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El lento avance hacia el abrazo

Alexis Revollé

La vacunación en Perú inició en febrero. (Foto: Antonio Melgarejo / GLR)
La vacunación en Perú inició en febrero. (Foto: Antonio Melgarejo / GLR)

Más de la mitad de los mayores de 80 años en todo el Perú ya recibió al menos una dosis de la vacuna contra la COVID-19. Sin embargo, miles de familias aún esperan que sus seres queridos de grupos vulnerables sean inmunizados para, poco a poco, ir recuperando ese anhelado abrazo. Historias de ilusión, espera y angustia reflejan una distribución lenta y a todas luces todavía insuficiente para una de las poblaciones más afectadas por la pandemia.

Tuvieron que pasar catorce meses para que Liliana García pudiera abrazar a su madre otra vez. Durante ese tiempo compartieron la misma casa, pero el temor a contagiarla de COVID-19 la mantuvo alejada de ella. Se vieron cada día, conversaron, miraron televisión, comentaron las noticias, imaginaron que llegaría un momento en que todo esto pasaría, y se preguntaron, con esperanza, si la pandemia estaba destinada a convertirse en un recuerdo. Todo a la distancia, manteniendo la corta y dolorosa separación de unos metros, esa que, en nombre de su bienestar, les impedía acercarse, regalarse una caricia o envolverse en un abrazo.

“Desde que empezó todo, en marzo del año pasado, me he dedicado a cuidar a mi mamá como oro. Ella tiene 80 años y siempre supe que no podía correr ningún riesgo. Cuando hemos necesitado algo solo hemos salido mi hijo o yo, y hemos evitado acercarnos a ella. Hace una semana la vacunaron y ahora sabemos que el peligro es mucho menor. Hemos vuelto a acercarnos, a compartir el mismo sofá de la sala. Aunque nunca dejamos de vernos, ha sido como volver a encontrarla luego de un año”, relata García, quien se desempeña como profesora en un colegio privado.

A inicios de mayo, el Ministerio de Salud (Minsa) inició en Lima y Callao la aplicación de la segunda dosis de la vacuna contra la COVID-19 en adultos mayores de 80 años. Al cierre de esta crónica, más de 335.000 personas de este grupo etario han recibido al menos una dosis en todo el país, de acuerdo a la plataforma de Datos Abiertos del Gobierno. Esto representa el 51% de la población de peruanas y peruanos mayores de 80 —647.355 en total—, según estimaciones de junio de 2020 reportadas por el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI).

La madre de Liliana recibió su segunda dosis el viernes 7 de mayo en el Colegio Pedro Ruiz Gallo, ubicado en Chorrillos. La maestra narra que para ello tuvo que esperar en una larga cola donde se respiraba impaciencia y se avanzaba con ilusión. Llegaban familias caminando o en auto, adultos que guiaban a sus padres, jóvenes que acompañaban a sus abuelos. Un escenario que se hace cada vez más habitual mientras se desarrolla el proceso de vacunación.

“Esperamos tres horas con mi mamita. Yo le decía que la espera iba a valer la pena, que ya luego de eso estaría protegida del coronavirus, pero ella perdía la paciencia por momentos y me decía que mejor nos vayamos. El día se hizo interminable y parecía que nunca iba a tocar su turno. Al final le pusieron su segunda dosis. Mi hijo y yo somos su familia, y estamos muy contentos de por fin volver a estar cerca de ella. Extrañaba abrazarla”, confiesa García.

Así como las colas de espera, el proceso de inmunización en el país evoluciona a paso aletargado. Si bien a partir de mayo su ritmo viene en aumento, el avance de la aplicación del fármaco ha sido un vaivén impredecible durante los últimos tres meses. El 28 de marzo, por ejemplo, apenas 198 ciudadanos en todo el país recibieron la segunda dosis, mientras que, al día siguiente, 12.740 fueron inoculados con ella. Algo semejante sucedió el 4 de abril, cuando fue aplicada a 437 personas. La cantidad se multiplicó por 20 tan solo un día después, con 9.654 vacunados.

De ese modo progresa una distribución todavía lenta y a todas luces insuficiente para una de las poblaciones más afectadas por el coronavirus. Mientras, durante la última semana, países como Chile o Argentina avanzaron a un ritmo diario de 620 y 340 vacunados por cada 100.000 habitantes respectivamente, el Perú alcanzó solo 100 personas inmunizadas cada día de acuerdo al mismo indicador. Sin embargo, no es necesario mirar fuera para encontrar desigualdad en el proceso.

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Proceso de vacunación se desarrolla de manera desigual en cada región del país. El avance es más acelerado en Lima y Callao. (Fuente: LR Data)

Percy Contreras (31), de Piura, lamenta que hasta ahora su abuela no haya recibido ninguna de las dosis. Lleva un mes revisando sin descanso el padrón de vacunación del Gobierno, solo para hallar una indiferencia que no sabe resolver. Las circunstancias se agravan debido a que vive en el distrito de Las Lomas, a varios kilómetros del centro de la ciudad. Debe hacer un viaje de tres horas, entre caminatas y buses, para llegar a los centros de vacunación de su ciudad.

“¿Cuánto más van a hacer esperar a mi abuelita? Ella es de un grupo vulnerable, tiene 77 años, pero su nombre no aparece como apta para vacunarse. Acá solo están vacunando a los que están en el centro de la ciudad. Yo estoy lejos de ahí. Me dijeron: no importa si no está en el padrón, llévala a la UDEP [Universidad de Piura] que ahí la vacunan, pero yo no puedo ir hasta allá con ella, no tenemos esa facilidad”, manifiesta.

Para Contreras, esta es una situación angustiante. Sale a trabajar todas las mañanas y cuida a su abuela por las tardes. Ambos están expuestos. Refiere, además, que si bien evita acercarse a ella, en muchas ocasiones debe ayudarla a movilizarse. Siente que le están negando una posibilidad que miles de peruanos, sobre todo en Lima y Callao, están alcanzando: la tranquilidad de saber que, luego de un año de tragedia, tu ser querido tiene una probabilidad menor de fallecer víctima de la COVID-19.

“En Lima en todos los distritos están vacunando, ¿no? En la televisión se ve las colas que hace la gente. Yo quisiera que vacunen a mi abuelita, que no hagan como si no existiera. Yo no vivo en el centro de Piura, cerca de la casa solo hay un policlínico y cuando fui a preguntar me dijeron que ahí no ponen la vacuna. No sé qué hacer. Si no se resuelven estas cosas, las personas mayores van a seguir muriendo”, añade con impotencia.

Percy aún no puede abrazar a su abuela. Apenas la ayuda a sostenerse y le lleva comida. La mira con preocupación, asumiéndose a sí mismo como un peligro, sin la alegría de antes. Pese a todo, se siente algo afortunado. Muchos de sus amigos y conocidos han perdido familiares a lo largo del último año.

“Ella todavía está conmigo y con sus demás nietos. Pero tenemos miedo de que se contagie. Nos gustaría que ya esté vacunada para sacarla a pasear como hasta el verano del año pasado”, reconoce.

Misma pandemia, distintas realidades

Piura es, hasta el momento, una de las regiones más relegadas respecto a la distribución de vacunas. En esta lista también están Ucayali, Puno y Cajamarca. En este último departamento vive Magda Alvarado (28), cuya abuela de 82 años aún no ha recibido la primera dosis porque las vacunas “no alcanzaron”. La joven afirma que su familia intentó comunicarse con el Minsa debido a la escasez del fármaco con la que se encontraron, pero hasta el momento no han obtenido respuesta.

“Fuimos al centro de vacunación de Jaén, donde nos dijeron que podíamos vacunarla, pero después nos dijeron que las vacunas se habían acabado, que no alcanzaron para todos los que habían ido ese día. Yo me sentí mal, toda mi familia se sintió mal, porque queríamos que se vacunara”, dice Alvarado.

Aquello sucedió a inicios de mayo. Según Magda, su situación es una constante en la zona donde vive. “Acá no están llegando muchas vacunas, mis conocidas me cuentan que les ha pasado lo mismo y que recién vacunaron a sus mamás después de varios intentos. Algunas, como yo, aún no han podido”, revela.

Un panorama totalmente opuesto se vive en la capital, con cada vez más ciudadanos aliviados tras la vacunación de un adulto mayor en sus familias. Carlos Zaga (35) llevó a su madre al centro de vacunación del Parque de las Leyendas, en San Miguel. Sostiene que, tras varias horas de espera, volvieron a casa con una preocupación menos.

Adultos mayores llegan a vacunarse acompañados de sus familiares en Lima. (Foto: Carlos Contreras / GLR)

“Esperamos como cuatro horas en el carro, y después tuvimos que hacer otra cola que demoró como cuarenta minutos. Pensamos en irnos por la lentitud que había, pero al final nos quedamos. Yo soy una persona impaciente, y fue un poco frustrante ver que pasaba el tiempo y nunca llegaba el turno de mi mamá”, recuerda.

Con todo, su experiencia es la de quien ahora tiene una certeza más en medio de una época marcada por la incertidumbre. “Fue justo unos días antes del Día de la Madre. Para nosotros significó mucho que mi mamá, con más de 70 años, pudiera vacunarse. Es un alivio. Evidentemente nos vamos a seguir cuidando, pero ya es distinto”, concluye Zaga.

Una sensación cercana experimentó César Espejo (44) luego de llevar a su papá a vacunarse en el Real Felipe. “Lo primero que hice cuando mi papá recibió su segunda dosis fue llevarlo a la casa y ver juntos un partido del Barcelona. Ambos somos hinchas de Messi y justo metió gol ese día. Y como no hacía hace tiempo, lo abracé a mi viejo, le dije que lo quería mucho. Casi me pongo a llorar. Ver a mi papá feliz porque ya se vacunó fue una emoción tremenda”, relata.

Para Espejo, durante la emergencia sanitaria no solo se han perdido vidas. Él afirma que en su casa del Callao se perdieron muchas rutinas que juntaban a la familia. “Todo este tiempo hemos estado evitando acercarnos mucho, sobre todo los que salimos a la calle a trabajar. Es difícil. Yo extraño llegar de la calle y darle un abrazo a mi papá o un beso a mi hija, pero ya no se puede. A veces me pregunto hasta cuándo vamos a seguir así y no sé qué pensar. Aunque ver a mi papá vacunado me ha dado esperanza”, admite.

De vuelta al abrazo

La psicóloga Sofía Medina explica que, desde que se desató la crisis sanitaria, se ha vuelto recurrente esa sensación de haber perdido algo. Una costumbre, un hábito familiar, un ritual fraternal, la cotidianeidad de millones de familias. Algo en todo ello se quebró y recién ahora, con la llegada de las vacunas, podría recuperarse.

“Lo que pasa es que se implantó la paradoja de que debes estar lejos de alguien para cuidarlo, y la distancia se hizo la manera más sincera de demostrar amor. El mensaje ha sido: ‘si amas a tu ser querido, aléjate de él’. ¿Cómo asimilas eso tras siglos de demostraciones de afecto ligadas al contacto físico? La caricia, el abrazo, el beso: todo eso es parte del entramado afectivo de un espacio familiar. Algunas personas me cuentan cómo sufren porque llevan más de un año sin abrazar a una tía querida o a sus propios padres”, profundiza la especialista.

A ello se suma la incertidumbre causada por un virus mortal y silencioso. “Cuando se acaban las demostraciones de afecto y, encima, vives intranquila por una pandemia, la estabilidad emocional tiembla. Por eso vemos a tanta gente publicando en redes sociales el bienestar inmenso que sienten porque su abuelo o su papá se vacunó, porque se han quitado de encima la amenaza de la muerte por coronavirus, que no es poca cosa”, remarca Medina.

¿Cuándo volverán los abrazos? El tramo es todavía extenso. Las vacunas llegarán a raíz de los acuerdos que concreten este y el siguiente Gobierno —que iniciará su gestión en julio— con los laboratorios internacionales. Lo cierto es que, por ahora, continúan faltando. Se espera, desde luego, que la brecha se reduzca a medida que el ritmo de aplicación de dosis se acelere.

“Toda espera es difícil si se trata de nuestros seres queridos. Lo ideal no es solo que las vacunas empiecen a llegar y a distribuirse más rápido, sino que además se habiliten más centros de vacunación en todo el país. Es comprensible que tengas personas que se dejan llevar por la impaciencia. Hemos esperado meses por la vacuna, y ahora además hay que esperar horas en las colas. Mientras más se agilice el proceso, más tranquilidad respiraremos para salir de todo esto”, reflexiona la psicóloga.