Raúl Tola

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A dos semanas

“Fuerza Popular prefirió exhumar a una colección de personajes que representan lo peor de su herencia...”.

La mañana del 12 de abril, luego de celebrar los resultados que los colocaban en la segunda vuelta, Keiko Fujimori y Pedro Castillo se encontraron con un problema: más del 80% del país no había votado por ninguno de los dos. De hecho, la ausencia de un candidato convocante, capaz de despertar un mínimo de entusiasmo, hizo quedar en segundo lugar al voto blanco, con poco más de 12%.

La conclusión parecía bastante sencilla: a partir de ese momento, ambos debían dedicar sus mayores esfuerzos para atraer a esa masa de electores que no los veía con entusiasmo e incluso los rechazaba. Sin embargo, en las intensas semanas que llevamos de segunda vuelta, ni Castillo ni Fujimori han hecho un acercamiento serio al centro para despejar las dudas que arrastran sus candidaturas y cosechar nuevos votantes.

De los dos, el caso más flagrante ha sido el de Keiko Fujimori. Habiendo arrancado la segunda vuelta a veinte puntos de Castillo, sus posibilidades parecían muy remotas. Contra ellas conspiraba un antivoto masivo y rocoso, que sumaba los pasivos históricos del fujimorismo auroral, más las culpas de los últimos cinco años, exclusivas de la propia señora Fujimori y su entorno.

A pesar de todo, Keiko Fujimori comenzó a remontar a buena velocidad, llegando a ponerse a dos puntos de Castillo. A ello contribuyeron los abundantes errores de estrategia de Perú Libre, las permanentes contradicciones de su candidato, su comportamiento errático y su rechazo a la posibilidad de debatir.

La tendencia era tan marcada que parecía cuestión de días para que se produjera el cruce y Fuerza Popular pasara al primer lugar. Numerosas fuentes aseguran que esta alza de la intención de voto despertó la euforia al interior del fujimorismo, donde la victoria comenzó a verse como un hecho.

Esta lectura de las tendencias no tuvo en cuenta un detalle más bien elemental: era verdad que Fuerza Popular acortaba las ventajas, pero a costa de los electores indecisos, un caudal limitado que llegó pronto a su techo. Castillo perdía su ventaja, pero mantenía firme su piso de 40% de intención. Al no quitarle votos, el crecimiento de Keiko Fujimori se encontró con un enemigo inesperado: la aritmética.

El triunfalismo vivido en los cuarteles fujimoristas hizo el resto. Al sentirse fijo, su comando de campaña desdeñó la posibilidad de moderar el discurso, convocar a técnicos de prestigio, atraer verdaderos demócratas y asumir compromisos de gobierno firmes.

En cambio, desbarró hacia una campaña eminentemente fujimorista. En vez de condenar la política de esterilizaciones forzadas, Keiko Fujimori la llamó «plan de planificación familiar». Pero el colmo fue la presentación de su equipo técnico. Fuerza Popular prefirió exhumar a una colección de personajes que representan lo peor de su herencia. ¿El resultado? Según Datum, ahora Castillo está en 45,5% y Fujimori en 40,1%.