Solo condolencias

Cuántos muertos más se necesitan para encarar la crisis de la seguridad vial peruana.

22 Feb 2018 | 6:05 h

Las grandes preguntas ya no se localizan en un caso sino en la grave crisis de seguridad vial que está matando a los peruanos. Cuántos muertos, contados ahora por docenas, se necesitan para detener el desenfreno de la muerte en las carreteras del Perú. Cuántos hogares más deberán destruirse para que un ministro se haga cargo del drama, más allá de las palabras o de las reacciones facilistas, o que deje el cargo a otro que implemente exitosamente una reforma. Cuántas tragedias más deben ocurrir para que los políticos dejen de tuitear condolencias cada quincena y respalden cambios profundos que incluyan los procesos de concesión –sin hacer caso a los lobbies– y se pongan la camiseta de los pasajeros/ciudadanos amenazados por la ineficiencia y el caos.

Hace unas horas, un ómnibus de la empresa Rey Latino cayó a un abismo de 200 metros cerca del puente Ocoña, en Camaná (Arequipa). Hasta el cierre de esta edición se contabilizaban 44 muertos y más de 20 heridos. El vehículo debería llevar 45 pasajeros con destino a Arequipa, pero al parecer eran más de 60, lo que ya implica una grave infracción y una evidencia de la falta de supervisión de campo. Además, el permiso para que el vehículo circule en la ruta Chala-Arequipa se encontraba vencido desde el año 2016.

Estos son solo dos hechos de la cadena de irregularidades que hacen a la empresa, al conductor y al Estado responsables. En lo que corresponde a las autoridades, las competencias del gobierno central, regional y la Sutran se encadenan y diluyen en un vericueto de funciones mal diseñadas e ejercidas donde, como sucedió con el accidente a inicios de año en Pasamayo, al norte de Lima, o la volcadura de un bus turístico que bajaba del cerro San Cristóbal en Lima, el resultado es que nadie siente que ha faltado a sus deberes.

La lista de lo que no se hizo en este caso es larga, desde la falta de barreras de seguridad, el control de la carretera, el oportuno mantenimiento de la vía, la fiscalización a la empresa en sede, entre otras. Las omisiones son las mismas, lo que varía es la lista de víctimas, en ascenso.

En el Perú se registran 90 mil accidentes de tránsito por año en promedio, con más de 3 mil muertos anuales y más de 50 mil heridos, un porcentaje importante de los cuales adquiere una discapacidad temporal o permanente. Esto nos lleva a surrealistas comparaciones, la mortalidad del tránsito con el delito criminal. Mientras la tasa de homicidios es de 7,7 por cada 100 mil habitantes, la tasa de muerte en las pistas es de 9,5 por cada 100 mil habitantes.

Los oportunistas mensajes de condolencia, literalmente manchados de sangre, olvido y negligencia, deben ceder el paso a la voluntad de reforma. Esta parte de la agenda pública, junto al delito, la corrupción de la vida cotidiana y la desprotección de los consumidores, alejan a los peruanos de la agenda que privilegian sus instituciones y líderes. Son dos mundos separados también por el dolor. En este caso, los muertos y heridos los ponen los más humildes.

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