Los males menores

Pero, si entonces no hubieras votado por Alan, seguro que Humala se hubiera importado toditito el modelo chavista y hoy serían los venezolanos los que estarían echándonos de Caracas.

Maritza Espinoza
Maritza Espinoza
21 07 2019 | 09:02h

Don Mario Vargas Llosa ha reconocido que, sí pues, fue él quien nos recomendó votar por casi todos los expresidentes que hoy están acusados de corruptos. Sip, por cada uno de ellos a partir del 2001. No es un mea culpa el de nuestro Nobel ni tendría por qué serlo. Fuimos nosotros los que le hicimos caso y no vamos a arrepentirnos ahora.

¿O sea que, si Vargas Llosa se tiraba del quinto piso, ustedes también?, alegará usted, mi estimado lector de ultra derechas (si tengo alguno), y yo le respondería que, en las circunstancias en las que se dio cada “recomendación”, el escribidor al que usted odia con odio jarocho tenía toda la razón.

Claro que hoy, al ver en lo que devinieron esos gobernantes de parche, pareciera que nos equivocamos de cabo a rabo. Pero no. Cada uno de esos presidentes fue elegido porque, al frente, había un peligro mayor para la democracia y el estado de derecho. Y para que deje de flagelarse por las decisiones tomadas, aquí le paso algunas pastillitas de Memorex. A ver si entiende de una vez que no había otra opción.

El Cholo versus García I:

Era el 2001 y Alejandro Toledo venía de enfrentar al mismísimo Lord Voldemort, Alberto Fujimori, que tras diez años de dictadura del brazo de su compadre Vladimiro Montesinos, había tenido un sospechoso “triunfo” el 2000 (¿recuerdan el famoso cambiazo de la boca de urna?) De otro lado, Alan García acababa de volver al Perú tras esperar cómodamente que prescribieran sus procesos judiciales -entre ellos, el del millón de dólares por la concesión del tren eléctrico, donde Sergio Siragusa era el “Jorge Barata” de la época- y no hacía el más mínimo mea culpa por los desastres de su primer período. Aún no venía la bonanza de los metales, así que era fácil prever que García hubiera vuelto a sus arranques populistas, a la maquinita y a la leche Enci. Nop. Toledo, con todos sus errores, fue definitivamente el mal menor: firmó el primer TLC, respetó la libertad de prensa y, entre resaca y resaca, logró hacer un gobierno aceptable.

García II versus el Chavista Ollanta:

Olvídate del Ollanta Humala de la hoja de ruta el 2011. El 2006, el comandante era tan radical como su hermano Antauro (quien luego lo repudió por derechizarse, pero esa es otra historia) y su programa de gobierno causaba los entusiasmos de gente como Hugo Chávez. Sin embargo, esa vez, don Mario Vargas Llosa tampoco le metió mucho entusiasmo a Alan García, el contrincante de la segunda vuelta, cuyo desastroso primer gobierno seguía fresquito en nuestra memoria. “Esto es como elegir entre el cáncer y el Sida”, dijo cauteloso. Pero, si entonces no hubieras votado por Alan, seguro que Humala se hubiera importado toditito el modelo chavista y hoy serían los venezolanos los que estarían echándonos de Caracas por quitarles los (sub) empleos de mozos y peluqueras.

Ollanta realoaded versus Keikzilla:

Cuando creíamos que el fujimorato había sido erradicado (Fujimori estaba juzgado y preso en la Diroes, tras 695 días de buena vida en Chile), resulta que su banda se rearmaba bajo el férreo puño de su hija mayor, Keiko Fujimori. Reivindicando el gobierno de su padre y echando pañitos tibios a los crímenes del régimen que encabezó, la ñaña se las traía. Su elección hubiera sido un retorno brutal a los noventa: estaban las mismas caras sedientas de venganza. Entretanto, Ollanta Humala había sufrido un proceso de domesticación y estaba dispuesto a firmar cualquier cosa con tal de que la derech…, perdón, los votantes confiaran en él. De nuevo, solo había una alternativa. Y la tomamos.

Pipikey versus la Pelona:

Disgustada por su primera derrota, Keiko Fujimori se deshizo de todo lo que oliera a su papi y decidió estrenar su flamante cara caviarona en Harvard: deslindó de los excesos del fujimorato, habló de derechos humanos y hasta coqueteó con las minorías sexuales. Una semana después, estaba apapachando al Pastor Rosas y a todo su discurso fundamentalista y retrógrada. Era obvio, pues, que la doña no sabía de palabras empeñadas y que, de llegar al gobierno, seguiría los pasos del padre. Casi lo hizo… desde el Congreso. Aún estamos sufriendo las consecuencias de haberle dado mayoría. ¿Le queda alguna duda de que el pelmazo de PPK era el mal menor? ¿Verdad que no?

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