Palabras menos

Evitar la victimización de Maduro.

20 Feb 2018 | 6:05 h

Venezuela ha informado oficialmente al Perú que Nicolás Maduro asistirá a la VIII Cumbre de las Américas, que se realizará en Lima los días 13 y 14 de abril y, en tal sentido, asume que no tiene efecto jurídico el retiro de la invitación pocos días después de haberse cursado la misma.

A esta posición se agregan las recientes expresiones de tres países: Uruguay, Bolivia y Cuba, naciones invitadas a la Cumbre que han cuestionado la exclusión de Venezuela y criticado el proceder del Perú y del Grupo de Lima.

Estas reacciones se registran cuando la diplomacia peruana, contraria a su tradición histórica, endurece su actitud en este asunto, al extremo de sostener que tiene a la mano los mecanismos para impedir –se entiende físicamente– la presencia de Maduro en Lima y en la Cumbre.

En ese contexto, las declaraciones de la canciller en las últimas horas reafirman la falta de argumentos ubicados en el Derecho Internacional que justifiquen la exclusión de Venezuela y su deficiente interpretación de la declaración del Grupo de Lima, insistiendo que, palabras más o menos, “respaldar” el retiro de la invitación es sinónimo de “respetar”.

En cambio, aumentan las opiniones que sostienen que es importante que Maduro venga a Lima para que se haga patente el rechazo a su gobierno y que quede claramente establecida la posición peruana en favor de la democracia en Venezuela, sin espacios para la victimización de su gobierno.

Ha llegado el momento de que Torre Tagle analice la conveniencia de desandar la ruta seguida hasta ahora, precisamente en provecho de la transición de Venezuela a la democracia. Este objetivo pasa por proteger el Grupo de Lima, el mecanismo más realista y eficaz que ha podido generar el hemisferio para ayudar a Venezuela luego de casi una década de bloqueo en la OEA y la falta de éxito de otros esfuerzos unilaterales.

El Perú había sido un líder nato de este esfuerzo, jugó un papel destacado en su creación en agosto del año pasado, precisamente en Lima, y fue un factor decisivo de las medidas adoptadas y de su gestión, en especial las que conciernen a la Unión Europea y a las Naciones Unidas, llevando el caso de Venezuela a la Asamblea General de la ONU en setiembre pasado. Nunca antes, en este caso, un grupo de países había decidido realizar el seguimiento de la situación en Venezuela a nivel de cancilleres hasta el pleno restablecimiento de la democracia en ese país, y apoyar todo esfuerzo de negociación creíble y de buena fe orientado a alcanzar pacíficamente el restablecimiento de la democracia en ese país.

También está en riesgo el prestigio de la política exterior de un país que precisa de acuerdos y amistades en el contexto de un proceso integrador intenso, incluso más allá del éxito o fracaso de la Cumbre. Para el efecto, deben cesar las explicaciones absurdas y el uso de este delicado asunto en la política interna. Debería ser recordado el gesto de dignidad de nuestra política exterior en 1960, cargo del entonces canciller Raúl Porras Barrenechea, y concluir que la mejor decisión es el retorno de un ejercicio profesional de nuestras relaciones internacionales.

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