Fernando Ampuero: "Si un escritor no parte de sus vivencias emotivas, su trabajo será inútil"

El escritor peruano presentó "La bruja de Lima", libro de memorias, en la última edición de la Feria Internacional del Libro.

El escritor peruano presentó "La bruja de Lima", libro de memorias, en la última edición de la Feria Internacional del Libro.

En La bruja de Lima se juntan la memoria, la nostalgia, el miedo, la muerte, el silencio y la vida. En pocas páginas, los lectores sentirán la intensidad de cada una, apartándose de todo. Aquí hay un libro de memorias que se instala en nosotros, que nos toma por varios minutos. Es un ejercicio no solo del autor, también del que sigue la historia. No es Hilda, no es Ampuero. Es solo reconocernos en ese ambiente que nos habla, que nos permite ser testigos de lo increíble, de la pena y de otros sentimientos que se destilan, como cuando nos sentamos cerca a un río a escuchar historias que pensamos haber vivido.

Hay en su narración La bruja de Lima una relectura interesante de su vida, que no se queda solo en la anécdota. En esta se nos dice que nadie está libre del abismo. 

Nadie lo está, en efecto, si hablamos de gente a la que le toca en suerte ser consciente de que en algún momento empieza a morir. Asomarse al abismo, implica, a mi criterio, inquietud, temor, cavilaciones y ensimismamiento, trances sucesivos que preceden a la agonía. Pero hay gente que a lo mejor se marcha de este mundo desconociendo el vértigo de la fatalidad. Me refiero a los que mueren súbitamente por una bala perdida, o los que son fulminados en un instante por un accidente que los decapita. Ese tipo de muertes nunca afrontan el abismo, lo cual las hace poco  interesantes, ¿no le parece? Son muertes sin ceremonia, sin despedidas; de un momento a otro ya no existes.   

Usted cita en el epígrafe de su libro al poeta William Butler Yeats. ¿Cree que las personas estamos siempre aguardando el final?  

No, por fortuna. Las personas nos dedicamos a nuestros asuntos a lo largo de un lapso de tiempo impredecible: vivimos como cualquier especie del reino animal. Y, desde luego, podemos gozar de la alegría de vivir, siempre y cuando tengamos buena salud y nuestras circunstancias nos parezcan gratas o al menos tolerables. Solo así se disfruta de “la inconsciencia de vivir”, o de “la vida plena”. Sin embargo, cuando enfermamos gravemente o sobrevienen situaciones de verdadero peligro pensamos en negativo. Por ese motivo elegí los versos de Yeats que, como todos los buenos poemas, revelan gran capacidad de síntesis. “Ni miedo ni esperanza acompañan al animal que muere; el hombre (en cambio) aguarda su final, temiendo y esperando todo”. Ahí lo dice todo.

Tengo la percepción de que la muerte toma la forma de un péndulo en la historia. ¿Qué hay en esos espacios?

No lo sé. Muertes trágicas, probablemente. Genocidios, pestes, guerras, cataclismos. Si la historia  oscila entre las muertes que llamamos naturales y las muertes violentas por la voluntad de los seres humanos, todavía seguimos en eso, sin duda. Y en cincuenta años las cosas van a empeorar. Habrá mayor caos en el planeta, sobrepoblación, falta de agua, anarquía.  

"Mi memoria no inventa, ni adorna; simplemente se limita a evocar vivencias emotivas", escribes en La bruja de Lima.  ¿Qué más se te quedó en el tintero a ese respecto?

Si un escritor no parte de sus vivencias emotivas, su trabajo será inútil. Y eso atañe a sus libros de ficción como a los de no-ficción.  Hay que poner el alma en cada frase que uno escribe. Esa es la única forma de resultar convincente. Si no lo haces así, el lector se dará cuenta y dejará tu libro.    

 ¿Qué más podemos saber de Hilda, la bruja de tus memorias?

Aparte de que era una persona cálida y un ser dotado de intuiciones y percepciones impresionantes, nada más puedo añadir. Todo lo que me interesaba decir aparece en el libro. Y aparece, también, todo lo que no fui capaz de decir, pero que al menos, creo yo, he insinuado. Un testimonio cobra fuerza por lo que dice y por lo que calla, o bien por esas latencias no dichas que el lector percibe. 

¿Todavía sueñas con ella?

Sí. De vez en cuando sueño con ella. Esa es la forma en la que Hilda y yo seguimos hablando. 

A partir de lo sucedido con Hilda, se puede entender que siempre vamos a terminar creyendo en algo, aunque a menudo esto resulte extraño y contrario a lo que piensa la mayoría.

Yo he dicho muchas veces que soy un escéptico con expectativas. No sé cómo explicar esta vaga  autodefinición. Digamos que me siento una persona racional hasta que de pronto algo o alguien me  hace sospechar que existe otra dimensión para comprender el mundo. Hay dos vías tradicionales de conocimiento: la razón y la intuición; y ambas tienen su gran poder de persuasión.     

Hablas un poco al paso de rencillas literarias. ¿Los escritores se pueden llegar a odiar tanto? Es algo que no acabo de entender. 

Coincido contigo: yo tampoco lo entiendo. Y, a decir verdad, después de algunas refriegas verbales, decidí olvidar ese tema. Recuerdo que en alguna ocasión un periodista me preguntó: “¿Usted cultiva odios?” Y yo respondí: “No. Prefiero las hortensias”… En realidad, me gustan los jardines.   

Cuando mencionas a La victoria de Samotracia, no pude evitar pensar en Borges, a quien también algunos le tenían mucha inquina. 

Una vez Borges y María Kodama se fueron al Louvre a admirar esa escultura clásica que recibe a los visitantes en lo alto de una escalera. Y fue la Kodama, no Borges, la que contó una magnífica  historia. Ella no entendía por qué esa escultura le parecía tan bella a su padre japonés; tan solo veía a una mujer de mármol con alas y sin cabeza. Su padre le señaló los pliegues de la túnica que se le pegaban al torso y a las piernas, diciéndole: “Yo percibo la brisa del mar en esa túnica. Eso es la belleza”… El pintor Cézanne también decía algo igualmente hermoso: “No necesito ver la cabeza de esta mujer para imaginar su mirada”.  

 

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