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Octógonos rosados

“A veces lo que la sociedad necesita es solo una gran mancha negra (o tres) que te diga que te estás metiendo veneno...”

La Republica
MARCO SIFUENTES
Marco Sifuentes

¿Cuándo fue la última vez que cambiaron de opinión? Sobre lo que sea. Por ejemplo, Úrsula Letona. Después de escucharla decir que no vio las noticias porque “estaba chupando” para luego chocar los puños, bien barrio, con su colega Aramayo, debo decir que me cae mucho mejor, por lo menos, que su personaje habitual ante cámaras, ese con actitud de señora indignada y los pelos bien estirados hacia atrás en un vano intento por darle seriedad a los encargos mercenarios que recibía desde la Mototaxi.

Algo similar me sucedió con los benditos mandiles rosados. Mi primera impresión fue que se trataba de una campaña funesta. ¿Usar un mandil rosado como símbolo de “lo femenino” no reforzaba acaso el estereotipo machista? ¿Qué pretenden?

Después de escuchar las bromitas adolescentes de señores de 60 años cuya masculinidad tambalea ante la más mínima interpelación, lo entendí. El mensaje no es “yo puedo usar algo femenino”, como muchos creímos. No. La idea es, más bien, “esto se asume femenino pero no tiene por qué serlo”.

Es artificial atribuir correspondencias de género basadas en un color (rosa) o en una función (cocina). Por eso mismo un general puede ponerse el mandil sin perder su identidad. Este razonamiento ya existe en nuestra sociedad: intenten hacer los mismos chistecitos sobre el rosado con los amigos de Callao Terror.

Los octógonos nutricionales son otra cosa que he reevaluado estos días. Era muy escéptico. Prefería los semáforos, quizás por deformación profesional: mientras más información, mejor para mí. Me gusta creer que soy capaz de tomar mejores decisiones si tengo más data a la mano. Los octógonos, en cambio, solo advierten con crudeza.

Pero las reacciones me hicieron comprender este sistema. ¡Había gente sorprendida al ver que los jugos de fruta tenían azúcar! Hito histórico: los peruanos descubrían la fructosa. Decenas de casos similares inundaron las redes: gente cuestionando sus hábitos alimenticios al ver tres tremendos octógonos negrazos zampados en lo que consumían todos los días, más contentos que el gatito de Letona.

Ya deberíamos haberlo aprendido viendo el estado del Internet: más información no conduce necesariamente a mejores decisiones. Reality check: no estamos capacitados para procesar toda la información disponible en la actualidad. A veces lo que la sociedad necesita es solo una gran mancha negra (o tres) que te diga que te estás metiendo veneno, de la misma forma que ponerte un mandil rosado hará saltar a los que ya están envenenados.