Ramiro  Escobar

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Un triunfo pálido

El oficialismo venezolano copa la Asamblea Nacional, pero tampoco gana mucho.

¿Ha ganado, en realidad, Nicolás Maduro las elecciones a la Asamblea Nacional y la oposición ha perdido? ¿Es así de simple la ecuación venezolana? Han pasado ya tantas cosas en el sufrido país que cualquier hecho político adicional cae en el terreno de lo indescifrable. Aparentemente, el áspero régimen del heredero de Hugo Chávez se afianza. Pero hay sumas que a veces restan.

El Gran Polo Patriótico Simón Bolívar (GPPSB), para comenzar, no ganó con el 80 o 90%, algo clásico en los gobiernos de corte aplastante (como era el de Hosni Mubarak en Egipto), sino con 69,30%. La Alianza Democrática, el mayor frente de oposición, sacó 18,80%, un porcentaje bajo pero no mínimo, que este grupo puede aprovechar para ponerle algunos caes al oficialismo.

Pero además no acudieron a votar un 69,5% de los votantes, cifra que curiosamente coincide con el porcentaje de la votación a favor del GPPSB). Haciendo más números, acudieron a las urnas poco más de 5 millones de ciudadanos, a pesar de que estaban habilitados cerca de 20 millones. En otras palabras: el triunfo ‘madurista’ es escaso, pálido, al final casi ridículo.

Solo significa unos 3 millones y medio de votantes, más de seis veces menos de lo posible. Fue una puesta en escena electoral, en suma, que incluyó la secuencia de Maduro diciendo que si perdía estos comicios se iba, cosa que no iba a ocurrir ni en el cielo de los pajaritos que supuestamente le hablan de Chávez. Aun así, se siguió adelante y cerró el círculo engañoso.

Sin embargo, esto le puede servir al mandatario venezolano, porque tendrá todas las instituciones a su favor, incluyendo a 19 gobernaciones de 23, y a 305 alcaldías de 335. Los 199 escaños obtenidos en la Asamblea Nacional, de los 277 posibles, parece la cifra que faltaba. Solo que todos esos números no son necesariamente representativos del estado de ánimo ciudadano.

Maduro tiene el control del poder frente a Juan Guaidó, sin duda, pero quizás el mismo oficialismo se esté preguntando si tener todo el control del aparato realmente le sirve al interior de su país y en la cancha internacional. Que casi el 70% no haya querido ir a votar, en varios casos por desesperanza crónica, es algo que quizás ni el mismo Chávez habría soportado.

Termina siendo un triunfo pálido, si también se tiene en cuenta que Washington, con la llegada de Joe Biden no va a aflojar, aun cuando usará modos distintos a los de Donald Trump para el caso venezolano. Tal vez se acerque a Henrique Capriles, el opositor más dispuesto a enfrentar al neo-chavismo en las urnas, y provoque una situación que será difícil de manejar para Caracas.

En cuanto a la oposición, parece que el tiempo de Guaidó se está agotando. Todos, o casi todos, sus intentos de moverle el piso a Maduro han sido infructuosos, o apenas le han hecho rasguños. No tiene el control ni remoto, y el reconocimiento de medio centenar de países es más un saludo a sus esfuerzos, pero bastante poco en el terreno de los hechos y las decisiones que importan.

Peor aún: ahora ha perdido la Asamblea Nacional y, aunque intente hacerla seguir funcionando y esté organizando una consulta alternativa a las últimas elecciones oficialistas, no parece que vaya a ganar mucho. Tal vez ha terminado su tiempo y, paradójicamente, su reemplazo en el frente opositor abra una ruta para que el desastroso régimen comience a disolverse de vejez.

En ese trance, América Latina debería tener un papel relevante y plantear rutas más autónomas. Un nuevo grupo, como el de Contadora, que en los 80 contribuyó a que se acaben o se neutralicen las guerras civiles en Centroamérica, puede tener ahora más viabilidad. Ya es demasiado lo que ocurre en el Palacio de Miraflores como para que se siga solo maldiciendo.

Profesor de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya