Mensajera, por Mirko Lauer
“Por lo pronto pidió perdón por las muertes en las protestas. Ofreció que no habrá impunidad en ese tema. Ofreció cumplir las recomendaciones de la CIDH, que antes había rechazado. Todo fue descalificado”.

Fue un discurso insular, en el sentido de estar rodeado de discrepancias por todas partes. En el exterior del local legislativo se desplazaban columnas de activistas indiferentes al mensaje presidencial. En el hemiciclo, Dina Boluarte sufrió la agresión adicional de carteles agitados por congresistas de Perú Libre. En varias otras regiones marchaban opositores.
Sin embargo, el primer mensaje a la nación de Boluarte trajo algunas palabras de acercamiento a sus críticos más duros. Por lo pronto pidió perdón por las muertes en las protestas. Ofreció que no habrá impunidad en ese tema. Ofreció cumplir las recomendaciones de la CIDH, que antes había rechazado. Todo fue descalificado.
Dijo más. Propuso firmar un pacto con otras fuerzas políticas, si hemos entendido bien. Propuso relanzar el Acuerdo Nacional. Todo esto podría sugerir que hubo en el discurso una mano tendida. Pero todas esas partes conciliadoras fueron dichas muy al paso. La ciudadanía quiere saber algo más sobre el particular.
Salvo el anuncio de un retiro de la presidencia anterior al 2026, nada hubiera podido decir ella capaz de conmover a sus críticos, a quienes ya se puede ir llamando sus enemigos. A estas alturas el grito fuera Dina no se ha calmado en la izquierda, sino que además se ha vuelto el vehemente reemplazo de numerosas otras consignas que flotaban en el aire.
Está bastante claro que los enemigos de Boluarte en la izquierda no se le van a acercar. Menos ahora que ella ha planteado que fue entre ellos que comenzó el juego de la violencia desatada, y la sugerencia de que las sanciones que reclaman también los pueden alcanzar a ellos. No es precisamente un tema conciliador.
Luego está el asunto de las gigantescas pérdidas económicas del país por el tenor de las protestas mismas. Todas son señales de que Boluarte está dispuesta a investigar, sancionar, pedir perdón o allanarse a la CIDH, pero de ninguna manera tirar la esponja frente a sus detractores. Sombras de una nueva marcha hacia Lima.
El resto del largo mensaje fue todo lo convencional que estos pueden ser. Enumeración de logros cuando en verdad no hay muchos, ni son de gran calado. Manejo asolapado de la cuerda floja económica por la que estamos transitando. Ofertas clásicas, como más dinero para ollas comunes, cuando estas ni siquiera deberían existir.
















