maritza espinoza

Memento Mori

Maritza Espinoza
21 Oct 2019 | 17:07 h

Cual aves de malagüero, los voceros del aprofujimorismo, sus geishas periodísticas, sus constitucionalistas serviciales y sus trolls (ahora más escasos, pero más agresivos que nunca) se la han pasado, en los últimos días, anunciando un futuro apocalíptico para el país, dizque como consecuencia de la disolución del Congreso.

Parece que no se han dado cuenta de que la medida, fuera de la algarabía que suscitó en ocho de cada diez peruanos, no ha alterado la vida de nadie más que de los disueltos congresistas, quienes por fin están probando como vive la gente común, sin chofer, sin auto del Estado, sin circulina, sin guardaespaldas, sin gastos de representación y tantas otras “granjerías” que se dispensaban con nuestro dinero.

“¡Ya verán cuando el dictador Vizcarra quiera enquistarse en el poder!”, sentencian con aire de cuervos los mismos que le archivaron su propuesta para irse cuanto antes. “Ustedes, que se equivocaron al apoyar a Humala y a PPK (obvian siempre decir que fue contra la candidata de la mafia), ¡también se arrepentirán de haber apoyado a Vizcachet!”, profetizan sin recordar que al frente de cada uno de los susodichos había una opción peor.

Pero el rollo que más les gusta repetir es ese de que, si apoyamos a Vizcarra a disolver el Congreso, no tendremos autoridad moral para reclamarle luego por sus errores porque, en su mentalidad de caterva, no conciben que uno puede apoyar a alguien sin firmarle un cheque en blanco y que, si el hoy popular presidente decide, en algún momento de los 20 meses que le faltan, torcer el rumbo y pretende quedarse un minuto más en el cargo – algo que ha negado enfáticamente–, le reclamaremos en su momento, como hicimos con todos los otros que nos defraudaron.

Porque, a diferencia de aquellos que se convierten en fervorosos devotos del líder que calza a sus intereses y se vuelven ciegos a sus errores, por muy evidentes que resulten, lo que hacemos desde el otro lado es enarbolar principios y, aunque bienvenidos sean los políticos que quieran sumarse, eso no significa que los seguiremos apoyando si se salen del carril o fallan en sus funciones.

Y, ojo, no dudo que, en este momento, haya decenas de ayayeros alrededor del presidente Vizcarra, masajeándole el ego, carcajeándose de todos sus chistes por malos que sean y compitiendo por hacerle creer que es infalible. Esos personajes nunca faltan y son casi siempre los corresponsables de las malas decisiones de los políticos, cuando estos se dejan dominar por el ego y la soberbia. Esperemos de verdad que, en este caso, el presidente sepa ponderar y separar el grano de la paja. Por su bien.

Cuenta la historia que cuando los generales romanos volvían victoriosos de las guerras, eran recibidos por el pueblo de Roma con un triunfus (un fiestón cívico religioso en el que participaba toda la ciudad) en señal de gratitud. Ese día, lucía una corona de laurel y una toga triunfal bordada en oro, y llegaba en un carro tirado por cuatro caballos hasta el templo de Júpiter, mientras la plebe lo aplaudía y le hacía reverencias como a un dios.

Sin embargo, muy cerca de él, pegado a su cuello, iba siempre un esclavo que, a lo largo del camino, le repetía una y otra vez la frase “memento mori” (recuerda que eres mortal, en latín), para que el susodicho no se ensoberbeciera por tanta franeleada y pretendiera apropiarse de más poder del que le correspondía.

Bueno, pues, Vizcarra es, en este momento, el general victorioso que ha logrado doblegar a los bárbaros que habían secuestrado el Congreso y ha sido homenajeado por el pueblo en forma de un casi 80% de aprobación. Pero si, en el camino, se le ocurriera convertirse en nuestro Cómodo moqueguano y pretendiera apropiarse de más poder del que le corresponde como jefe de Estado, tengan por seguro que seremos los primeros en hacerle recordar que no es mortal y en volcarnos a las calles para que le quede bien clarito.

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