Corrupción y supervivencia

Jorge Bruce
06 May 2019 | 1:01 h

Lo peor que podría sucedernos es resignarnos y darles campo libre a los depredadores que viven de esa pasividad.

Alguna vez leí una entrevista en Perú21, en donde un médico peruano radicado en los EEUU –lo que supuestamente le confería cierta autoridad para opinar– afirmaba que la corrupción era “una exacerbación del instinto de supervivencia”. He olvidado el nombre del galeno pero no su ingenioso eufemismo. Ingenioso porque, acaso de manera inconsciente, lo que estaba haciendo era naturalizar un rasgo eminentemente cultural de la sociedad peruana. De paso, escribía una suerte de receta para adaptarse a la vida cotidiana. Como diciendo: “así es la vida (en el Perú).”

Hete aquí que un inesperado equipo de valientes fiscales, jueces y periodistas está poniendo en jaque la deprimente constatación del doctor. Este trabajo arriesgado y persistente está produciendo prófugos, detenidos, un deshonroso suicidio y quién sabe qué mas respuestas a la demostración de que el virus de la corrupción no es incurable. Más aún, que no es preciso resignarse a su insidiosa corrosión vincular.

La mayoría que muestran las encuestas así lo entiende. No piensan que el suicidio de Alan García haya sido producto del acoso judicial; más bien saben que las pruebas ad portas aniquilarían cualquier duda acerca de su pillaje descarado de nuestros impuestos (“¡imbéciles!”).

Lo que no sabemos es si las considerables fuerzas, representadas por el fujiaprismo, lograrán recomponerse y traerse abajo este esfuerzo anticorrupción. Es un viejo dilema: los corruptos obtienen ganancias materiales considerables, quienes los combaten lo hacen apoyados sobre sus principios y ética. Si el MEF no les proporciona el indispensable presupuesto, estaría, sin proponérselo, tomando partido. Ahí tenemos los destinos de los artífices de la captura de Abimael Guzmán. El Perú, como Saturno, devora a sus hijos.

Por eso la calle tiene un rol esencial en esta etapa. Si bajamos los brazos, las fuerzas corruptas tienen todos los alicientes para continuar “exacerbando su instinto de supervivencia” (es al revés: lo que se exacerba es la pulsión de muerte, social en este caso). Parafraseando a Antonio Cisneros: “Es difícil combatir la corrupción, grande y pequeña, pero se aprende”. Lo peor que podría sucedernos es resignarnos y darles campo libre a los depredadores que viven de esa pasividad. Eso es lo que están aguardando en sus guaridas.