Los dueños del circo

Maritza Espinoza
11 05 2019 | 21:00h

El 83% de los peruanos había expresado, en una encuesta de IEP, su convicción de que García se había suicidado al saberse acorralado por la justicia, decisión absolutamente personal.

Hay gestos que sacan a flote aquello que más queremos ocultar, que nos arrebatan la máscara de un tirón, que nos pintan como realmente somos y no como quisiéramos que los demás crean que somos. El gesto del congresista Jorge del Castillo al tomar como una “ofensa” el hecho de que un suboficial de la policía -el mayor Freddy Ordinola, miembro de la División de Delitos de Alta Complejidad (Diviac)- se comportara con la familiaridad y autoconfianza que aceptaría sin dudarlo en un igual, echa por tierra las posturas “democráticas” que ciertos políticos tratan de aparentar cuando, muy en el fondo, no son más que gamonalillos que desprecian a todo aquel que no sea de su extracción social.

Ya la pantomima del martes, cuando la Comisión de Defensa, que preside justamente Del Castillo y que no tiene nada que ver con hechos de orden policial, decidió citar al ministro del Interior para pedirle cuentas por el operativo en el que su hoy fallecido líder decidió protagonizar la gran huida pegándose un tiro, era ya una maniobra bastante cuestionable, sobre todo porque dedicaba tiempo y recursos del Estado a un asunto que solo era del interés para los cinco gatos que conforman la bancada del Apra.

Poco antes, el 83% de los peruanos había expresado, en una encuesta de IEP, su convicción de que García se había suicidado al saberse acorralado por la justicia, decisión absolutamente personal que nadie pudo haber evitado, salvo, claro, su asistente personal que guardó por cinco meses una carta anunciando su decisión o los allegados que, según revela Caretas en reciente edición, lo escucharon anunciarlo en más de una oportunidad, y no hicieron nada al respecto.

Pero, claro, empecinados en convertir en martirologio y heroísmo un acto que el resto del Perú percibe como un desesperado intento de obstrucción de la justicia, Del Castillo y compañía no se dieron cuenta de que el tiro les iba a salir por la culata. La manera arrogante y despectiva con la que el exalcalde de Lima (sí, aquel que protagonizaba los mejores chistes de la época) echó al mayor Ordinola del hemiciclo solo puede compararse con el patadón que, hace algunos años, el propio Alan García propinó, en medio de una marcha, a un ciudadano que se le cruzó en el camino.

Por suerte, los miembros de la Diviac -expuestos innecesariamente por el ministro Morán, quien debió llevar a los jefes policiales y no a subalternos que sólo cumplían órdenes- se encontraron con que los policías a los que pensaban atarantar eran huesos duros de roer. Ninguno se chupó ante la matonería imperante y, por el contrario, devolvieron los golpes sin anestesia, como la agente que, preguntada por Del Castillo si había participado alguna vez en la captura de un expresidente, respondió que no de “ese tipo de delincuentes”. El golpe al ego aprista se escuchó hasta Alfonso Ugarte.

Pero el bumerang más destructivo de la jornada se lanzó cuando pretendieron maltratar al jefe de la Diviac, Harvey Colchado -héroe de la operación Chavín de Huantar y captor nada menos que del camarada Artemio-, quien, cachaciento y muy self confident (como deberíamos ser todos los peruanos), terminó dándoles una clase maestra de trabajo anticorrupción y diciéndoles en sus caras peladas que no era culpa de su institución que hubiera tantos políticos corruptos a los que tenían que detener.

En suma, la granada que pretendió activar el aprofujimorismo -esa especie de teratoma que han engendrado la conveniencia política y la falta de escrúpulos- contra quienes estuvieron encargados de capturar al líder que se fugó al otro mundo, terminó reventando en la cara de sus sembradores, que quedaron expuestos en sus intenciones reales y, peor aún, con las máscaras hechas trizas para siempre.

Ahora, los peruanos sabemos que detrás de tanto teatro en torno a un suicidio lamentable, pero provocado por mano propia, no está la pena del amigo o del compañero, sino puro y simple oportunismo. Pero, mala suerte, sus propias torpezas echaron por tierra los afanes de resucitar a un viejo partido aprovechando una tragedia personal. De paso, también nos dimos cuenta que algunas comisiones del Congreso, que, dicho sea de paso, nos cuestan un platal, son tan inútiles como el clítoris de la congresista Tamar Arimborgo.

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