K.O Congreso

Marco Sifuentes
4 M08 2019 | 00:47h

Martín Vizcarra estuvo en primera —primerísima— fila durante la caída de PPK. Cualquiera que haya sido testigo tan privilegiado de ese descalabro haría lo imposible por evitar convertirse en PPK II. Y hasta hace una semana, ese parecía ser su inevitable destino. Fuerza Popular apuntaba, y lo sigue haciendo, hacia la vacancia. No es un bluff sin sustento.

El fujimorismo ha empezado a recomponerse. No solo ha conseguido atraer gente que finalmente ha sincerado sus preferencias —como el peluquero Olaechea—, sino que también ha seducido a los abandonados Avengers, que llevan ya meses a la deriva, sin rumbo ni liderazgo, desde que Kenji abandonara hasta el amago de volver a la política.

¿Cuál podría haber sido el incentivo para calmar los ánimos de la oposición o, por lo menos, desinflarla? Por un lado, tenemos un Ejecutivo que nunca supo construir su propia bancada ni seducir aliados. Por otro, la medida más popular de la reforma política resultó —previsiblemente— la más contraproducente: sin posibilidades de reelección, la oposición no tiene ningún estímulo para “portarse bien”. Por eso los congresistas se dan el lujo de menospreciar públicamente la voluntad popular, de ningunear el sentimiento mayoritario, de llamar “muchedumbre ignorante” a quienes celebran el recorte de su mandato. Sin reelección a la vista, les da lo mismo lo que la gente piense de ellos. Su objetivo ya no es el 2021, ni siquiera el 2020. Salvo la quincena, todo es ilusión.

Sin aliados; con una oposición fortalecida, alpinchista y boicoteadora (ver el Frankenstein de reforma política), y el país paralizado… ¿Qué otra opción tenía Vizcarra? Era esto o su vacancia. El camino de la cuestión de confianza estaba desgastado. El “Nos vamos todos”, en cambio, tiene una ventaja que los congresistas, en su suicida crispación, no han notado: es una oportunidad de estar a la altura del reto histórico, de tomar la posta, de capitalizar ellos también —y no solo Vizcarra— el final de una situación que no da para más. Podrían haber aprendido la lección del Congreso del 2000, un parlamento repleto de tránsfugas y montesinistas que, sin embargo, nunca fue un obstáculo para la transición, sino todo lo contrario, y cuya evaluación histórica es largamente positiva.

El adelanto de elecciones es la salida más racional y ordenada. Los congresistas —segunda vicepresidenta incluida— tienen derecho al pataleo, por supuesto, pero cuando se les pase el ataque de histeria, tendrán que enfrentar la realidad.