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Ulysses

“Este 2 de febrero, el Ulises de James Joyce cumple 100 años de vida. Ojalá que, animadas por esta fecha, muchísimas personas se aventuren a leerlo y a disfrutarlo...”.

Quise leer el Ulises de Joyce por primera vez a los 18 años, en una manoseada edición que guardaba la Biblioteca Central de la Universidad Católica. Fracasé estrepitosamente, como es lógico, sin ser capaz de terminar siquiera su primer capítulo (“Telémaco”), esa famosa alegoría de la liturgia protagonizada por Stephen Dedalus y el insoportable Buck Mulligan, quienes conviven en una de las antiguas torres fortificadas de Sandycove, en las afueras de Dublín.

Salí tan desorientado de esas primeras páginas de prosa abigarrada y por tramos oscura, cuyo argumento no aparecía por ninguna parte, que, mientras devolvía el ejemplar, tuve una sensación muy parecida a la estafa. ¿Este amasijo incomprensible de palabras era la famosa piedra angular de la literatura moderna? ¿Dónde estaba esa magia que hechizó a Dos Passos, Hemigway y Faulkner, a García Márquez y Vargas Llosa? ¿Por qué tantos halagos, tantas polémicas, tanta atención para este conjunto de experimentos formales gratuitos y fraseos caprichosos?

Cuando por fin pude leerlo —unos años después, en la traducción de J.M. Valverde— era un lector bastante más entrenado. Anticipando el esfuerzo que vendría me armé de paciencia, leí ensayos y escuché conferencias como la que un Borges ya ciego recitó de memoria en la Universidad de La Plata, en 1960. Finalmente, conseguí una edición de segunda mano de El Ulises de James Joyce, el ensayo canónico que el traductor inglés Stuart Gilbert preparó con la ayuda del propio Joyce, que le proporcionó algunas claves para descifrar los pasajes más enrevesados y misteriosos de su criatura.

PUEDES VER: La imputación

Para mantener la continuidad, leía un capítulo por día, luego de revisar el apartado que Gilbert le dedicaba. Así conseguí remontar la odisea cotidiana que vive Leopold Bloom, desde que se despierta por la mañana del 16 de junio de 1904 en el número 7 de la calle Eccles para desayunar unos riñones fritos, hasta que vuelve a casa por la noche y se acuesta junto a su esposa Molly (cuya voz concluye el libro con el célebre monólogo sin signos de puntuación del capítulo “Penélope”).

Fue una experiencia transformadora. Terminaba la lectura extenuado, aturdido por las técnicas con que Joyce diferenció cada uno de los 18 capítulos (“Hades” o “Circe”), en especial el monólogo interior, donde el flujo de la consciencia humana es reproducido con su infinidad de matices y asociaciones libres, muchas veces arbitrarias, frecuentemente sexuales. Salí de ahí transformado, habiendo comprendido hasta qué límites de experimentación, libertad y emancipación puede llegar la literatura.

Este 2 de febrero, el Ulises de James Joyce cumple 100 años de vida. Ojalá que, animadas por esta fecha, muchísimas personas se aventuren a leerlo y a disfrutarlo, sin temor a fracasar y reemprenderlo cuantas veces haga falta.