¡Sálvanos, Salvador!

Maritza Espinoza
16 03 2019 | 21:00h

Es innegable que un gran sector de la población -concentrado, según profundos estudios estadísticos, en ese vigoroso segmento compuesto por mujeres calentonas mayores de dieciocho y menores de noventa- recibió su nombramiento entre hurras, aplausos y besitos volados, pero no menos innegable es que la llegada de Salvador del Solar a la presidencia del Consejo de Ministros desató una ola de críticas desde el instante mismo en que salió, churrazo él, con su monísimo fajín blanquirrojo ciñéndole justito debajo del tremendo six pack que se maneja.

Y no, no es porque la meteórica carrera política del papacit…, perdón, del flamante premier sea particularmente desdeñable. ¿Qué tiene de raro pasar de conductor de un (soporífero) programa de entrevistas políticas que duró unos meses en Canal N a ministro de Cultura por unos meses y, luego, en gran salto de garrocha, ocupar el segundo cargo de mayor responsabilidad de un país? ¿Acaso se necesita ser un viejecito senil para darle consejos a don Martín Vizcarra? ¿No es más difícil dirigir a un grupo de inflados actores, como hizo en Magallanes, que poner en vereda a docena y media de solícitos ministros y ministras?

Lo que preocupa a sus críticos, en realidad, es que Salva –como le dicen sus amigos más cercanos- no es precisamente un político cuajado ni mañoso (repito, un programa de entrevistas políticas y una cartera como Cultura no te convierten precisamente en Maquiavelo) y tendrá que vérselas nada menos que con la cada vez más exasperada alianza aprofujimorista que, fiel a su estilo, ya llamó a interpelar a uno de sus ministros, y es nada menos que el buenote de Vicente Zeballos, quien tendrá que responder por el acuerdo fiscal con Odebretch, tema que, by the way, está fuera de sus atribuciones.

Otra cosa que preocupa a opinólogos y analistas es que el flamante premier, que sepamos, no tiene demasiado predicamento provinciano, algo que necesita a gritos el gobierno, especialmente ahora que, tras las elecciones regionales, el sur del país se ha convertido en algo así como la Disneylandia de Evo Morales. ¿Qué hará Salvita cuando, apenas se cansen de pelearse entre sí don Walter Aduviri (Puno), don Zenón Cuevas (Moquegua), don Elmer Cáceres (Arequipa) y don Juan Tonconi (Tacna), decidan unir fuerzas y provocar algún conflicto social de esos que saben armar tan bonito? ¿Mandarles al presidente que, por moqueguano, sí está empapado del asunto?

Pero la verdadera debilidad de Pantita sería su escaso ánimo de confrontación y ya hay quienes temen que volvamos a los tiempos más genuflexos del pepekeísmo, cuando Del Solar fue ministro de Cultura y, precisamente, se mostró blandengue y excesivamente conciliador, lavándose las manos ante los ataques que sufrió el Lugar de la Memoria por una exhibición artística que “ofendía” a los fujimoristas y entregándoles en bandeja de plata la cabeza del director del museo, Guillermo Nugent.

Claro, nadie dice que un primer ministro deba andar con la pata en alto las veinticuatro horas del día, pero está demostrado que la única forma de mantener a raya los embates del pack fujiaprista es el juego rudo y no andar tratando de conciliar con tirios y troyanos, cristianos y moros, israelíes y palestinos, reeditando aquella vieja fábula donde un niño, su abuelo y un burro terminaban desbarrancándose al río por intentar complacer a sus críticos.

Más allá de los reparos, lo importante es que ya está encima del caballo y crucemos dedos para que haga un papel decoroso y logre concretar aquello que la ciudadanía ya está reclamando: una gestión eficaz que, yendo más allá de la agenda anticorrupción que tanto ha servido al primer año de la gestión Vizcarra, empiece a resolver los problemas estructurales del país. Se lo agradeceremos todos, especialmente Chibolín, quien ha anunciado su postulación al 2021 y que, como parte de su publicidad, asegura que, si un artista puede ser un buen primer ministro, también puede ser un buen presidente. Lo que no sabemos es cuál es el otro artista al que se refiere, pero esa ya es otra historia.

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