Castañeda

“Es evidente que el cariño del pueblo no es buen fiscalizador. Más bien se le podría considerar, al menos en el Perú, como un narcótico moral”.

Mirko Lauer
16 Feb 2020 | 5:41 h

Hacia el final de su segundo mandato (¿1984?), conversando en Cerro Azul, Fernando Belaunde me dijo, muy de pasada, que el joven Luis Castañeda Lossio podría tener una buena carrera política. Como tan a menudo en esas cosas, FBT no se equivocó, aun cuando esa carrera acaba de terminar.

Aunque el verdadero protector de Castañeda fue su paisano Eduardo Orrego, que lo llevó a la Municipalidad de Lima, y se lo recomendó su sucesor. Así, Castañeda hizo la primera parte de su vida política al amparo de Acción Popular, hasta que decidió poner una exitosa tienda aparte.

El ascenso de Castañeda se debió a una combinación de eficiencia como administrador, simpatía personal, y un manejo de la modestia en su relación con el público. Atributos que quizás hoy cueste asociar a su persona, pero que le ganaron más de un decenio de altísima popularidad.

Su mejor momento fue en el 2002, cuando inesperadamente logró ganarle la alcaldía limeña a Alberto Andrade, que era sumamente popular, y cuya reelección parecía garantizada. El punto de quiebre en su ascenso político fue cuando quedó rezagado en las elecciones presidenciales del 2011.

Con los años Castañeda se fue volviendo displicente, descuidado, pagado de sí mismo. Aun así los vecinos de Lima lo apoyaron más allá de toda consideración, lo cual probablemente fue una invitación a cometer nuevos errores de conducta pública y de gestión.

En términos de sus problemas legales, Castañeda no ha sido una excepción. La máquina brasileña de comprar voluntades lo alcanzó igual que a tantos otros políticos de primera línea. La prosperidad del siglo XXI ha sido un despeñadero en las decisiones y los gastos.

La decisión de dejar su partido en manos de extraños operadores de extrema derecha (una posición que el exalcalde nunca tuvo en lo personal) ha sido la marca final de una decadencia que se había vuelto incontrolable y, lo peor para él, inocultable.

Todos los políticos hoy en desgracia han vivido periodos de intensa popularidad, el de Castañeda uno de los más largos. Es evidente que el cariño del pueblo no es buen fiscalizador. Más bien se le podría considerar, al menos en el Perú, como un narcótico moral.