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Dos mundos

¿Celebrar el Día de la Hispanidad o el Día de los Pueblos Originarios?

Hay varios hashtags que fueron ayer tendencia en las redes: “nada que celebrar” y “no nos descubrieron”, con ocasión del Día de la Hispanidad. En respuesta a esta fecha se ha instaurado el Día de los Pueblos Originarios y el Diálogo Intercultural.

La Presidencia de la República y el Ministerio de la Mujer, entre otros, han publicado mensajes en los que se exhorta a reconocer y valorar nuestras culturas y la diversidad. El sector representado por Anahí Durand señala que “conmemoramos la resistencia de las mujeres indígenas contra el orden colonial opresor”.

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Es cierto que la conquista y la colonización en América fueron actos violentos con sabor a derrota y despojo para las poblaciones originarias que estaban asentadas en enormes extensiones de territorio y que fueron diezmadas de una manera bárbara por el trabajo esclavo y las enfermedades desconocidas. Se habla de 40 a 60 millones de habitantes antes de la llegada de los europeos.

Es cierto también que el descubrimiento es una narrativa que guarda bastante distancia de la realidad, porque América era poblada por civilizaciones que habían alcanzado gran desarrollo y que ya habían descubierto, por su cuenta, ciencia, tecnología, saberes ancestrales que hoy todavía urge poner en valor, ya que son parte del enorme legado otorgado a la humanidad y que siguen cobrando su real dimensión a medida que avanzan las investigaciones.

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Del mundo nuevo, la América, provienen el maíz, la papa, el tabaco, el tomate, domesticados con gran pericia agrícola; la astronomía; los caminos incas del Qhapaq Ñan que unen Colombia con Ecuador, Chile, Bolivia y Perú y que se siguen empleando; la gran tecnología hídrica; el oro y la plata como elementos rituales y no de transacción puramente comercial; los andenes para ampliar las fronteras agrícolas y los canales de regadío que convertían en campos de cultivo lo que eran extensiones de desierto.

Si hay algo que encomiar de esa etapa, es la resistencia de los pueblos para no perder su rica diversidad local que hoy nos enorgullece. Y los aportes innegables del mundo español, la universidad, la lengua castellana, la imprenta, las leyes, y una concepción de civilización que fue impuesta, pero que hoy –con matices– predomina.

Sin víctimas ni victimarios, nuestro mundo es la suma de las sangres de la que hablaba Arguedas. Sin miradas nostálgicas al pasado y con la atención puesta en el futuro, construyendo un mejor destino, basado en el respeto, tolerancia e igualdad.