Las criaturas aladas de Rosamar Corcuera

La República
18 May 2019 | 21:00 h

La artista nos abre la puerta de su mundo mitológico, uno poblado de animales fantásticos, habitantes de la poesía de su padre, Arturo Corcuera. Podrá conocerlos en Canto y gemido de la tierra, su próxima exposición.

Rosamar tiene un recuerdo claro de los almuerzos familiares: ve a su padre, el poeta Arturo Corcuera (1935-2017), hablando con los otros comensales cuando de pronto, de su larga cabellera da un brinco un pajarito. Los visitantes lo miran con la boca abierta, mientras la mascota alada, despreocupada, baja por el brazo del poeta hasta la mesa para picar un poco de comida. "Ese pajarito vivía en el hombro de mi padre" –dice la artista–, o eso le decía él.

La infancia de Rosamar estuvo llena de escenas surrealistas como esta. La casa paterna de Santa Inés, en Chaclacayo, las pinturas etéreas de Tilsa Tsuchiya colgadas en las paredes, el gran jardín a donde llegaban mágicamente gatos vagabundos, pavos reales perdidos, monos prófugos, prendieron chispa del juego y la imaginación de la niña desde temprano.

Mientras su padre escribía poemas sobre insectos que hablan, sobre peces que pueden tener alas de mariposa o sobre osos que conversan con dragones, ella, la segunda hija, absorbía como esponja el mundo de esa fauna mitológica.

Ignoraba que, ya de grande, tras estudiar artes plásticas en la Universidad Católica, le daría vida a las criaturas del Noé Delirante, el libro de poemas de su padre, en sus dibujos y esculturas de cerámica.

Este miércoles inaugurará Canto y gemido de la tierra (título tomado de otro libro del poeta), una exposición de veinticuatro piezas que nos transportarán a esa dimensión paralela a la que tienen acceso los Corcuera, y donde habitan personajes fantásticos como hipocampos alados, tortugas con caras humanas, mascarones de proa en forma de mujer y sirenas azules con alas de ángeles, convertidos en esculturas de cerámica.

A estos seres se los ve circular por estos días en camiones de transporte de la casa de la artista, también ubicada en Chaclacayo, a la galería del Centro Cultural de la Universidad del Pacífico.

"Siento que en este mundo me protejo –dice Corcuera refiriéndose a su taller–. Solo salgo por ratitos porque la realidad no me gusta mucho, prefiero estar en mi casa creando, acompañada de estos seres".

Rosamar se considera una artista recluida, alejada –y no porque quiera– del círculo del arte contemporáneo. "Porque mi arte no está de moda", dice. "Hoy lo que se expone y vende es el arte conceptual. No tengo nada en contra, pero, a veces, uno no entiende lo que está viendo".

Corcuera artesana

Se considera artesana antes que artista, pues su obra se crea con las manos, nace de frotar el barro, de darle forma, de cocinarlo a fuego en el horno.

Si bien sus criaturas han emergido de la poesía de su padre (ilustró la edición por los 50 años del Noé...), también están inspiradas en la cultura popular peruana: en las wawas andinas, en los retablos ayacuchanos, en las vírgenes, en las danzas puneñas, en las cruces de camino.

Admira a los artesanos. Para aprender de su tradición vivió un tiempo con ellos. Se fue a la tierra de los toritos de cerámica en Pucará (Juliaca), y pasó días en Quinua (Ayacucho), en la cuna de los retablos.

"El arte para ellos es algo tan natural que les brota del espíritu y de las manos, es como comer […] admiro el dominio que tienen del fuego, cómo controlan las temperaturas, cómo saben modular la velocidad del calor con los troncos, la paja, las hojas, la bosta. Creo que solo ellos lo pueden hacer", dice.

Es la única artesana de su familia, de una formada por pintores, músicos, poetas, bailarinas. "Estamos todos condenados a morirnos de hambre", bromea. El chiste tiene algo de cierto. La artista confiesa que vive, literalmente, de sus colibríes. Esas avecillas de cerámica que coce en su horno y que luego serán colgadas en alguna terraza limeña, son las que le permiten llegar a fin de mes.

"Aquí las necesidades básicas son prioridad, comprar arte es un lujo", agrega. Por eso tiene que trabajar todos los días, acariciando el barro hasta que brote de él algún ser que contribuya a la estabilidad de sus finanzas.

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