
Cada octubre, cuando se acerca el Día de la Marinera, me suelen preguntar por ella y yo respondo con una escena doméstica. Para muchos, la marinera es un pañuelo que se agita o un concurso. Para mí fue, antes que eso, una conversación de sobremesa, un ensayo en la sala y una discusión de papeles en el comedor.
Crecí entre dos mundos que en mi casa eran uno solo. Mi padre, Francisco Iriarte Brenner, entendía la cultura como un asunto identitario: que se protege porque es parte de nuestra historia nacional. Mi madre, Milly Ahón Olguín, la entendía como cuerpo, ritmo, pañuelo, coqueteo y respeto. Él trabajaba la memoria desde la historia. Ella, en forma de movimiento.
Hubo un tiempo en que proteger patrimonio significaba, casi exclusivamente, proteger piedra, huacas, templos, casonas. Lo que se podía tocar y fechar era lo que el Estado sabía nombrar. Una danza no se deja encerrar. Se transmite de cuerpo a cuerpo, se transforma, se discute, y por eso es tan frágil.
Que la primera declaración de patrimonio inmaterial de la Nación haya sido la de la marinera no me parece casualidad. Y que ocurriera cuando mi padre estaba al frente del patrimonio cultural tampoco lo veo como simple coincidencia, aunque me divierte pensarlo así. Me gusta imaginar que en esa decisión hubo algo de lo que se hablaba en casa: una nación no es solo lo que hereda en piedra, sino lo que sigue haciendo en la vida misma.
Con los años, dedicado a tecnología y derechos, entendí que aquella discusión era, sin saberlo, sobre bienes comunes. La marinera lo es en el sentido más bello: nadie la inventó solo, es absolutamente mestiza, nadie la posee y, sin embargo, cada pareja que la baila la vuelve suya por tres minutos.
Mi madre sabía eso sin teoría. La marinera no es una coreografía que se ejecuta, sino un diálogo que se sostiene: pregunta, respuesta, desafío, cortejo, con una elegancia que no admite estridencias. De ella aprendí que la “marinera no se baila con los pies, sino con el corazón”. Y al verla enseñar, entendí lo que significa transmitir. Cuando dirigió la Escuela Nacional de Folklore, tomaba partido por una idea de país en la que la tradición se aprende en comunidad, con rigor y sin solemnidad vacía.
Milly Ahón Olguín. Foto: Facebook.
El Día de la Marinera me hace pensar en esa doble custodia. Mi padre protegía lo que mi madre encarnaba, y mi madre encarnaba lo que mi padre protegía. El papel sin el cuerpo es archivo muerto; el cuerpo sin el papel queda a merced del olvido o de la apropiación. Hacen falta ambos: reconocimiento y transmisión.
El 30 de enero de 1986, con la RS 022-86-ED, el Estado peruano declaró Patrimonio Cultural de la Nación a las formas coreográficas y musicales de la marinera, en sus diversas variedades regionales. El Ministerio de Cultura reconoce hoy aquel acto como la primera declaratoria de este tipo realizada por el Estado peruano.
Es decir: antes de que existiera la actual arquitectura institucional del Ministerio de Cultura, antes de que habláramos cotidianamente de “patrimonio cultural inmaterial”, antes de que la Convención de la UNESCO de 2003 estableciera internacionalmente un lenguaje común para proteger estas manifestaciones, el Perú ya había dado un paso fundamental.
Hoy esa tensión es más urgente. Las redes han hecho que miles de personas descubran la marinera y la imiten en clips de quince segundos. Eso me alegra. Pero me pregunto qué se pierde cuando la danza se vuelve imagen y deja de ser encuentro, y quién cuenta la historia cuando todos pueden contarla.
Por eso, cuando me preguntan qué significa este día, respondo con una imagen: mi madre con el pañuelo en la mano, a punto de empezar, y mi padre en la mesa haciendo que el Estado entienda que algo que se baila también se hereda.
Mi invitación es sencilla: bailen una marinera, con el corazón. Miren una con atención. Pregunten quién la enseñó. Y agradezcan a quienes la bailaron cuando nadie la declaraba, y a quienes firmaron el papel para que nadie pudiera decir que no importaba.
Yo lo agradezco desde la mesa donde aprendí que la memoria de un país se cuida con amor por lo que somos y quienes somos.






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