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Reporte desde Guadalajara

“Lo que debía ser una fiesta y un motivo de orgullo se ha convertido en un papelón internacional”.

Con 35 años de existencia, 2,250 expositores repartidos en 24 salas, 2,400 casas editoriales, 800 escritores de 48 países que abarcan a la gran mayoría de culturas e idiomas del mundo, nueve noches de espectáculos, una feria paralela dedicada a los niños y cerca de 830 mil visitantes que la abarrotan en los días que dura, la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) es el evento literario más importante de habla hispana. Su prestigio y trascendencia le ha valido galardones como el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2020.

Un evento de esta magnitud contribuye a la consolidación de escritores y es el mejor escaparate para la cultura y el arte del país que, cada año, resulta invitado de honor. El Perú lo fue en 2005 y ha vuelto a serlo este año, en coincidencia con el bicentenario de su independencia.

Pero lo que debía ser una fiesta y un motivo de orgullo se ha convertido en un papelón internacional que avergüenza a los directamente involucrados y a quienes, desde cierta distancia, observamos la monumental torpeza con que se ha manejado el gobierno de Pedro Castillo, personificado en su ministro de Cultura, el inefable Ciro Gálvez.

La invitación fue cursada en 2019 y, para conformar el listado de escritores invitados, la Dirección del Libro del Mincul nombró una comisión de profesionales. Pero al señor Gálvez no se le ha ocurrido mejor idea que manosear de manera arbitraria y bochornosa el resultado de este trabajo, retirando escritores de sobrados méritos (en palabras del ministro de Cultura, porque “tienen sus recursos y son personajes de bastante poder” y “ya no necesitan un apoyo del Estado”), para aplicar un criterio regional o, como lo llama el propio Gálvez: unas “medidas correctivas” que buscan “cambiar las viejas estructuras y costumbres”.

El problema con esta metodología es que no se corresponde con un evento como el de la FIL de Guadalajara, adonde los países acostumbran enviar a sus escritores más emblemáticos, prestigiosos y de mayor proyección, quienes, por supuesto, suelen ser acompañados por autores menos conocidos.

Esta semana de controversias la vengo pasando en la propia ciudad de Guadalajara, donde se desarrolla la IV Bienal Vargas Llosa de Novela, organizada por la Cátedra Vargas Llosa (que dirijo) y el equipo de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. La lamentable actuación del gobierno peruano no ha dejado de ser mencionada en las mesas redondas y corrillos de estos días de discusión literaria. Se respira una mezcla de desconcierto, sorpresa e incomodidad por esta demostración de improvisación, ligereza y torpeza, a la espera de que el gobierno reaccione y busque una solución.

“Creo que el gobierno peruano no sabe qué es la FIL de Guadalajara”, me ha comentado uno de los organizadores: “Encima, se trata de una edición especialmente importante, porque es la vuelta a la presencialidad luego de los dos años de parón por pandemia”. En circunstancias regulares, un escándalo internacional de esta magnitud supondría la inmediata expulsión del ministro de su cargo. Pero el gobierno de Pedro Castillo, que se ha caracterizado por su falta de respuesta política en anteriores crisis, no parece preocupado por enmendar esta situación que ha convertido una gran oportunidad en un espectáculo bochornoso.