El Sodalicio sigue vivo (y II)

“Los argumentos de la demanda contra Ugaz siguen siendo tan chuscos, esperpénticos y risibles”.

Pedro Salinas
22 Dic 2019 | 5:38 h

Un amigo excreyente me guasapeó, luego de escuchar al arzobispo de Lima, Carlos Castillo, en RPP, entrevistado por Fernando Carvallo: “Cuando escucho a Castillo, siento nostalgia de fe”. Y es que dicha conversación tuvo una parte que giró en torno al Caso Sodalicio, el cual enfocó desde una perspectiva, digamos, pastoral. Habló de conversión, de servicio, de dar testimonio, de no tapar la verdad, y de no valerse de trucos ni del poder económico o influencias, y en ese plan.

Más todavía. Adelantándose al reciente decreto que suprime “el secreto pontificio”, predicó la necesidad de esclarecerlo todo. “No vamos a esconder nada”, sentenció. Y repudió no solo los abusos sexuales al interior de dicha organización, que, ya saben, fue el crimen que más captó la atención de los medios y de la opinión pública, sino de otros que incluso le parecieron tan graves como los anteriores, y que “tienen que ver con el dominio de personas”.

“Están demorando demasiado”, dijo en alusión a algo que todavía no ha hecho el Sodalicio: pedirle perdón personalmente a cada una de las víctimas. Por los daños psicológicos causados. Y repararlas.

Recuérdese que esta institución, que cree que ya pasó piola gracias al comisario colombiano Noel Londoño (quien le perdonó la vida), es una de las treinta y cinco entidades intervenidas por el Vaticano. Y contrariamente a lo que se espera, pareciera mantener una actitud inmutable, arrogante y contumaz.

De paso, Castillo se refirió al hostigamiento judicial contra Paola Ugaz, una de las autoras del develamiento del perverso sistema sodálite, el cual se aprovechaba de la situación de fragilidad de incautos adolescentes desde relaciones asimétricas con el propósito de anularles el pensamiento crítico. Sistema que, todo hay que decirlo, se desarrolló gracias al silencio cómplice de una cúpula indolente, que, hasta la fecha, no ha sido tocada ni sancionada. Ni por la justicia ordinaria ni por la vaticana.

Los argumentos de la demanda contra Ugaz siguen siendo tan chuscos, esperpénticos y risibles como los que inició el arzobispo sodálite José Antonio Eguren en Piura. Tanto, que las alertas de los organismos que defienden la libertad de prensa se activaron en un tris. En consecuencia, cae bien la justificada indignación de un pastor de la propia iglesia católica.