El marista comeniños

10 Sep 2017 | 6:00 h

La historia no ha tenido mucho eco en los medios de comunicación. Pero aquí se las resumo, para quienes no se enteraron, digo. Se trata de otro de esos relatos que acusan monstruosidad, perversión e indigencia ética y moral. Y anuncian, una vez más, un panorama descorazonador. Pues la iglesia católica, a la que adhieren tantos fieles de buen corazón, no hace nada por enmendar las cosas.

A ver. Se trata del ampay al religioso Abel Pérez Ruiz, de 70 años, quien abusó sexualmente de por lo menos catorce menores de edad en dos colegios de la Congregación de Hermanos Maristas, en Chile. Según la versión del periodista Juvenal Arancibia, de El RancagÜino, Pérez Ruiz le confesó a Antonio Peralta, cuando este era el Provincial Marista, en el 2010, haber sido el autor de estos crímenes sexuales durante cerca de treinta años, los cuales perpetró en los colegios Alonso de Ercilla y Marcelino Champagnat, ambos ubicados en Santiago de Chile. Diez víctimas fueron atacadas por Pérez en el primer centro escolar, entre 1970 y 1996. Y las otras cuatro, en el Champagnat, de La Pintana, entre 1997 y el 2008.

Recién, siete años después, la referida orden religiosa decidió denunciar los hechos ante las autoridades civiles chilenas, luego de que las víctimas decidieron hacerlo público. Si no hubiese sido por esto último (por la presión de las víctimas, es decir), los hermanos maristas no habrían actuado.

“Con mucho dolor queremos reconocer y comunicar los hechos de abusos sexuales cometidos por el religioso de nuestra congregación, Abel Pérez”, señalan los maristas en un comunicado de hace tres semanas. Y en ese momento nos enteramos, de paso, que dicho depredador había sido enviado al Perú, revelando el viejo modus operandi eclesial de trasladar al pederasta para evitar el escándalo. Y como en tantísimos casos similares, sus superiores actuaron como secuaces, ocultándolo y protegiéndolo y reubicándolo, en lugar de delatarlo.

Gracias al portal Utero.pe, nos enteramos de su presencia aquí, en el Perú. Una serie de fotografías, tomadas en junio de este año, nos muestran al falso célibe departiendo, chino de risa, con otros miembros de su cofradía, en un local de la calle Bellavista, en el distrito de Miraflores, en Lima.

El vocero de los maristas, el español Mariano Varona, explicó que han acordado con las víctimas tres cosas. Emitir una declaración pública en la que la institución religiosa acepta lo ocurrido. Enviar una carta a cada una de las víctimas reconociendo el daño causado por el agresor, y pidiendo perdón; comprometiéndose además con la asistencia psicológica de los abusados. Y a modo de reparación, ofrecer una compensación económica.

“¿Por qué no ha sido expulsado?”, le preguntó a Varona un periodista de CNN. Y este respondió: “Es fácil hablar desde fuera. Lo que hay que tener en cuenta es la situación interna de la Congregación y la sensibilidad que tenemos que tener en estos temas (…) Hay una tradición y una cultura diferentes (…) Por eso no es tan fácil decir ‘¿por qué no se le ha expulsado?’ (…) Uno tiene que tener misericordia y también debe preocuparse del agresor (…) También hay que darle un trato pastoral al agresor. Y en ese sentido, nosotros se lo vamos a seguir dando. Abel Pérez, a pesar de lo que ha hecho, tiene todo nuestro respeto”. Sic.

Si me preguntan, es el mismo trato que recibieron el mexicano Marcial Maciel, el chileno Fernando Karadima y el peruano Luis Fernando Figari. “Misericordia”. “Trato pastoral”. “No hacer leña del árbol caído”. “Respeto”. Y claro. Añádanle todos los eufemismos que quieran a esta lista de encubrimientos que arrastra la iglesia católica hasta la fecha.

Porque así es como Mariano Verona expuso su versión del gravísimo asunto. Como la segunda parte, en versión latina, de la película Spotlight. O algo así. “Es que hay que situarse en el 2010 –esgrime Varona–. No habían protocolos”. Como si hiciesen falta cánones o formalismos o instrucciones o procedimientos o preceptos u ordenanzas para el mero cumplimiento del deber. No sé si me explico. Ya estamos cansados y hartos de justificaciones idiotas, que escamotean el problema de fondo. Y el problema de fondo es, señores autoridades de la clerecía católica, que la verdad no debe sepultarse con silencios cómplices y maliciosas tapaderas cuyo evidente y grosero propósito es el de enmascarar la pederastia.

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