René Gastelumendi

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Burbuja implacable

“‘Fraude, fraude, este ignorante nos ha robado la elección, ¿no se dan cuenta?”, eran los latiguillos monocordes de mi chat del colegio, en donde todos los que no defendíamos a Keiko, con pasión, éramos tildados de “rojos” y los comentarios sobre los periodistas que no sintonizábamos con esa postura antiperiodística eran de terror: de mermeleros...”.

Una noche, regresando del trabajo, mis vecinos me invitaron a tomar una cerveza en su balcón chorrillano con brisa de mar. Estaba solo, me cambié y subí. -René, tienes que apoyar a Keiko, ¿por qué no apoyas a Keiko? Eran las esposas las más angustiadas con la segunda vuelta. Realmente estaban angustiadas. -Tú ya tienes a tu hija y a tu exesposa viviendo en Florida, USA, para ti no es lo mismo, tú te puedes ir si es que Castillo nos quita todo.

Las palabras me remecían, yo solo escuchaba, renunciando a explicarles que cuestionaba las dos candidaturas, por distintos motivos, pero tratando de que sea con la misma intensidad. “Te juro que te veo en la calle y ya no te voy a saludar”, me escribía un primo, comentando un post de Facebook en el que criticaba a los dos.

“Es por la Libertad, por la democracia, déjate de vainas, con tu pluralidad, no jodas, René, ¿de qué Periodismo me hablas?”, me escribían en otro chat mis amigos más cercanos. “Mal momento para ser plural y objetivo”. Un mes más tarde, otro chat naranja bendito, ya con Castillo como virtual ganador: Les decía a mis compañeros de promoción de la Universidad de Lima, que ya renovaban pasaportes a toda la familia y creaban cuentas en el extranjero, que yo también podría perder lo poco que tengo y que, sin embargo, no tengo tanto miedo.

-Sí, pero tú ya tienes a tu hija viviendo afuera, ya está salvo, me decían. “Fraude, fraude, este ignorante nos ha robado la elección, ¿no se dan cuenta?”, eran los latiguillos monocordes de mi chat del colegio, en donde todos los que no defendíamos a Keiko, con pasión, éramos tildados de “rojos” y los comentarios sobre los periodistas que no sintonizábamos con esa postura antiperiodística eran de terror: de mermeleros y comunistas para abajo.

Los sueños de golpe de Estado, de nuevas elecciones, ruegos a los militares, circulaban como quien habla del fin de semana. En gran parte de mi familia, lo mismo: comunismo, comunismo, comunismo, ¿cómo vas a votar por el terrorismo? Ese profesor cajamarquino no sabe ni dónde está parado, con las justas sabe hablar.

Los más bravos, aquellos que se lo toman realmente en serio, son mis conocidos blancos, heterosexuales y que han estudiado en los colegios más caros del país. Es como un síntoma de manual, un síntoma de lo lejos que estamos de llamarnos nación. Mi burbuja limeña es implacable. ¿200 años, bicentenario?