La crisis ecuatoriana

No echar leña al fuego y garantizar el diálogo.

Editorial Editorial
12 Oct 2019 | 0:29 h

La crisis ecuatoriana dura ya diez días y ha escalado con su cuota de violencia y caos. El presidente Lenín Moreno ha decretado el toque de queda y la militarización de Quito ante un nuevo estallido extremo que ha terminado con el incendio de la sede de la Contraloría y el ataque a las instalaciones del diario El Comercio.

El saldo de las protestas y de la represión es de por lo menos cinco muertos y decenas de heridos y detenidos. Varios organismos de DDHH, incluido el Alto Comisionado de la ONU, han criticado el excesivo uso de la fuerza por parte del Estado.

El mapa de actores de este proceso es complejo. Es cierto que las medidas económicas que adoptó el 3 de octubre el gobierno de Moreno son impopulares y devienen del recetario del Fondo Monetario Internacional (FMI). No es menos cierto, no obstante, que el astronómico déficit de la economía y su cuantiosa deuda sean una herencia de la década que gobernó Rafael Correa. Los ajustes de Moreno, que fue parte de la primera etapa de Correa, son el desandar de un modelo insostenible en el que no se ha calculado el perjuicio para los sectores populares.

La acusación de que Correa está detrás del conflicto es también compleja. Es cierto que los indígenas de la Confederación de Nacionalidades Indígenas de Ecuador (Conaie) rompieron con el correísmo el año 2015 y que echan en un mismo saco a los gobiernos ecuatorianos de las últimas décadas. Sin embargo, fue Correa el primero en torpedear el diálogo pidiendo el desalojo del poder de Moreno y reclamando elecciones adelantadas en las que se ha ofrecido como candidato.

Ecuador precisa de un diálogo franco entre los principales actores de la crisis, que son el Gobierno, el Parlamento, los gobiernos subnacionales, la CONAIE (que han aceptado esa posibilidad), los gremios sindicales y de transportistas y la patronal empresarial. Varios organismos internacionales, entre ellos la OEA y la ONU, están dispuestos a respaldar el diálogo que logre al mismo tiempo flexibilizar algunas medidas muy gravosas y recuperar la tranquilidad y la convivencia.

Es impostergable, al mismo tiempo, que Ecuador se dote de un modelo económico alejado de las experiencias recientes. Es increíble que un tercio de los ingresos petroleros recibidos durante casi medio siglo hayan servido para subvencionar el consumo de combustible y favorecer el contrabando y que, al final de cuentas, el hermano país tenga en los últimos cuatro años bajas tasas de crecimiento del PBI por razones precisamente macroeconómicas.