Una transición agotada

José Aricó en su artículo “1917 y América Latina” afirma que en nuestra región “La regla es el encabalgamiento de los problemas y no su consumación”. Es decir, lo usual es una suerte de superposición de problemas que no encuentran solución ni en el corto ni en largo plazo. Por eso se dice que los procesos de democratización (también podemos incluir las transiciones a la democracia) se presentan bajo una forma de oleadas que ni bien la ola democrática toca la orilla una contra ola la devuelve al mar. Por eso, vivimos un “déja vu” permanente. Atrapados en una burbuja del pasado que se repite y se repite en la cual el futuro es siempre incierto. La política que tiene como una de sus funciones construir certidumbres mínimas se convierte en su contrario: en una fuente inagotable de incertidumbre y donde lo oculto, para la gran mayoría, define el quehacer de los políticos y de la política.

Sin embargo, este problema no solo demuestra las dificultades de las sociedades por encontrar nuevos caminos para su autotransformación sino y sobre todo el carácter escasamente reformista y más bien conservador y reaccionario de nuestras elites que rechazan cualquier intento de cambio con el claro objetivo de defender sus privilegios.

Un buen ejemplo de ello es el reciente indulto y derecho de gracia (es decir impunidad para futuros juicios) a Alberto Fujimori, otorgado entre gallos y medianoche por el Presidente, que marca un antes y un después y que nos demuestra, una vez más, que la democracia y la política son un juego permanente de fuerzas e intereses, por lo general contrarios y hasta antagónicos.

En un reciente artículo de Oscar Ugarteche (“El Perú en su espejo: la crisis de la presidencia del Perú 2017”), él vuelve sobre un tema ya conocido y planteado por Francisco Durand: la República Empresarial que fundó Alberto Fujimori con el golpe del cinco de abril y que se expresó en las políticas neoliberales del Consenso de Washington y del Banco Mundial; y que PPK, junto con otros, como Camet o Boloña, fue uno de los que ayudó a construir y mantener. Por algo, como dice Ugarteche, PPK fundó su empresa en 1992 (Westfield Capital) para aprovechar las “oportunidades” que permitieron las privatizaciones, la desregulación y apertura de la economía al comercio internacional y a los capitales extranjeros.

Lo que hemos tenido después de la caída de Fujimori, pese a los esfuerzos del gobierno de Transición de Paniagua por cambiar ese rumbo, ha sido la continuidad y profundización de esa República Empresarial cuyos símbolos son hoy el gobierno de PPK y el indulto a Fujimori.

Si la democracia está en crisis es porque subsiste la República Empresarial, porque es eso lo que hemos tenido en estos últimos años. Una conjugación de democracia de baja intensidad con negocios privados tal como demuestra la corrupción actual y pasada, y en la cual están comprometidos gobernantes, ministros, funcionarios, empresarios, lobistas y políticos. Es decir, una manera de hacer “negocios” en la cual la diferencia entre el interés privado y el público prácticamente, desaparece como hoy sucede.

Ello lo ratifica un discurso presidencial que busca no solo justificar el indulto de Alberto Fujimori, sino que también nos dice que hay que olvidar el pasado y que, si bien Alberto Fujimori cometió “excesos” y “errores graves”, fundó un nuevo orden económico que “permitió el progreso del país”. Hoy, por lo tanto, ha empezado el cogobierno entre PPK con una parte o la totalidad del fujimorismo. La transición se agotó. Los que se debieron ir, hoy se quedan. Hoy se abre otro ciclo.

Luchar por la democracia, además de defender sus instituciones y sus reglas, es también poner en evidencia este “nuevo” pacto de las élites y este “nuevo” poder que hoy tenemos al frente y que seguramente buscará blindar, por un largo periodo, a los corruptos y continuar con la misma política económica.

Por eso si queremos poner fin, como dice Aricó, a la regla de superponer problemas y no resolverlos, debemos plantearnos cómo salir de la República Empresarial. Creer que se puede defender la democracia salvando la República Empresarial, que Fujimori fundó, que Toledo, García y Humala continuaron, y que hoy PPK administra, es un error. Por eso creo que todos los corruptos deben irse, empezando con la renuncia del presidente Kuczynski.

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