Mirko Lauer

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Observador
Un poemario cada tantos años. Falso politólogo. Periodismo todos los días. Natación, casi a diario. Doctor por la UNMSM. Caballero de la Orden de las Artes y las Letras, Francia. Beca Guggenheim. Muy poco twitter. Cero Facebook. Poemario más reciente, Sologuren (3ª edición Huerga & Fierro, Madrid). Próximo poemario, Las arqueólogas, en setiembre.

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Te invito a mi fiesta

“Si bien hoy no se trata de ganarse la buena voluntad de un pueblo vecino, las fiestas políticas siguen siendo intentos de seducir a los asistentes en cuanto votantes”.

La revista arqueológica británica Antiquity publica un notable hallazgo sobre el imperio Wari (sobre todo Arequipa, VII a XIII d.C.). En esencia los Wari realizaban sus conquistas organizando fiestas donde compartían formas de cerveza alucinógena con sus rivales. Los residuos hallados ubican la cosa en las fronteras de la ayahuasca, digamos.

Así, los Wari iban ampliando sus territorios de pachanga en pachanga. Un método de conquista a primera vista mucho menos cruento que las escenas que adornan muchos ceramios de la costa norte. Aunque no sabemos qué podía suceder cuando la cerveza fortalecida entraba en acción. La nota de Antiquity sugiere que el propósito era socializar, no emboscar.

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Los bares políticos montados por los wari se ven originales, pero no deberían sorprendernos tanto. En el Perú los mítines electorales son musicales, por lo menos desde que hay micrófonos y parlantes. Se baila sobre los tabladillos. Si acaso hay alcohol, este circula muy discretamente. Las alucinaciones corren por cuenta de los candidatos.

La música electoral fuerte arranca a mediados de los años 80. Fernando Tuesta me hace recordar un mitin de Alfonso Barrantes en 1983, con Aníbal López y La Única. Salsa pura. Alberto Fujimori era un pésimo orador, y eso lo llevó a convertir sus mítines en verdaderos escenarios musicales para la TV, donde la tecnocumbia le movía el cucú a AFF y, bastante menos, a Francisco Tudela.

Si bien hoy no se trata de ganarse la buena voluntad de un pueblo vecino, las fiestas políticas siguen siendo intentos de seducir a los asistentes en cuanto votantes. Bajo esa luz política, las tácticas festivas del imperio Wari en territorio characato merecen ser estudiadas con más detenimiento, entre otras cosas por su enorme potencial contrafáctico.

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¿Una buena fiesta le hubiera dado otro giro al choque de Cajamarca? No es lo que solemos asociar con los rígidos incas, dados más bien a lo religioso-militar. Sus fiestas, como nos han llegado, parecen todas más bien solemnes desfiles. Tampoco lo hispano-colonial parece un paraíso de la cerveza reforzada.

Ahora que las fiestas están prohibidas, y pueden hasta tumbar a un ministro, la alegría de los wari nos dice algunas cosas. Por ejemplo: celebren mientras se pueda, y luego córtenla. Revisen bien la cerveza.