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Vacuna COVID-19: no siempre evita la infección, pero protege de la enfermedad

Itzia  Huillcahuari

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02 Feb 2021 | 1:03 h
La Republica
Las nuevas variantes podrían evadir los anticuerpos generados por las vacunas; sin embargo, la eficacia de protección contra la enfermedad no se ha visto afectada. Foto: AFP

Nuestro organismo posee tres niveles de defensa. Cuando los primeros fallan, el último entra en acción. Las vacunas contra el coronavirus apuntan a este, que es más preciso y dirigido.

Sobre las vacunas contra el nuevo coronavirus se ha hablado mucho, a favor y en contra de ellas. No obstante, no sobre su mecanismo para generar inmunidad, un aspecto imprescindible para justificar tomar una posición.

La Organización Mundial de Salud (OMS) registra actualmente más de 230 proyectos de vacunas contra el SARS-CoV-2. La mayoría se encuentra en fase preclínica y poco más de 60 han iniciado pruebas en humanos. De estas, un grupo reducido de 20 ha logrado llegar a etapas finales de los ensayos —hay que cumplir estrictos requisitos para escalar fases—, ocho han sido aceptadas como uso de emergencia y apenas dos han logrado la aprobación total. El objetivo de todas estas vacunas es uno solo: contener la pandemia de la COVID-19. ¿Cómo lo lograrán? Entrenando al sistema inmune humano para defenderse del virus.

Inmunidad innata vs. inmunidad adquirida

Nuestro organismo está diseñado para defenderse de posibles agentes infecciosos como los virus, las bacterias y los hongos una vez que entra en contacto con ellos. Esta es una propiedad del sistema inmunológico, cuya acción consta de tres niveles de protección: de mucosas, la innata y la adquirida o adaptativa.

La de mucosas es la primera barrera de protección. Se encuentra en todas las superficies con tejido mucoso como la cavidad oral y las vías respiratorias. Este tejido posee gran cantidad de células de defensa.

La innata es una respuesta primitiva, es decir, nacemos con ella. La adquirida o adaptativa es la que entra en acción cuando la innata falla. Tiene la capacidad de adaptarse y mejorar tras el contacto con diferentes patógenos. Es decir, aprende a defenderse de ellos si vuelven.

La inmunidad innata, sin embargo, posee una desventaja. Es poco específica, es decir, ataca al patógeno sin diferenciar si daña también células buenas. Esto provoca la respuesta inflamatoria, como la tormenta de citoquinas, altamente dañina para el organismo.

La inmunidad adquirida es más compleja. A diferencia de la innata, es más precisa y mucho menos inflamatoria. La aplicación de las vacunas busca estimular este tipo de inmunidad.

Prevenir la enfermedad

En teoría, las vacunas deberían evitar las infecciones al 100%, es decir, no dejar que el patógeno, en este caso el coronavirus, ingrese al organismo y se replique. A esto se le llama inmunidad esterilizante. Sin embargo, en la práctica lograr dicha respuesta es toda una hazaña.

José Antonio Navarro, consultor honorario del Ministerio de Sanidad de España, explica que las vacunas que se están probando para frenar la pandemia no necesariamente evitarán las infecciones por SARS-CoV-2, pero ayudarán a no desarrollar la temida enfermedad, la COVID-19.

“Las personas vacunadas podrían infectarse, pero lo importante es que las vacunas evitarán que esa infección se convierta en una enfermedad, ya sea leve, moderada o grave”, declara.

Funcionamiento de la respuesta inmune adaptativa.

Esta posibilidad se comprende por el funcionamiento de la inmunidad adquirida que promueven las inoculaciones. José Luis Aguilar, jefe del Laboratorio de Inmunología de la Universidad Peruana Cayetano Heredia (UPCH), indica que este nivel de defensa consta de dos tipos de respuestas. Una es la celular, proporcionada por los linfocitos T, y la otra es la humoral, a cargo de los linfocitos B.

“Los linfocitos B atacan produciendo anticuerpos para eliminar el germen. El linfocito T es el ente más pensante y coordina todo en el sistema inmunológico. Reconocen al germen y ordena a los linfocitos B producir los anticuerpos específicos para atacarlo”, detalla Aguilar.

Lo que ocurre con las infecciones pese a estar vacunado es que, debido a que el coronavirus muta constantemente —lo cual es normal—, puede que logre sortear a los anticuerpos generados tras la inoculación. Esto es probable sobre todo con las nuevas variantes, ya que se necesita que el virus con el que se trabajó la vacuna sea exactamente igual al que intenta replicarse en el organismo para poder generar el anticuerpo adecuado.

Aun así, los linfocitos T continúan trabajando y se encargan de comandar el sistema inmune para seguir batallando contra el virus. De esta manera, habrá una menor replicación viral y muy probablemente el paciente sea asintomático o desarrolle la COVID-19 de forma leve.

“Esa es la mejor ventaja de las vacunas. Categóricamente todas las vacunas logran eso. En el caso de la de Sinopharm, se ha visto que previene casi al 100% las formas severas de COVID-19″, asegura Fernando Mejía, investigador de la UPCH.

Mejor respuesta que en los recuperados

La inmunidad adquirida contra el coronavirus no solo se logra a través de las vacunas. Las personas que han superado la infección también desarrollan protección. Sin embargo, el nivel no es el mismo y, por el contrario, parece ser mucho menor.

“En general, se ha demostrado que las vacunas comercializadas generan anticuerpos neutralizantes en concentraciones superiores respecto al suero de convalecientes (plasma de sangre de recuperados). Esto da la impresión que la respuesta inmune es más potente tras la vacunación que después de la enfermedad”, señala José Antonio Navarro.

Además, ante una posible reinfección debido a la aparición de nuevas variantes, la protección generada por las vacunas es más segura.

Imagen de microscopio electrónico muestra al coronavirus que causa COVID-19. Foto: NIAID.

“Por el momento, no parece haber una mutación significativa que haga perder eficacia a las vacunas desarrolladas”, alega José Luis Aguilar. “Sin embargo, esto no es absoluto, el virus es inteligente y buscará la forma de lograrlo”, advierte.

Pese a esto, Aguilar recalca que gracias al seguimiento genómico del coronavirus, los científicos pueden estar pendientes por si surgen mutaciones preocupantes que pongan en peligro la eficacia de las vacunas. De ser así, tal como sucede con los proyectos de inoculación contra la influenza, habrá oportunidad para rediseñar o lanzar una nueva versión de la vacuna que sea efectiva contra este cambio.

“Por eso los pacientes que ya tuvieron la infección también deben vacunarse”, aclara.

“Sin miedo a morir”

Si bien las vacunas no evitarán necesariamente las infecciones por SARS-CoV-2, lo que deja abierta la posibilidad de que una persona inoculada pueda seguir diseminando el virus, la inmunización colectiva permitirá que nadie enferme de forma grave.

“Es decir, evita que las personas desarrollen la enfermedad grave o se mueran. Pasaría de ser una COVID mortal a ser una infección estacional como un resfrío”, precisa Fernando Mejía.

“No se abarrotarán más las camas UCI y podremos vivir, con las dosis correspondientes administradas en los tiempos correctos, sin miedo a morir”, agrega.

En definitiva, las vacunas contra el coronavirus no son la solución a los contagios. Sin embargo, es una de las mejores herramientas que tenemos actualmente para frenar la pandemia, evitar colapsos hospitalarios, reactivar la economía y aligerar la carga a los médicos para dar paso a que otros pacientes con diferentes enfermedades puedan ser atendidos.