Martirologio y suicidio

Sinesio López
2 05 2019 | 00:40h

“Su ego colosal lo llevó al suicidio. No aceptó el juicio de los hombres sino el suyo propio”.

El contraste entre el martirologio del Apra auroral por sus ideales y el suicidio de García, acusado de corrupción, está cargado de simbolismo. Las primeras generaciones del Apra apelaban con orgullo al martirologio para recordar las persecuciones, los encarcelamientos, los asesinatos de sus líderes en defensa de sus ideales. Eran las épocas heroicas de lucha contra las dictaduras oligárquicas. El Apra cultivaba entonces una ideología cerrada, apasionadamente vivida.

La alianza con la oligarquía en 1956 transformó al Apra y cambió el escenario político. La volvió pragmática y acomodaticia. Renunció a las reformas en nombre de la democracia. Abrió las puertas a nuevas fuerzas reformistas (DC, AP, SP), favoreció el tránsito de las FFAA del campo oligárquico al de las reformas y permitió una mayor influencia de la izquierda en los movimientos sociales. Es la época de la convivencia (alianza entre el Apra y la oligarquía) y de la súper convivencia (alianza de todas las fuerzas reformistas con la oligarquía). 

La incapacidad de las fuerzas reformistas para realizar los cambios postulados desde los 30 en adelante llevó a las FFAA a asumirlos con radicalidad. Las profundas reformas del velasquismo, especialmente la reforma agraria, redefinió otra vez el escenario político: el Apra se limitó a reivindicarlas en democracia, AP y el PPC asumieron un liberalismo conservador y la izquierda se dividió (algunos apoyaron las reformas y otras se opusieron). 

En 1982 una nueva generación de jóvenes audaces, encabezados por AG, asumió la dirección del Apra y la llevó al gobierno con sueños populistas que acabaron en la pesadilla de una hiperinflación galopante y de una escandalosa corrupción. Pese al desastre del primer gobierno, el temor de los ricos y de las clases medias acomodadas a Humala lo colocó otra vez en el gobierno. El boom exportador le permitió manejar el gobierno en piloto automático sin mayores contratiempos, pero con una enorme corrupción. Es la época de oro de los decretos de urgencia y de las adendas para sobrevalorar la obra pública.

AG aprendió, no a ser honrado, sino a ocultar su propia corrupción hasta que, gracias a las confesiones de Barata y de testigos protegidos, ya no tuvo escapatoria. Su ego colosal lo llevó al suicidio. No aceptó el juicio de los hombres sino el suyo propio. Entre la cárcel y la muerte, optó por esta con mano propia, que es la negación del martirologio aprista de la primera hora.