¿Racista, yoooo?

Maritza Espinoza
09 Jun 2019 | 1:00 h

Lo sorprendente de la discriminación no es que aún sobreviva en sociedades como la nuestra. Total, países culturalmente más evolucionados andan, en los últimos tiempos, tan infestados de racismo y xenofobia, que los candidatos con más pegada son justamente aquellos que espolean estas taras en ciertos sectores de la población y no son pocos los que han llegado al poder. Si no, miren nomás a Jair Bolsonaro, el hoy presidente de Brasil que, en plena campaña, no tuvo ningún empacho en decir que los negros no sirven ni como reproductores o deslizar, no tan sutilmente, conceptos calcaditos de los viejos manuales de la supremacía blanca del KKK.

No. Lo verdaderamente increíble es que, entre nosotros, el racismo salta donde menos se le espera y, sobre todo, sin que el racista se dé cuenta de su frase, acto o intención discriminadora, hasta que ya es demasiado tarde de tan naturalizado que lo lleva por dentro, aunque, por fuera, se alucine el bicho más políticamente correcto de la tierra. 
Por eso, a mí, no me llamó particularmente la atención que don Carlos Bruce, el político que se hizo conocido por salir del clóset hace un lustro (recibiendo, by the way, el apoyo de muchísimo provinciano color puerta, como la mayoría de nosotros), se fuera de lengua al decir que el hoy presidente Martín Vizcarra fue una especie de relleno de la plancha presidencial de Pedro Pablo Kuczynski, porque había demasiado blanquiñoso y necesitaban urgente una cuota de color.

Los peruanos estamos acostumbrados a cholearnos unos a otros, pero cholear a un presidente de la República ya son palabras mayores, y las redes sociales hirvieron de indignación. Con dos frases desafortunadas, pero más que evidentes,el entrañable Techito de otros tiempos destruyó años de trabajo de imagen en un pestañeo. Para empeorarla, dio la peor de las disculpas, esa que siempre comienza diciendo “si alguien se ha sentido ofendido…” (lo que, en lenguaje subtextual, equivale a decir que solo un idiota puede sentirse ofendido por algo que no merecía tomarse como ofensa) y rematándola al hablar de “nosotros, los de raza blanca”, como si el concepto “raza” no hubiera sido descartado ya hace años por la ciencia para referirse a seres humanos. 

Pero el peor sarcasmo es que, poquito después, el propio -y choleado- presidente Vizcarra protagonizara un innecesario alarde de xenofobia, cuando apareció “supervisando” la expulsión de un grupo de venezolanos del país. Y digo innecesario, porque la presencia del jefe de Estado en lo que debió ser un mero trámite de rutina para impedir que antisociales ingresen al país confundidos con verdaderos migrantes, se leyó como un acto de pura y dura discriminación.

Sí, es verdad que hay una gran susceptibilidad entre los limeños sobre algunos hechos delictivos cometidos por ciudadanos de ese país -no tantos como los cometidos por muchos ciudadanos peruanos, pero de eso no suelen hablar los medios-, pero ver al jefe de Estado expulsando extranjeros puede desatar una ola de rechazo y agresión a gente que, como nosotros en los años ochenta, solo busca cobijo ante el desamparo en que los ha sumido la ineptitud de un dictadorzuelo enquistado en el poder en Venezuela.

Aprovecharse políticamente de las reacciones primarias de la masa, de ese miedo al otro que hace que la gente crea que los extranjeros vienen a quitarle sus puestos de trabajo, sus bienes y hasta sus maridos y novias, no le hace ningún favor al presidente Vizcarra. Si había logrado cierto predicamento al enfrentarse a la horda fujiaprista y convocado, sin querer, la solidaridad de la ciudadanía ante el choleo de Bruce, lo ha borrado todo al  generalizar a toda una colectividad los errores de algunos venezolanos, dándole en la yema del gusto a los ideólogos de la xenofobia y creyendo que así, de paso, se ganará alguito en las encuestas.

Ojalá logre corregir su exceso de algún modo. ¿Qué tal admitir su error, disculparse con la comunidad venezolana, e implementar políticas realistas para manejar el problema migratorio? Es decir, dar una señal inequívoca de que no es el remedo moqueguano de Bolsonaro, sino un estadista que sabe reconocer cuando la embarra. Porque subir en las encuestas tiene sentido cuando se logra trabajando a favor de causas justas (como la lucha anticorrupción) y no explotando los terrores de las siempre volubles muchedumbres.

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