01 de Agosto de 2016 | 17:05 h

Yauyos: la voz de la Madre Tierra, entre rituales y ofrendas

Los pueblos andinos de Sudamérica celebran el Día de la Pachamama. En Rumbos lo festejamos con esta crónica de agradecimiento a la Madre Tierra por las buenas cosechas y su bondad infinita.
 
Ofrendas para la Madre Tierra. Foto Referencial: Luis Pérez

Ofrendas para la Madre Tierra. Foto Referencial: Luis Pérez.

Luis Pérez / Revista Rumbos
 
Llanura. Hojas de cocas sobre una manta multicolor. Abudantes ofrendas: unthu (cebo de llama), frutos, caramelos, galletas, cigarros, cereales, menestras, agua, aguardiente y tantos insumos. Escenario místico a los pies del Tupinachaka, el apu más respetado del milenario Tupe (Yauyos, Lima), el pueblito jaqaru con vestimenta e idioma propio.
 
 
Tarde soleada. Un hoyo en la tierra. Alrededor aparecen más elementos que Juan, el sacerdote andino, ordena con cautela y delicadeza en absoluto silencio. Él, con su chaleco y su poncho, termina su quehacer. El ritual, también llamado Misa, debe iniciarse.
 
Es así que la ceremonia de agradecimiento a las prodigiosas bendiciones de la Pachamama, una vez más se repite en esta tierra jaqaru y en todas las comunidades andinas donde la tradición sigue viva. Continúa intacta tal y como lo dejaron sus ancestros desde épocas pre incaicas donde ellos concebían a esta deidad andina como la divinidad protectora y proveedora de vida.
 
Y eso es lo que sabe Juan. Lo aprendió de su padre y abuelos, de quienes adoptó estos saberes ancestrales que le permiten conversar íntimamente con ella para anunciarle que recibirá honores por todo lo que provee.
 
Entonces, el maestro pagador escoge tres hojas de coca. Las sopla. Unas palabras en jaqaru que invocan el espíritu de la Madre Tierra. Así testificará en primera fila la ceremonia en su nombre.
 
Juan pide a los comuneros que repitan lo que ha hecho, y mientras soplan le agradezcan a ella por las buenas cosechas, el agua que nunca falta y la vida eterna de su reino. Ellos se involucran en el ritual. Luego, deposita las hojas en ese agujero. De pronto, desfilan las ofrendas. Ingresan un par de brindis con aguardiente. El hoyo es cubierto con tierra. Fin de la ceremonia. El pago ya está en sus entrañas.
 
Reciprocidad. Juan invita a su hogar donde los frutos de la Pachamama se transformaran en suculentos potajes. Los vecinos llegan con más alimentos y, claro, el infaltable licor para que la fiesta se prolongue más allá de esta tarde que dejó de ser soleada. Los vientos soplan. Anuncian la pronta llegada de lluvia para que calme la sed de los campos. Es es la respuesta de la Madre Tierra. Todos sonríen.

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