Cecilia Méndez

Cecilia Méndez

Chola soy
Dra. en Historia por Stony Brook University y Lic. por la PUCP. Prof. Historia y directora del Programa de Estudios Latinoamericanos e Ibéricos de la Universidad de California-Santa Barbara. Autora de La república plebeya, Incas sí, indios no. Ver más: https://www.history.ucsb.edu/faculty/mendez/

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¿Partidos, han dicho? Hablemos del PCP-SL

“¿Y dónde estamos, casi diez años después? Antauro Humala, un criminal convicto, confabula desde la cárcel con los congresistas de Acción Popular, UPP y otros ‘partidos’ del Congreso”.

“Si ellos son la patria, yo soy extranjero”. –Charly García

Cuando en 2003 el Informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) vio la luz, el que menos se le echó encima. Entre otras cosas, le recriminaron que llamara partido al Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso. ¿Partido? ¡No, son terroristas! Como si una cosa negara la otra. El Informe lo dijo sin ambages: el PCP-SL fue una organización que usó métodos terroristas y el mayor responsable del baño de sangre de los 80 y 90. Pero eso no bastó. Como si no existiera un Partido Comunista Chino dedicado a torturar opositores y meter a musulmanes chinos en campos de concentración. Como si no hubiera existido un Partido Comunista de Kampuchea (los Khmer Rouges) que ocasionó un genocidio en Camboya. Como si no hubiera existido en Alemania el Partido Nacional Socialista, responsable del asesinato de seis millones de judíos. Un partido no es título condecorativo ni condenatorio. Es una organización que aspira a llegar al poder. Lo que los diferencia no es solo una ideología sino cómo usan ese poder.

Cuando en 2011 el Movadef (brazo político de los senderistas presos) quiso inscribirse como partido, todos –derecha, izquierda, ONG– se rasgaron las vestiduras en “nombre de la democracia”, ¡el fujimorismo incluido! Sí, el mismo del golpe de Estado y del Grupo Colina y cuyo líder está preso por crímenes de lesa humanidad. Tal fue el cargamontón que el JNE tuvo que negarles la inscripción con justificaciones burocráticas, como lo analicé en su momento. No hubo debate, solo censura. Se asumió tácitamente la superioridad moral y el “carácter democrático” de los demás partidos.

¿Y dónde estamos, casi diez años después? Antauro Humala, un criminal convicto, confabula desde la cárcel con los congresistas de Acción Popular, UPP y otros “partidos” del Congreso para bajarse al presidente, incluyendo el partido de un exgeneral que está siendo juzgado por asesinar a un periodista. Ellos han convertido la vacancia presidencial en su deporte favorito mientras el país, que les tiene sin cuidado, se desangra con la peor epidemia de su historia. Pero hay más: Hernando de Soto regresa de las catacumbas y quiere ser presidente, ¡pero ni siquiera se acuerda del nombre del partido por el que está postulado! Y a estas franquicias se les llama partidos sin que nadie proteste.

Con contadas excepciones, los políticos de hoy demuestran que no son mejores que el PCP-SL. Lo vemos todos los días en el Congreso. Su meta es llegar al poder y retenerlo a cualquier costo, incluso socavando nuestra precaria democracia. Bombas al margen, esos también eran los métodos del PCP-SL, que al menos era consecuente con su ideario delirante. Y, sin embargo, hasta ahora solo se les llama terroristas. Pero el PCP-SL no eligió su nombre –que ni siquiera nos atrevemos a pronunciar– en vano. Fue un partido comunista y terrorista, qué duda cabe, pero con una organización partidaria eficaz, cuyos métodos para ganar adeptos incluían enfrentar a poblaciones y personas, los unos contra los otros; infiltrarse en las organizaciones sociales para destruirlas y desestabilizar nuestra precaria democracia. ¿Acaso los políticos de hoy hacen algo muy distinto? Urresti, Manuel Merino, Edgar Alarcón, los congresistas fujimoristas no salen de otro mundo sino del mismo Perú de donde salió el PCP-SL. No hay un ápice democrático en ellos. Han llegado al extremo de aliarse con un asesino convicto para propiciar otra vacancia que los mantenga en el poder.

Cuando los sucesores de Abimael reclamen su cuota en un próximo festín electoral, lo que tarde o temprano volverá a suceder, que no se atrevan a rasgarse las vestiduras. Es tiempo de dejarse de berrinches hipócritas y admitir que el PCP-SL es parte de la historia de los partidos y de la política en el Perú. Nos guste o no.