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El bicentenario termina en 1824, por Diego García-Sayán

“Es a esos jóvenes a los que les correspondería tomar el protagonismo. Y que sin esperar imposibles ‘reformas políticas’ previas que este Congreso venal no llevará a cabo, lanzarse a la acción”.

Dos preguntas luego de un año del bicentenario de la declaración de la independencia. Primero, ¿está culminado lo que llamamos “el bicentenario”? Segundo, ¿qué fue de la llamada “generación del bicentenario”, que tanto dio que hablar con las movilizaciones de noviembre del 2020 y terminaron con el irregular gobierno de Manuel Merino, recientemente condecorado por una inefable presidencia congresal?

En cuanto a lo primero, los datos de la historia son claros: la declaratoria del 28 de julio de 1821 fue un hito fundamental en la independencia nacional. Pero fue en la batalla en la Pampa de la Quinua el 9 de diciembre de 1824 el hecho decisivo para el fin del colonialismo español, no solo en Perú sino en el resto de América del Sur. De manera que, optimistamente, queda tiempo para “cerrar” bien el bicentenario y hacerlo mejor de cómo termina este año de celebración patriótica.

Un año que empezó en julio del 2021 con la grita de “fraude”, sin fundamento ni pruebas, y pedidos de vacancia, desde antes que se instalara el gobierno de Castillo. Como que la cosa empezaba muy mal. Lo que siguió es conocido: inmediatismo, colapso de lo público, la mediocridad y lo que Vergara ha llamado el “rentismo respecto del Estado”, gangrena transversal en el Ejecutivo y el Legislativo. Y, hay que decirlo: atraviesa a la sociedad en su conjunto, que no es capaz, por ello, de reaccionar aún.

Es clara la conclusión: este primer “año del bicentenario” no tiene nada de celebración, sí mucho de tragedia que muestra dramas nacionales profundos, hoy a flor de piel.

¿Y la generación del bicentenario? La potencia de esa multitud, en gran medida juvenil, que se movilizó en todo el Perú en defensa de la democracia contra la fantochada de imponer como presidente del país al efímero Manuel Merino, fue decisiva. Creo fue la socióloga Noelia Chávez quien creo el término potente –y optimista– de “generación del bicentenario”. Potente por la obvia relevancia que tuvieron esas movilizaciones y, a la vez, interesante para darle sentido sustantivo a la conmemoración del bicentenario.

Pero un tanto optimista. Pues la identidad de quienes protestaban en esos días parecería haberse agotado en el desalojo del ocupante precario de palacio. La protesta no surgió después contra el control del poder Ejecutivo y el del Legislativo por intereses venales de universidades “bamba”, el transporte informal relanzado, la regresión en el reconocimiento de los derechos de la mujer o el enfoque de género. Y la corrupción: en contratos de obra pública en contratos personales irregulares en el Ejecutivo y en el Legislativo.

Pero si la foto del momento no es para nada alentadora, el hecho es que hay consideraciones para encontrar yacimientos de optimismo. Si el país ha salido de hoyadas más profundas que estas (terrorismo senderista, primer gobierno de Alan García o la corrupción del fujimorismo), podemos mirar hacia adelante con algo de optimismo y convicción que de esta saldremos.

El espacio temporal para la conmemoración/celebración del bicentenario se extiende hasta diciembre del 2024. Además, no se han hecho humo ni desvanecido esos miles de jóvenes que remecieron las calles el 2020 con su clamor por la democracia y la transparencia. Están allí; y deben –¿pueden?– despertar. Porque así como en el contexto de “reaccionar-contra” fueron decisivos en el 2020 podrían y deberían serlo ahora.

De concretarse el anhelo del grueso del país y de las instituciones independientes de “que se vayan todos” y se realicen a la brevedad elecciones del Ejecutivo y el Congreso, es a esos jóvenes a los que les correspondería tomar el protagonismo. Y que sin esperar imposibles “reformas políticas” previas que este Congreso venal no llevará a cabo, lanzarse a la acción, a la política activa y ponerse en el centro de la escena. Con el espíritu, dedicación y entrega, por ejemplo, de la gran Kimberly García de todos.

La República

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