corrupción, en términos de la sociedad y la economía, paradójicamente, el país sigue funcionando, y funciona bastante bien.

¿El hecho de que haya varios presidentes presos puede ser una válvula de escape para que no haya los estallidos de otros países?

Puede ser un factor, pero, a mi juicio, marginal. Segundo, no debería descartarse que algo pueda pasar en Perú. Antes me preguntaban dónde era la situación más estable en la región y yo decía: en Chile. Ahora cualquier cosa es posible. Entonces, no digo que sea imposible que haya estallidos en Perú también, pero creo que es un país que, como una paradoja muy grande, a pesar de los problemas políticos, sin partidos, con corrupción y todo esto, tiene cierta vitalidad, dinamismo en la sociedad y en la economía. La política, hasta ahora, por lo menos, no ha afectado mucho lo otro. Pero no descarto que en algún momento podría pasar algo parecido… Si Chile no estaba salvado, siendo la excepción, creo que Perú tampoco está salvado. Siempre hay que estar muy alerta a esas posibilidades.

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