Grandes ideas

Una campaña electoral con gran publicidad, y sin compromisos serios.

Una campaña electoral con gran publicidad, y sin compromisos serios.

En otras circunstancias, seria entendible que una crisis de envergadura, como la que se origina en los audios de los Cuellos Blancos del Puerto, concentrara el interés público en desmedro de unas elecciones regionales y municipales que renovarán más de 10 mil autoridades en todo el país. De hecho, es innegable que las informaciones políticas, que han colonizado las áreas judiciales y policiales y viceversa, tienden un velo sobre el proceso electoral en curso.

Al mismo tiempo, este velo es relativo; una parte importante de las revelaciones que traen los audios se refieren a las relaciones entre la cúpula judicial del Callao y las autoridades de ese puerto, en tanto que otras escuchas comprometen a por lo menos un miembro del Jurado Nacional de Elecciones (JNE). Otras interioridades del grupo delictivo los Cuellos Blancos se refiere a la inscripción irregular de un partido favorecido por esta red criminal, sin que el JNE y la ONPE decidan qué hacer con él.

La relación entre la política nacional y regional se debe, asimismo, a la debilidad de los partidos nacionales, la mayoría de los cuales ha concesionado sus siglas presentando a las elecciones a quienes no son militantes caracterizados, a quienes no se sienten en la obligación de respaldar, de modo que la campaña electoral corre a cargo de pequeños aparatos de movilización, sin el protagonismo de los militantes.

Otra razón que explica esta apatía es la ausencia de grandes ideas que animen a los electores y que establezcan una diferencia entre los candidatos. Es un consenso que en las grandes y medianas ciudades peruanas, los grandes problemas son la seguridad y el transporte, los mismos que sin embargo no motivan propuestas innovadoras, un escenario donde la falta de promesas movilizadoras se compensa –obviamente mal- con pequeñas y manidas propuestas que igualan a los candidatos. Tampoco se advierte un compromiso social de los candidatos, que han silenciado sus campañas, especialmente el ámbito regional, sobre la pobreza, la anemia, la desnutrición crónica o la generación de empleo.

En una apreciación objetiva, quien se ha quedado sin ideas es el descentralismo, de retorno del mito de las obras de infraestructura, y huérfano de un visión regional y local que solo se puede cubrir con costosas campañas sin control sobre el origen de los fondos, un carnaval de dinero que deja en el ridículo la supuesta reforma electoral de la que se preciaba el fujimorismo y su vocera Úrsula Letona, a la sazón presidenta de la comisión de Constitución cuando se aprobaron estas normas.

La última explicación de esta apatía son las gestiones que terminan. El período que acaba no ha sido el más feliz en las regiones y municipios, azotadas por la ineficiencia y la corrupción. Lejos de proponer un giro para el inicio de una nueva etapa, los grandes grupos políticos han insistido en un formato electoral que recicle la medianía, un cuadro que podría mejorar en lo que queda de la campaña si los electores presionan por más definiciones y si los candidatos rompen el círculo vicioso de la repetición de consignas manidas.

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