Lic. en Comunicación y Mag. en Estudios Culturales. Cobertura periodística: golpe contra Hugo Chávez (2002), acuerdo de paz con las...
La ola de sismos que parece haberse juntado en un haz para golpear a Venezuela, Colombia y Perú ha hecho saltar alarmas que, en verdad, siempre están allí, pero no suelen ser atendidas. No son movimientos absolutamente inusuales, sino en gran medida esperables y hasta prevenibles. Como es esperable que El Niño ya comience a mostrar sus primeros pataleos climáticos.
Aun así, insistimos en rotular a todos estos eventos como “desastres naturales”. Consciente o inconscientemente, le atribuimos a la naturaleza la capacidad de atacarnos, de ser mala con nosotros. Decimos que está furiosa, cuando en realidad sólo está produciendo fenómenos, que pueden ser recurrentes, a veces repentinos, pero no gatillados por una intrínseca maldad.
Hace unos años, en una reunión en la sede de la Comunidad Andina en Lima, planteé la cuestión y más de un especialista me dio la razón: en rigor, los desastres no son ‘naturales’, son sociales. Cuando se los ‘naturaliza’, luego se puede pensar que se trata de un castigo de Dios, de una prueba, como ha deslizado el despistado nuevo presidente colombiano, Abelardo de la Espriella.
El 12 de enero del 2010, un terremoto de 7 grados sacudió Haití y produjo 200 mil muertos. Sismos similares o incluso más fuertes se produjeron en Chile y Japón, también en el siglo XXI, y no produjeron esa escalofriante cifra de muertos. La diferencia estuvo, y está, en algo fundamental: son países menos vulnerables, con una mucho mejor gestión del riesgo.
Con simulacros, con construcciones antisísmicas, como intentamos tener acá. Haití ya era un desastre social cuando cayó el sismo. Por eso lo destrozó. Lo mismo pasa con otras sociedades, o con países que tienen partes más vulnerables que otras. La evidencia dolorosa de eso la hemos visto recientemente en Chupaca, Junín, que queda tan lejos de la tranquilidad de algunos.
A lo anterior se suma que las ciencias sociales no han puesto mucho el foco en los efectos de los desastres. Como si fuera más un asunto de meteorólogos o geólogos. A pesar de que los sismos también sacuden las estructuras políticas, como ocurrió en México luego del terremoto de 1985. Y como puede ocurrir aquí si se sigue pensando que no importa si el agua a uno le llega a las rodillas…

Lic. en Comunicación y Mag. en Estudios Culturales. Cobertura periodística: golpe contra Hugo Chávez (2002), acuerdo de paz con las FARC (2015), funeral de Fidel Castro (2016), investidura de D. Trump (2017), entrevista al expresidente José Mujica. Prof. de Relaciones Internac. en la U. Antonio Ruiz de Montoya y Fundación Academia Diplomática. Profesor de Relaciones Internacionales en la Pontificia Universidad Católica del Perú y Fundación Academia Diplomática.