“La pasión es más grande que el miedo”

Melina Ccoillo

ameliccoillo

07 Set 2020 | 3:18 h
Al frente. Ni bien se recuperó, ella volvió a sus labores.
Al frente. Ni bien se recuperó, ella volvió a sus labores.

Marcela Alvarado Morales es la médica que se aisló de su familia y superó el COVID-19 para seguir salvando vidas. Este es su testimonio.

Un día después de celebrar el cumpleaños número seis de su hija, Marcela Alvarado tomó sus maletas y dejó la ciudad de Huacho, al norte de Lima, con la esperanza de volver pronto. “No sabía cuándo estaría de regreso, pero tampoco imaginé que duraría tanto”, recuerda la médica de 36 años. Han pasado seis meses y aún no ha vuelto a sentir los abrazos de su pequeña ni de sus ancianos padres.

Marcela partió de su vivienda la mañana del 15 de marzo y por la noche el presidente Martín Vizcarra decretó el estado de emergencia que, en un principio, solo duraría dos semanas. El Covid-19 había llegado al Perú.

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“Como dijeron que no habría taxis ni movilidad, me fui a vivir con una colega cerca del hospital de Villa El Salvador. Fue por eso, pero sobre todo por el temor a contagiar a mi familia”, dice la médica que asegura nunca pensó en renunciar a ser parte del personal de la salud que atienden los casos de Covid-19. Ni siquiera cuando se convirtió en una paciente, tras infectarse con el virus contra el que luchaba.

“He tenido muchas ideas en mi cabeza, pero jamás la de abandonar mi trabajo. El miedo existe, pero, más allá de él, está el recuerdo de que hacen falta médicos y necesitan apoyo, además quiero darle un ejemplo de fortaleza a mi hija. La pasión es más grande que el miedo”, agrega.

Antes de la llegada del Covid-19 al país, Marcela laboraba como neuróloga durante tres días a la semana en el Hospital de Emergencias de Villa El Salvador, luego volvía a casa, reía con su hija, iba a clases de inglés y de su maestría, hacía ejercicios y volvía para reír y dormir con su hija.

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“Mi hijita siempre ha sido fuerte, lo entendió bien”, cuenta la neuróloga, cada que recuerda cómo le explicó que debía irse por un tiempo para salvar vidas.

Durante estos seis meses, las llamadas y las videollamadas diarias de su pequeña; así como la de sus padres, nunca han faltado. Y aunque, asegura, ese momento es como su medicina en esta pandemia, hubo unas semanas en que dudó en contestar por temor a que se enteraran de que el mortal virus había ingresado a su cuerpo.

“Mi familia nunca supo que tuve Covid-19”

En la quincena de junio iniciaron los síntomas. De alguna manera, sabía que estaba propensa a infectarse. Marcela es asmática y su compañera de cuarto, también su colega en el hospital, ya presentaba fiebre y tos durante los días previos.

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“Cuando supe que mi amiga tenía Covid-19, tuve bastante miedo, pero decidí acompañarla, atenderla, porque ella me tendió la mano y yo no la podía abandonar. Pero se puso tan mal que tuvo que ser hospitalizada y para ese momento yo ya había empezado con los síntomas. Lo mío fue un malestar general, muy intenso, pero no tuve disnea (dificultad para respirar); sin embargo, no podía continuar viviendo sola, entonces una tía que vive en el Rímac, una de las pocas personas a la que le conté que padecía del coronavirus, me acogió y brindó su apoyo. Yo estuve aislada en su casa para tampoco contagiarla”, recuerda.

Nunca les comentó a sus padres, porque tuvo miedo de alarmarlos. “Ellos siempre andan con el corazón en la mano. No podía contarles y tampoco lo he hecho aún. Mi hijita es pequeña para entenderlo. Con la enfermedad respondía sus llamadas, y como me veían en casa, creían que tenía días libres”, cuenta Marcela, quien dos semanas después de esta lucha, el resulta do de la prueba resultó negativo. Entonces, la médica regresó lo más pronto que pudo a su trabajo, donde salva vidas.

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“Necesitamos empatía”

Con el paso de los días, Marcela asegura que el miedo va pasando y empieza la empatía con los pacientes y familiares. “Siento su temor, pero también la esperanza”, dice la neuróloga.

Cuando regresó a trabajar al hospital, los casos de Covid-19 se habían disparado y la tasa de mortalidad era cada vez más alta, pero, según dice, ahora están disminuyendo. “Sin embargo, como hemos visto en otros países, puede haber nuevos brotes. Nos nos confiemos hasta que aparezca la vacuna”, recomienda.

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“Valorar a los que se ama”

Para ella, solo cuando se vive en carne propia que un familiar, amigo o uno mismo tiene el virus, uno toma conciencia. “Hace falta que vean cómo exponemos nuestras vidas. Debemos colaborar, no podemos esperar cambios si no nos ponemos en los zapatos del otro”.

Y mientras Marcela mantiene la esperanza de volver con su familia, piensa en que de toda esta experiencia solo se puede aprender. “A valorar nuestras familias, a valorar nuestras vidas. La actitud de muchos pacientes me da fuerzas, la llamada de mi hija, de mis padres. Extraño mi vida como mamá, pero estar lejos nos hace querernos más”.

Contexto

El Colegio Médico advirtió que Perú es el tercer país de América Latina con más casos de médicos fallecidos, con 166 héroes caídos. La cifra es superada por México (1.410) y Brasil (238)

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