Procrastinación

“Las causas que nos inducen a este comportamiento son múltiples. Desde el temor al fracaso hasta la búsqueda obsesiva de la perfección”

Jorge Bruce
15 Jul 2019 | 1:13 h

La palabreja de trabajosa pronunciación que titula esta nota, se ha tornado muy popular. Acaso esa inhóspita repetición de las erres representa algo del sentido del vocablo: diferir, aplazar. En castellano también existe el término “trasmañanar”, una elegante condensación en negativo del dicho: “Nunca dejes para mañana lo que puedes hacer hoy”. Pese a su recia construcción –o acaso debido a ésta– “procrastinar”, del latín procrastinare: pro, adelante, y crastinus, referente al futuro, se ha impuesto en el habla cotidiana.

También se le conoce como el “síndrome del estudiante”, refiriéndose a lo que casi todos –excepto mi compañero Juan de Vinatea, quien, para envidia de todos, presentó la tesis el día que terminamos las clases de psicología en la PUCP– hemos hecho cuando éramos estudiantes del colegio o la universidad: dejar los trabajos o la preparación de los exámenes para el último día.

Esta es una metáfora de la vida, por supuesto. Una suerte de prueba interminable que solo termina con el examen final. Ese que nadie aprueba.

Las causas que nos inducen a este comportamiento –dejar, por ejemplo, la redacción de esta nota para la última hora– son múltiples. Desde el temor al fracaso hasta la búsqueda obsesiva de la perfección. Desde las dificultades para tolerar la frustración hasta la incapacidad de postergar las gratificaciones. Las modernas adicciones son funcionales a esta evasión de las responsabilidades: las redes sociales, internet son las más usuales hoy en día.

Existe, sin embargo, una variante de procrastinación que difiere de lo anterior. La reforma política propuesta por la comisión Tuesta y presentada por el Ejecutivo al Legislativo es un caso clásico de esta otra modalidad de trasmañanar. La diferencia con la primera es que esta proviene de un cálculo y no de una resistencia inconsciente. Mientras que la primera es egodistónica –quienes la practican se sienten culpables de hacerlo–, esta es egosintónica: los congresistas que se hacen los locos con la reforma se sienten satisfechos, pues piensan que no les conviene modernizar nuestra institucionalidad. Y tienen razón.

A diferencia del síndrome del estudiante, el síndrome del congresista, en particular el fujiaprista, supone un goce al frenar el desarrollo del país. El plazo se cumple el 25 de julio. Veremos qué hace el profesor Vizcarra.