Carta desde Washington (DC)

Hola Mirko,
 
Recordabas ayer que no es la primera vez que Cipriani moviliza una portátil de firmantes en las páginas de El Comercio. Para algunos, fundamentalmente en la izquierda, esa lista de notables encarnaría el who is who del “poder fáctico” en el Perú. Asumen que su aparición anticipa el triunfo del mal sobre el bien. Más acertada, en cambio, me parece la posición de Augusto Álvarez quien señalaba que el pronunciamiento, antes que reencauchar a Cipriani, transparenta a un político en aprietos. Es decir, estaríamos ante un pronunciamiento débil y no frente al misil todopoderoso de la cofradía de los invencibles.
 
El plagiogate y sus secuelas translucen un tipo de fractura política absolutamente fundamental; es de tal magnitud que raras veces está a la vista. Como cuando Riva Agüero le aclaró a Luis Alberto Sánchez que no era conservador sino reaccionario, quienes han firmado el pronunciamiento han hecho lo propio: la igualdad ante la ley es asunto terrenal, el personal eclesiástico es materia divina. O sea, nos han conminado a que no seamos unos igualados. Pocas escisiones han sido más decisivas en la travesía de la política moderna.
 
Pero es importante subrayar la precariedad del pronunciamiento. Se trata de un pedazo de la página once de un día jueves; es decir, nunca apareció la billetera generosa que solventara una página completa y principal el fin de semana. Además, la lista revela, como otras veces, que cuando el tema de discusión no es el económico, la derecha peruana se divide en esta, conservadora, de impulsos oscurantistas y pechadora, y otra liberal, globalizada y abierta, pero tímida. Finalmente, con la excepción de dos o tres nombres, en esa lista deslumbra la abundancia de políticos desprestigiados, la ausencia de intelectuales con algún peso y, entre los empresarios, el predominio de patriarcas revejidos sobre las generaciones vigentes.
 
En realidad, esta reacción aparatosa pero débil del conservadurismo, debería alentar a que los sectores liberales –un poco más a la derecha o a la izquierda-, converjan en una agenda democrática y moderna. Sin timidez. Una primera y, creo yo, elemental manera de afianzar esta oportunidad es saludar a la dirección de El Comercio que al lidiar con los plagios de Cipriani ha sido implacable, honesta y valiente, donde lo habitual en el Perú habría sido hablar a media voz, trapichear a puerta cerrada y enyucar innoblemente a los lectores del diario. Más allá de todas las diferencias y reproches que tengamos con el decano, lo peor que podríamos hacer en este momento quienes deploramos la premodernidad política que representa ese pronunciamiento, es dejar de respaldar la posición adoptada por El Comercio y con esa indiferencia dar alas a la débil bravuconada eclesiástica.
 
Un abrazo,
 Alberto Vergara
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