Keep walking, Cholo, pero rumbo a cana…

Maritza Espinoza
23 Mar 2019 | 21:00 h

Me lo encontré en el Biltmore de Miami justo el día que se lanzaba, en Lima, el video Kouri-Montesinos. Era el año dos mil. Él era la estrella principal de la Conferencia de las Américas (organizada por el Miami Herald) y el hotel estaba repleto de periodistas, políticos y hueleguisos de todo cuño. Los ojos del mundo estaban puestos en ese hombrecillo de metro sesenta de estatura, ternos por lo menos dos tallas más grandes que la suya y un hablar pomposo lleno de giros en inglés. No por nada era el Cholo de Harvard, la cara visible de la oposición a la dictadura fujimorista, el héroe del momento.

Mientras yo me preguntaba qué michi hacía en Chincha –la verdad, estaba allí por motivos absolutamente ajenos al evento y, hasta antes de llegar, no tenía ni idea de lo que estaba pasando–, recuerdo que, en una de mis entradas y salidas del lobby, se me acercó sonriente, recién bañadito como a las cuatro de la tarde, y me contó, casi gritó, eufórico: “¡Acaban de lanzar un video donde Montesinos está comprando a Beto Kouri!”. Supongo que ver la cara de una peruana despistada (que lo conocía de alguna reunión social de esas en la que políticos y periodistas alternan entre chismes y vinos) le dio confianza para dar rienda suelta a su entusiasmo.

Después, solo recuerdo que por la noche fui a una cena en una conocida trattoria y, ¡Oh, coincidencia!, poco rato después aparecía muy orondo, rodeado de su séquito de la época (encabezado por su entonces leal Baruch Ivcher y un grupete de periodistas) y se dirigía a un privado que quedaba al fondo del restaurant. Dos horas después, lo vi salir cargado en vilo por dos de sus amigos, con la cabeza ladeada, las patitas al aire, farfullando incoherencias. De regreso al hotel, lo vi de reojo en el bar. Sus acompañantes, bregando para que se fuera a dormir, porque al día siguiente era su gran presentación y, obvio, la expectativa era grande después de la noticia del video.

Luego, en la campaña del 2003, los peruanos no tardamos en darnos cuenta de que el Cholo de Harvard mentía tanto como bebía (negó a su hija hasta el final, cuando abrumado por las evidencias y la presión pública decidió reconocerla) y los periodistas que cubrían sus recorridos siempre bromeaban sobre el tufillo alcohólico que despedía en cada una de sus declaraciones. Por esa época nació el mito del whisky etiqueta azul que, presuntamente, gustaba consumir. Quienes lo conocían, sin embargo, aseguraban que le entraba a cualquier bebedizo que contuviera C2H6O.

Pese a todo, fue elegido y, aunque su gobierno insertó al país en el mundo financiero y mantuvo indicadores positivos en casi todos los aspectos, no pasaba de ser un presidente pintoresco, aparentemente inofensivo, y atacado duramente por los medios de derecha que se fijaban hasta en la marca de papel higiénico que se usaba en Palacio. Sin embargo, algo había en él que te hacía desconfiar de todo lo que salía de su boca. Luego supimos por qué: mientras pasaba por el borrachín encaramado precariamente en el poder, negociaba con Odebrecht su alita de veinte millones por dos tramos de la Interoceánica.

Por eso, escucharlo hace unos días afirmando descaradamente que estaba tranquilazo en su casa escribiendo uno más de los libros que nadie leyó nunca, mientras las autoridades norteamericanas confirmaban que había estado preso por varias horas por andar borracho en la vía pública, no sorprendió a nadie. Alejandro Toledo sigue siendo ese hombrecillo mitómano y cínico que traicionó a quienes lo apoyaron el dos mil y se llenó los bolsillos de dólares mal habidos, igualito que los sátrapas de la dictadura a cuya caída contribuyó. El único futuro que se le puede augurar es el de una cómoda celda en alguna cárcel peruana, junto a algunos de sus colegas de maña y corruptela.

Porque, aunque digan que en política no hay cadáveres, hace rato que este tipo huele a Finisterre.

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